La fiebre del referéndum
Los Gobiernos europeos recurren cada vez más a consultas en busca de legitimidad
El Mundo, , 06-03-2016El mantra más viejo y consolidado
de Bruselas es el que dice que cuando
el eje franco-alemán funciona,
Europa avanza, y que cuando las relaciones
entre París y Berlín son
tensas, el continente se estanca.
Una variante más actualizada podría
decir que cuando hay sintonía
las crisis se resuelven, y cuando no,
se convocan referéndums.
La Unión se enfrenta estos meses
a una serie continua de crisis con
un elemento en común: la mayoría
va a acabar en un referéndum. Un
instrumento habitual y hasta esencial,
dependiendo del país, para
ejercer la soberanía nacional. Una
forma de huir hacia adelante en
otros casos cuando la élite gobernante
es incapaz de consolidarse,
sacar adelante iniciativas o necesita
cortinas de humo y se ampara en la
llamada al espíritu democrático.
El más conocido e importante,
por los potenciales efectos rompedores,
es el que en junio llevará a
las urnas a millones de británicos
para decidir sobre la permanencia
en la UE, pero no es ni el primero ni
será el último. En julio, Alexis Tsipras
lo hizo en Grecia sobre el
acuerdo con la UE, y lo ganó, pese
a que pocos días después acabó
aceptando prácticamente lo mismo
que los griegos rechazaron.
En septiembre los polacos opinaron
sobre el sistema electoral o la financiación
de partidos y el sistema
tributario. Rumanía tenía previsto
uno para finales de 2015 sobre la reforma
constitucional, pero sigue en
impasse. En diciembre, el Gobierno
danés llamó a sus ciudadanos a pronunciarse
sobre las llamadas cláusulas
opt-in y opt-out. Dinamarca
tiene un estatus particular dentro de
la UE que le permite quedar al margen
en algunos temas de Interior,
Seguridad o Asilo. El Ejecutivo, que
defendía el sí, preguntó a los daneses
si querían seguir así o ceder
competencias y asumir el acervo, si
querían más Europa; el resultado
fue claro: el 53,1% dijo no.
Hay más. La crisis de refugiados
ha hecho mella, y el primer ministro
húngaro ha amenazado con llevar
a referéndum la decisión de
aceptar un sistema de reparto forzoso
de refugiados mediante cuotas.
Los estados miembros aceptaron
en julio del año pasado el mecanismo
propuesto por la Comisión
Europea para recolocar a refugiados
llegados a Italia y Grecia, y en
septiembre fijaron la cantidad de
160.000, pero por votación simple,
con la posición en contra de Eslovaquia
(que ha llevado el caso a la justicia
europea) y Hungría, que ahora
quiere una consulta pública. «Nadie
ha preguntado a los ciudadanos en
Europa si aceptan o rechazan esas
cuotas obligatorias» y eso «se asemeja
bastante a un abuso de poder
», denunció Viktor Orban.
Suiza es diferente, porque su
tradición de referéndum es una
práctica casi cotidiana, pero el último
de los convocados, que se votó
hace apenas una semana, recoge
el zeitgeist continental, pues sometía
a consulta la posibilidad de
expulsar del país de forma automática
a los extranjeros culpables
de delitos menores, incluyendo en
casos extremos infracciones de
tráfico, según Efe. Ganó el no.
Caso singular
es el de Holanda,
país que ya celebró
en el pasado
un referéndum
con resultado negativo
sobre la
Constitución Europa
en 2005, y
que en abril someterá
a las urnas el
acuerdo de asociación con Ucrania,
ratificado por más de 20 Estados
Miembros. Hasta tres asociaciones
lograron 446.000 firmas de ciudadanos
opuestos a un pacto que, según
su denuncia, costaría miles de
millones a los holandeses. El Gobierno
confía en una aprobación
sencilla y el resultado no es legalmente
vinculante, pero el presidente
de la Comisión, Jean-Claude
Juncker, ha alertado de que un no
puede «cambiar el equilibrio en Europa
», beneficiando a Rusia.
La fiebre del referéndum ha lllegado
a Praga, donde el primer ministro
Bohuslav Sobotka dijo hace
unos días que si la consulta británica
acaba en Brexit no puede descartarse
una presión de grupos de derecha
a favor del Czexit. Marine Le
Pen no oculta su predisposición a
hacer lo mismo si llega al poder y,
en España, Pablo Iglesias defiende
el referéndum sobre Cataluña. Incluso
Finlandia recogió a finales de
año 50.000 firmas para que el Parlamento
estudie la propuesta de
abandonar el euro. El apoyo a la
moneda única está en mínimos y
hasta el ministro de Exteriores, el
popular Timo Soini, aseguró que
uno de los más grandes errores había
sido unirse a la moneda única.
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