Behatokia
Vergüenza
Deia, , 17-03-2016TRAS la ocupación franquista de Barcelona (26 de enero de 1939), una avalancha de personas se dirigía hacia la frontera francesa. El 28 de enero, París autorizó el paso de los primeros refugiados, mujeres, niños y heridos de guerra. El 5 de febrero, Francia abría definitivamente la frontera y, a las 8.00 de la mañana, el president, Lluís Companys, y el lehendakari, José Antonio Aguirre, con algunos miembros de sus gobiernos, se dirigieron en coche hacia La Vajol, por donde pasaron a Francia. El presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, les comunicó que el presidente, Manuel Azaña, contrariamente a lo que habían acordado, no los había esperado y ya estaba en Francia.
En menos de diez días, medio millón de republicanos tomaron el camino del exilio. De este trágico éxodo final nos ha dejado testimonio Carles Pi i Sunyer: “Las hileras de gente que se iban, huyendo con dolorosa angustia; las interminables caravanas de carros, coches y camiones; mujeres y niños, apilados encima del hacinamiento de bagajes, cajas y fardos. Y a un lado y al otro, las hileras de los que iban a pie, cansados pero firmes en su determinación de irse, huir del enemigo que avanzaba (…) Eran masas de gente, grupos que se habían juntado, algunas veces todo un pueblo y que al irse procuraban llevarse con ellos todo lo que podían. Familias campesinas que lo habían apilado todo en el carro: colchones, baúles, cristales, jaulas con aves de corral y tal vez un cordero o una cabra que los seguían atados a una cuerda”.
Los últimos kilómetros hasta La Junquera fueron los más angustiosos: “A medida que nos acercamos, se hace más difícil de seguir adelante. Hay grandes hileras de vehículos de todas clases, unos parados, otros avanzando penosamente con intermitencias, algunos retirados o volcados en los campos vecinos. Y por en medio de los vehículos, gente y más gente a pie, llevando paquetes, fardos, almohadas, colchones (…) Van subiendo carretera arriba hileras de gente (…), sobre todo mujeres con fardos en la cabeza y en las manos y con criaturas cogidas en las faldas (…) El espectáculo es profundamente lamentable. A ambos lados de la carretera hay una doble hilera de coches y camiones estropeados y, a menudo, despeñados, maletas reventadas, colchones, cojines y almohadas, prendas de vestir, sombreros, zapatos y zapatillas, todo destrozado y abandonado. Es un espectáculo de miseria, de suciedad, de catástrofe. El paisaje, arisco y de estrechos horizontes, contribuye a comunicar al alma un sentimiento de desolación” (Antoni Rovira i Virgili).
La situación en el lado de la collada de Toses no era mejor. Pere Carbonell y Fita recordaba “aquella marcha hacia Puigcerdà por la collada de Toses cubierta de nieve. En circunstancias normales habría sido necesario circular con cadenas, pero en aquella triste situación no era necesario, porque la nieve era pisada incesantemente por una hilera interminable de botas y neumáticos. Siguiendo la carretera, al paso casi de quienes iban a pie, dejábamos por el lado de montaña camiones y autos averiados y cuerpos de hombres heridos o extenuados que ya no podían seguir – absolutas derrotas individuales dentro del desastre colectivo – y, por el lado del abismo, desechos de vehículos despeñados y montones de bagajes que ya nadie acarrearía más”.
El 10 de febrero de 1939 acababa la guerra civil en Catalunya. Se había consumado la derrota total y empezaba una larga noche de silencio, represión y olvido. Pocos meses después, se repetían en Europa las mismas escenas de masas de población huyendo de los frentes de batalla y de la ocupación nazi, como hoy sucede con los refugiados procedentes de Oriente Medio. La Segunda Guerra Mundial se saldó con 57 millones de muertos en Europa (y siete en Asia), 12,6 millones en los frentes occidentales y 44,6 en los orientales. Tres cuartas partes de las víctimas eran civiles. Al acabar la guerra, sesenta millones de personas se encontraban desplazadas o refugiadas lejos de sus países. Unos pocos habían podido exiliarse a América. Cinco décadas después, se repetían en los Balcanes las largas marchas de desplazados que huían de sus hogares para evitar ser víctimas de la guerra y de la limpieza étnica.
De esa mala conciencia (el continente de las Luces y de la Ilustración ha sido también el de los más perversos sueños de la razón dando lugar a las dos barbaries – las dos guerras mundiales – más terribles de la historia de la humanidad) y de la necesidad de no repetir el horror de la guerra nació el proyecto de construcción europeo iniciado con el Tratado de Roma de 1957. Lamentablemente, hoy Europa vuelve a mostrar su cara más egoísta, cicatera e insensible con el trato que está dando a los refugiados que para salvar sus vidas huyen de Siria, Afganistán, Irak, Somalia u otros países sumidos en un conflicto armado. Una actitud que entra en flagrante contradicción con lo dispuesto en la Declaración Universal de Derechos Humanos (Asamblea General de Naciones Unidas, diciembre de 1948) que en sus artículos 9 y 14 dispone que “nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado” y que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”. También la Carta fundacional de Naciones Unidas (San Francisco, 1945) reafirmaba “la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas” que, implícitamente, reconocía la necesidad de salvaguardar dichos derechos en cualquier circunstancia, incluida la de los refugiados o exiliados a causa de conflictos armados. Igualmente, la IV Convención de Ginebra (1949, ampliada mediante los protocolos de 1977) dispone la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra.
Así pues, según la legislación internacional, el acuerdo alcanzado entre Bruselas y Ankara, para la devolución en caliente a Turquía de refugiados de países afectados por conflictos bélicos a cambio de una compensación económica y de acelerar la supresión del visado para los ciudadanos turcos y la negociación de la adhesión de este país a la UE, conculca valores fundamentales de la comunidad europea tal como fue concebida por los padres fundadores.
En definitiva, a 3 de marzo de 2016, Acnur contabilizaba 4.815.868 refugiados sirios, de los que 2.715.789 estaban en Turquía (un refugiado por cada 28 habitantes); 1.067.785, en Líbano (uno por cada cuatro), y 639.70, en Jordania (uno por cada diez). La UE tiene seis veces más población que los tres países mencionados juntos, su PIB per cápita (34.147,5 euros) más que triplica el de Turquía y Líbano y septuplica el de Jordania y, sin embargo, pone trabas a la admisión de refugiados.
La historia no se repite, pero conviene recordar el trágico exilio republicano, los exilios europeos de la posguerra mundial y, por supuesto, no olvidar la deriva fascista, excluyente y xenófoba de la Europa de entreguerras que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. No se pueden, pues, repetir los errores del pasado y, de acuerdo con la legalidad internacional y los valores en los que se asienta la construcción europea, es preciso rebelarse para poner fin a la vergüenza del trato que la UE está dando a los exiliados. La UE no subsistirá como proyecto de futuro solidario si no es capaz de tratar con dignidad y generosidad a los refugiados que llaman a sus puertas huyendo de la guerra.
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