Las mecánicas del bien
La Vanguardia, , 24-09-2015Buenas noticias: somos cada vez más empáticos, más tolerantes y menos violentos. Aunque afirmara lo contrario aquí mismo, en San Sebastián, el prestigioso director chino Hou Hsiao Hsien –“el único progreso del hombre es tecnológico, seguimos siendo iguales que hace mil años”– y se repita como exitoso mantra cultural que somos incapaces de emanciparnos de nuestra mísera condición, es mentira. No somos iguales que hace mil años, ni siquiera iguales que hace cien. Somos mejores. Lo probó el científico Steven Pinker en un largo corte histórico de la especie y lo hace patente año a año la estadística de progreso humano de Naciones Unidas. Más empáticos, más tolerantes y menos violentos. El bien triunfa. Y los americanos han adquirido la costumbre de celebrar esos progresos morales de la sociedad convirtiendo en película cada una de esas conquistas. En esa tradición de celebrar la ejemplaridad individual, real, a menudo, otras veces, ficticia, –a la que pertenecen filmes clásicos como Matar a un ruiseñor (1962), o contemporáneos como Philadelphia (1993), Mi nombre es Harvey Milk (2008), Criadas y señoras (2011) o Dallas Buyers Club (2014)– se inscribe Freeheld, de Peter Sollet, que ayer se incorporaba a la competición en el Zinemaldia. El filme narra la historia de la detective de policía Laurel Hester (Julianne Moore), aquejada de un cáncer de pulmón, y su lucha con las autoridades del condado para que su joven pareja, Stacie Andree (Ellen Page), recibiera su pensión cuando ella muriese, un ingreso que le permitiría conservar el hogar conyugal.
El que no sabía de la tradición estadounidense era el propio director, que ayer la comparaba con el realismo social europeo, del neorrealismo italiano al free cinema británico, obviando que éstos son historias de denuncia y derrota, y aquello son relatos ejemplares de triunfos sociales. Que no es lo mismo. La diferencia, y bastaba ver la determinación emocional con la que está construida Freeeheld, seguro que está relacionada de forma íntima con el prestigio intelectual del cinismo en las sociedades europeas frente a la pervivencia de una ingenuidad edificante y a veces contraproducente en Estados Unidos. Ese empeño americano por construir ejemplaridad desde la ficción audiovisual a menudo tropieza con el escepticismo de quienes hemos nacido en el lado viejo del mundo occidental. Como en este caso. La película es convencional y eficaz, y sólo está lastrada por el bagaje de padecimientos cinematográficos que arrastra el rostro de Julianne Moore (que quizá debería tener una conversación con su agente para emanciparse de ese sufrir que se le está convirtiendo en rutina) y por un cierto aroma a telefilme, que la convierten en una candidata blandita para entrar en el palmarés.
De la lucha redentora de Laurel Hester saltábamos ayer a la salvación forzosa y paternal de Les chevaliers blancs, de Joachim Lafosse, también un filme de ficción que arranca de unos hechos reales: la historia de un grupo de franceses que, bajo la falsa bandera de una ONG dedicada a educar y criar niños huérfanos en el África subsahariana, planeaba trasladarlos a Francia, donde ya había pactado su adopción con un grupo de familias, con la pretendida intención final de provocar un conflicto diplomático que pusiera el foco sobre las desigualdades planetarias. Traficantes de seres humanos, activistas antipobreza o solidarios confundidos, la peripecia de estos redentores, dispuestos a salvar del hambre y la carestía a unos niños tomando atajos legales y morales, desnuda lo inquietantes que pueden llegar a ser los mecanismos de las buenas intenciones. La película es menos hábil y sofisticada que el tema que aborda, considerando la incomodidad de estos mesiánicos rescatadores (o secuestradores), pero sirve una controversia apasionante de cuyo hilo podemos tirar y tirar hasta recordar que a los mismos que hoy consideramos traficantes de seres humanos –se dediquen a fletar pateras, cayucos o alquilar barcos para sirios que huyen de su guerra–, la generación de nuestros abuelos emigrada a las Américas los consideraba buenos samaritanos que, por un justo precio, los colaban de polizontes en los mercantes que cruzaban el Atlántico. Y, añadamos, para que la intriga sea aún más molesta, que lo que hacen unos y otros y que a nuestro remilgo contemporáneo se le antoja intolerable, no es tan diferente de la audacia que convirtió en un santo a Oskar Schindler. ¿Ven cómo somos mejores?
(Puede haber caducado)