"Aquí no somos culpables" grita Molenbeek
El Mundo, , 23-03-2016«Terrorist, terrorist!», se oye a los chicos de Molenbeek gritar en las plazas. Se lo dicen unos a otros, entre carcajadas. «¡Tú, enséñame tu bomba, terrorista!», bromea uno, abriéndole la cazadora a su amigo y queriendo representar un registro policial. Estas risas acompañan a adolescentes y veinteañeros desempleados del barrio durante su improvisado partido de fútbol diario, que les sirve de escenario para comentar la jornada.
A pocos metros del lugar donde el octavo terrorista de París, Salah Abdeslam, fue detenido el pasado viernes, los de Molenbeek charlan animadamente y se pasan tanto el balón como su nombre. Nadie diría que, a pocos kilómetros de donde disputan su partido, hace apenas unas horas han sido asesinadas decenas de personas. De hecho, ellos ni siquiera parecen sentirlo. «Así es la vida», exclama, en francés, el que parece ser el cabecilla del grupo y orgulloso amigo del ideólogo de la tragedia de Bataclan.
«Él (Salah) venía mucho a jugar al fútbol con nosotros. Lo conozco del barrio, de toda la vida. Es bueno», expresa el chico, que, pese a la seguridad con que pronuncia cada palabra, no quiere dar su nombre a este periódico. «Hace un año que dejó de salir con nosotros –cuenta– porque le manipularon los vídeos de Youtube de Al Bagdadi».
Al Bagdadi es el autoproclamado califa del también autoproclamado Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés), la organización terrorista que ha reivindicado los atentados de Zaventem y Maalbeek. «Al Bagdadi es amigo del gobierno. El gobierno, junto con la CIA, nos manipulan a todos: a ti, a mí, a Abdeslam. Y lo hacen por dinero», expresa, sentado en uno de los bancos de la plaza central de Molenbeek. Tras dar una larga calada a su cigarro, devuelve la atención a sus amigos, que parodian, haciendo como si tuvieran las manos prendidas por esposas, cómo fue la detención de Abdeslam. Se ríen de él y de cómo le arrestaron.
«Abdeslam no es el jefe», exclama el guasón de la pandilla. «Kim Jong-un es el jefe porque va a lanzar una bomba sobre Israel», proclama, haciendo estallar en carcajadas a sus compinches y animándoles a cantar a coro: «¡Kim Jong-un, Kim Jong-un, Kim Jong-un!». A la muchachada de Molenbeek hoy todo parece hacerle gracia; en especial, las conspiraciones.
Ajenos a las carcajadas de los muchachos, los hombres del barrio se reúnen en salones de té y restaurantes halal. Allí, aun sabiéndose a salvo de los periodistas extranjeros que rondan, como ya es habitual, las calles de Molenbeek, murmuran con los ojos pegados a la televisión.
Pero en el área de la que proceden los hermanos Abdeslam este martes, 22 de marzo, hay más gente fuera que dentro de los locales. Grupos de hombres y grupos de mujeres (por separado) se agolpan a las puertas de los comercios, charlando sin demasiado entusiasmo y señalando con el dedo a cada coche de policía que pasa.
A primera hora de la tarde, los niños empiezan a salir de los colegios. Caminando rápido, pero sin dejar de mirar a un lado y a otro, sus padres van pasando a recogerles. También en Molenbeek. Cuando se escuchan las sirenas, los que van con niños vuelven la cabeza. «¿Y ahora qué?», se pregunta una mujer, retirándose un poco el velo de la cara para poder confirmar que el sonido corresponde a un vehículo policial.
Tirando de la mano de su hijo, le insta a apresurarse. «Quiero llegar ya a casa. Hoy no es día de estar en la calle», cuenta a EL MUNDO. Se llama Elif y se dirige a una calle paralela a Les Béguines, que albergaba el negocio familiar de los Abdeslam.
Se trata del bar que fue punto de reunión del círculo de Salah. Hoy está tapiado y de su fachada cuelga una bandera de Bélgica, descosida y falta de color. No es sino la que la cerveza Jupiler repartió el verano de 2014 y bajo la que se unieron belgas de Flandes, de Valonia, de Bruselas, de Marruecos y de Turquía para clamar juntos por su equipo nacional, que disputaba el Mundial de fútbol.
«Ahí no hay nada que hacer», increpa a la reportera el tendero de la frutería de la acera de enfrente. «Por favor, váyase». «¡En el barrio de Molenbeek no somos culpables, sólo somos gente normal!».
De Abdeslam también se desliga un taxista local: «Por su culpa ahora la gente me mira mal. Me mira peor que antes», puntualiza, «sólo porque soy de origen marroquí y llevo una barba bastante larga». A Amir, que es como se llama, le entristece lo sucedido: «Es mi país y siento miedo. No sé qué más son capaces de hacer estos. Y lo que hacen no es en nombre de mi religión. En el cielo no se acoge a los que se vuelan por los aires».
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