Mohamed Fares, primer astronauta sirio, vive hoy como un refugiado en Estambul

La Vanguardia, Ricardo Ginés, 16-03-2016

En el espacio, a tu alrededor no se puede ver nada, todo está oscuro. Entonces sólo hay una cosa bella: el globo terráqueo. Desde allá arriba todo se ve como un solo país. No hay fronteras, no se ven diferencias étnicas o religiosas” .

Cuando Mohamed
Ahmed
Fares se elevó más allá de la estratosfera durante sus siete días de gloria, el planeta Tierra, percibido desde el espacio exterior, brillaba. Corría el año 1987 y Fares se había convertido en el primer astronauta
sirio de la historia.

Había cumplido el sueño de todo infante. Sí, pero además de elevarse sobre las cabezas de sus compatriotas le ofreció otra visión de las cosas: “Ver el globo así es ver que toda la humanidad es una sola familia, procede de la misma madre y el mismo padre”.

Fares, nacido en Alepo, norte de Siria, en 1951, formaba parte entonces de la expedición soviética Soyuz TM – 3, un acuerdo de cooperación entre Damasco y Moscú. Fue lanzado al espacio para llegar a la estación MIR en julio de 1987. Acompañado de dos astronautas rusos –Alexánder Viktorenko y Alexánder Alexandrov–, Fares hizo diferentes experimentos científicos y tomó fotos hasta volver al planeta azul después de siete días, 23 horas y 8 minutos. Cuando regresó a tierra se había convertido en un héroe nacional. Todavía, de hecho, varias calles, un colegio y un aeropuerto llevan su nombre.

Luego de recibir el título de Héroe de la Unión Soviética, la medalla de Lenin y otros galardones como cosmonauta, Fares fue asistente militar del régimen de Damasco, general, crítico con el presidente Bashar el Asad y, por último, desertor.

Huye de Alepo en el 2012, en plenos combates entre las fuerzas pro régimen y el Ejército Libre Sirio. Ya había participado en reuniones de la oposición y sus hijos se habían manifestado en contra el régimen. “Sentí el peligro: fácilmente podría haber sido asesinado –explica–. Me había negado a aceptar lo que el Gobierno estaba haciendo a su propia gente. Y si una persona cuenta con honor, no puedes forzarla a matar a alguien”, añade. El 4 de agosto cruza la frontera hacia Turquía y se convierte en el general de mayor rango que abandona la bandera siria. Además, él es de credo suní, como el 80% de la población siria, y el tiempo le ha dado la razón: poco a poco sólo quedan militares de alto rango alauíes defendiendo al régimen de El Asad.

Desde su llegada a Turquía, el que fue viajero del espacio ha bajado de las nubes con un nuevo estatus social: el de refugiado. Como miles de sus compatriotas, Fares vive ahora en “la pequeña Siria”, como es conocido el barrio de Aksaray en Estambul debido a la nutrida presencia de desplazados que huyen de la guerra. Los seis miembros de su familia ocupan un apartamento de dos habitaciones y un salón. “Cuando veo a mi gente viviendo en los campamentos, viviendo sin techo, y los que mueren en Siria o los que esperan en la frontera sin obtener permiso para cruzarla, naturalmente me siento muy satisfecho de estar aquí, a salvo”, reflexiona. Aparte, el buen trato dispensado por los vecinos turcos ayuda, sin duda.

Pero su singladura vital no acaba aquí. Ahora Mohamed Fares está inmerso en un proyecto no menos ambicioso que acercarse a las estrellas. Porque lo suyo es trabajar por un futuro democrático para un país cuyas ciudades, en gran parte, presentan tantos cráteres que se asemejan a la superficie lunar, cercenada a base de meteoritos.

Y es que el exgeneral no ve contradicción en trabajar ahora en aras de la pacificación de Siria. Asesora al Gobierno turco en materia de refugiados. Y cree que su labor en el marco del Comité Nacional de Coordinación de las Fuerzas de Cambio Democrático (NCB, por sus siglas en inglés), que se ha reunido en Madrid y se opone a la violencia, va por el camino indicado.

“El buen soldado es el que salva a su país para que pueda vivir en paz y que mantiene esa paz”, asegura.

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