Tratar de entender
Canarias 7, , 28-03-2016El planeta no gira igual para todos. Mientras en el opulento occidente se espera con ansiedad el nuevo modelo de iphone, en el tercer mundo se mira al cielo por si caen bombas, vienen nubes cargadas de lluvia o hay medicinas suficientes para curar una simple infección. Mientras unos cuantos millones disfrutamos del estado de bienestar, miles de millones están obligados a conformarse con seguir respirando. Esa brecha se agranda día a día al tiempo que nos ponemos tapones en los oídos para no escuchar los gritos que llegan de la pobreza. Esa petición de ayuda nos molestan hasta el punto de que solo las explosiones nos hacen girar la cabeza: ¿qué les pasa a estos locos que se inmolan en nuestras pulcras ciudades?
La misma Europa que construye una línea de bloques más en el muro que frena a los refugiados se asombra cuando jóvenes yihadistas se ponen un cinturón de explosivos. No entendemos qué les pasa por la cabeza a terroristas criados en nuestros barrios para querer destruir sus propias calles. «Están locos», vociferamos como si el exorcismo de los insultos sirviera para algo frente al maltrato con que occidente contesta a los problemas del resto del planeta.
Mientras miles de personas esperan en campos de refugiados una respuesta a su huida desesperada de la guerra siria, los líderes europeos vuelven a responder a la barbarie con golpes en la mesa. Ninguno se siente responsable de la reacción miserable de la UE ante el mayor éxodo de personas de la década. ¿Es comprensible esperar que tremenda hipocresía tenga una respuesta aunque no sea justa?
Lo más triste es que los ciudadanos de este mal llamado mundo desarrollado no tenemos la culpa de lo que hacen unos u otros. Nuestros representantes públicos cierran las fronteras a los refugiados sirios sin nuestro consentimiento, al igual que los yihadistas se mueven en el nombre de Alá sin el respaldo de los millones de seguidores del islam que no comparten su violencia. Están solos pero el enorme poder en manos de unos y las cargas de dinamita en manos de otros les permite seguir protagonizando su particular ritual sangriento.
Nadie dice que la solución al radicalismo yihadista sea sencilla. Pero lo que sí parece evidente es que pasa, como mínimo, por tratar de entender que la locura de Madrid, Nueva York, París y Bélgica no cesará si la brecha continúa creciendo, si el planeta sigue girando a dos velocidades.
(Puede haber caducado)