La cocina guipuzcoana en Chíos se quedó pequeña

El cambio en la situación de los refugiados, que están siendo trasladados al continente, no ha hecho disminuir las necesidades, y los voluntarios han decidido permanecer en la isla

Diario Vasco, GAIZKA LASA | SAN SEBASTIÁN, 23-03-2016
Donde comen mil, comen mil doscientos. ¡Y hasta mil setecientos! Gracias a los cocineros guipuzcoanos que se han convertido en principal fuente de alimentación de los refugiados de Chíos. Pero la serie tiene límites. Están a punto de ser desbordados, como lo está la crisis humanitaria que sangra a Europa. De hecho, tal como han destacado en un comunicado conjunto el Proyecto Sabores-Zaporeak y Salvamento Marítimo Humanitario, pese al traslado masivo de refugiados de las islas del Egeo al continente las necesidades no han disminuido, y «nuestro proyecto necesita crecer para poder darles comida caliente todos los días». Irlan jarraituko dute, talde egonkor batekin

En los últimos días, en lugar de miles han dado decenas de comidas, pero consideran que su presencia en el epicentro de la crisis sigue siendo necesaria. «Hemos decidido permanecer en Chíos han adelantado y a la vez crear otra cocina de emergencia, itinerante, que pueda ser igual de rápida que las decisiones de los políticos europeos». Para ello, necesitan más donaciones: «Para que compremos una furgoneta donde podamos mover los fuegos, las botellas de gas, los alimentos, y nos podamos instalar allí donde estén los refugiados. Sea en Atenas, en Kavala, o donde decidan mover a los migrantes».

Peio García Amiano, uno de los cuatro voluntarios que desde el 3 de marzo alimenta la isla griega, volvió a casa el domingo 13 de marzo fue relevado por otros dos, «dando mil comidas diarias. Pero el lunes ya dieron mil doscientas y el martes mil setecientas», revelaba preocupado. «La cosa allí se está complicando», decía. «Habíamos ido con dinero para mes y medio, pero ha habido muy poco aumento y si multiplicas todo por el triple de lo que teníamos previsto hacer…», comparte.

Un ejemplo tan básico como cotidiano. El pan de cada día. «Teníamos un presupuesto de 2.000 euros para unas mil personas. Pero con las que estamos alimentando, se nos va a 4.000. Y hablamos de una rodaja, ni siquiera de un bollo. Pues haz la misma multiplicación para lentejas, arroz, alubias…», explica.
Manejan una cocina con ocho fuegos bajos donde colocan otras tantas perolas de 120 litros

Y eso que el cuarteto guipuzcoano logró reducir al máximo gastos en infraestructuras. «Al principio contamos con un local de 75 metros cuadrados por el que teníamos que pagar 700 euros al mes. A través de un nativo de Chíos conseguimos una instalación preciosa, que hasta parece un restaurante, por 350 euros». Así que hicieron el traslado y montaron la cocina más eficiente del país.

Tiene ocho fuegos bajos donde posar grandes perolas. «El primer día descubrimos que en cada una de ellas podemos meter 120 litros de agua», dice con gesto de satisfacción García Amiano. Incluye asimismo una cocina con horno «para cosas más pequeñas», frigoríficos y congeladores y una pila, «como las de los bautizos», de tres metros para fregar semejantes herramientas.

Con esta logística preparan a diario la comida. «Hasta ahora nos hemos arreglado con lo que trajimos en furgoneta más el envío de tres palés de alimentos por agencia. El 90% de lo que preparamos lo hacemos con productos que llevamos de Gipuzkoa», cuenta. ¿Que qué menú optimiza la relación entre nutrientes y coste económico? «Sobre todo potajes», explica el cocinero. El domingo, por ejemplo, en torno a un millar de refugiados comió alubias con espaguetis cortados a modo de fideos finos, todo ello con un caldo de verduras. «Unimos varios platos en uno único que sea potente», argumenta. «Llevamos una especie de concentrado de verdura para hacer caldo y cocer todo allí. Luego, tratamos de mezclar proteínas con hidratos. Lentejas con arroz, por ejemplo».

Cuesta alcanzar el punto de cocción para volúmenes tan grandes, por lo que el equipo de cocina más célebre de Chíos acude a las 7.00 horas a su lugar de trabajo. Una vez listo el plato del día, lo introducen en vasos que se cierran y mantienen caliente la comida, «de manera que es más fácil transportarlo hasta los campamentos. Antes de conseguir estos recipientes, moverse con los perolos resultaba más aparatoso y sucio».

La cita con los comensales se produce a las 13.00 horas. Fuera de los campamentos. «No nos dejan entrar». Y contra lo que se pudiera pensar, «los refugiados salen en orden, guardan la cola y no generan ningún tipo de conflicto. Son humildes y encantadores». Proporcionan primero a cada uno un tenedor o cucharilla y pasan a recoger el vaso, junto al que reparten una rodaja de pan. Siguiente. Y así hasta mil setecientos. De momento. «Hemos visto a más de uno repetir, porque nos hemos quedado con su cara, pero no somos capaces de echarlos para atrás», apostilla Peio.

Uno de los compañeros le avisó de que «puede que tengamos que asistir a los cuatro campamentos que hay. En Chíos se hacen asambleas entre los agentes que están prestando su ayuda de manera voluntaria y tenemos la sensación de que nos están haciendo un poco responsables de toda la alimentación. Incluso nos han sugerido la idea de formar a gente en la cocina o en temas de higiene. La cocina vasca tiene fama en todo el mundo y la verdad es que lo de allí nos está saliendo muy bien».

Participan en rescates

El restaurante guipuzcoano empieza a colapsarse. García Amiano percibe que «ellos mismos se están dando cuenta de que quizás es mejor quedarse que marchar hacia el norte. Además, han limitado el ferry en el que salían a cien personas al día. Y sólo en un día pueden llegar veintitres lanchas de cuarenta o cincuenta refugiados». Las cuentas no salen.

Los cocineros guipuzcoanos también han participado en rescates en plena noche. «Lo más duro», zanja Peio. «Ver como un grupo de cincuenta personas, con muchos niños, se esconde en la oscuridad… Cambiarles de arriba a bajo por lo mojados que llegan, darles un colacao caliente y que te sonrían y te manden un beso… Eso te da vueltas a todo el corazón». Porque este grupo también ha empezado a servir reconfortantes tazones de caldo caliente por las noches.

García Amiano se teme que la única comida que reciben estos refugiados sea la que preparan en la cocina guipuzcoana. «Antes les daban una naranja por la mañana, pero ahora… Lo que sé es que ya tuvieron que adelantar la hora de la comida a las 11.00 horas porque habían pasado demasiadas horas sin comer».

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