Europa entre tinieblas
Diario de Noticias, , 23-08-2015“¡Qué época tan triste y extraña la nuestra! ¿Hacia qué océano fluye ese torrente de maldades? ¿Adónde vamos en un noche tan profunda? Los que quieren palpar este mundo enfermo se retiran rápidos, asustados por la corrupción que se agita en sus entrañas”.
G. Flaubert.
No puede ser más acertada la sensación de oscuridad que reflejan estas palabras impresas en la novela Memorias de un loco, para aplicarlas a la actualidad arrogante y prepotente en la que está sumergido el continente europeo. Una época, por otra parte, de la que somos partícipes por acción u omisión, en la que Europa mece sus proyectos de integración social desorientadamente entre las tinieblas de una perpetua crisis de valores, donde la decencia humana se ha convertido en la excepción que confirma la regla.
Nadie puede suponer que la inmigración es un fenómeno nuevo, cuya existencia tan solo concierne a nuestro tiempo. Durante siglos, Occidente ha conocido movimientos migratorios, más o menos masivos, motivados, según los casos, por circunstancias económicas, políticas, bélicas o simplemente religiosas. Por eso, es archiconocido que el reto de la inmigración no permite soluciones fáciles. El asunto requiere concertación y sensibilidad, debido a que es un material altamente inflamable en la sociedad, sobre todo por las grandes diferencias culturales con los que vienen de fuera y el celo de muchos autóctonos a los que la crisis sigue golpeando duro.
Una vez aclarado esto, es evidente que para construir una estructura social sólida que determine un concepto europeo de integración digno para todos/as, las posibles soluciones de convivencia tienen que transitar por los pasillos de una ética universal radicalmente igualitaria y, a la vez, desfundamentadora de todo relativismo historicista, mediante proposiciones cuya finalidad sea desenmascarar los errores que se han producido en el pasado, como ahora veremos.
Tras la II GM, la Unión Europea se cimentó sobre las bases monetaristas de una enmascarada globalización económica – el cajón de sastre al que se refería Habermas – que discriminó y jerarquizó sus propias necesidades en vez de utilizar supuestos de coordinación e integración solidaria. Después del conflicto mundial mencionado, el continente entró de lleno en una etapa de crecimiento económico importante, siempre alrededor de su propia reconstrucción. Este fructífero progreso demandaba una mano de obra que no exigía cualificación profesional ninguna, puesto que estaba enfocada hacia el sector primario, cuyo foco de atracción procedía principalmente de países no desarrollados. A su vez, Europa, aportaba permanencia y constancia laboral en los países de acogida, facilitando a los inmigrantes una sencilla penetración en el sistema productivo, mediante una abundante oferta de trabajo que, además, daba acceso a la obtención de renta, e incluso capacitaba la posibilidad de ahorro y reagrupamiento entre los inmigrantes. Esta próspera situación consolidó una primera oleada de inmigración, hasta el punto de reconocerse una situación vital en los entornos de acogida que motivó el desarrollo de roles sociales y políticos entre los miembros de la inmigración.
Tras esta primera etapa de asimilación interesada como se ha podido comprobar a posteriori, llegó la crisis del petróleo a mediados de los años setenta. Es entonces cuando comienza un segundo modelo de etapa migratoria, en el cual, comprobamos que se produce una inversión casi matemática de las características arriba señaladas. La enorme inseguridad que crea esta crisis muestra a los dirigentes la fragilidad del sistema europeo ideado. El crecimiento se congela y las economías del sector primario se reconvierten al sector servicios, eliminando de cuajo la demanda ilimitada de mano de obra no cualificada, cuyo efecto inmediato es la desaparición de la renta sostenible de la inmigración, ahora regulada por la temporalidad laboral y las economías sumergidas. Dos supuestos que a su vez conllevan la marginación económica, social y cultural de la segunda y tercera generación de los inmigrantes establecidos en la primera etapa anteriormente señalada. Esta recesión económica provoca el desánimo entre la juventud de origen inmigrante, pero, ya, con nacionalidad de los países de acogida, procurando la desmotivación suficientemente necesaria para no integrarse en las sociedades de admisión, complicando, el de por sí ya espinoso asunto de la inmigración, cuyos caminos ahora se dirigen hacia el aislamiento por exclusión y a la autogestión de sus problemas. Hechos que se materializan en las calles con un firme rechazo al sistema de acogida y de reacción contra el mismo desde amplias capas de la sociedad. Capas que son expulsadas a las ciudades dormitorio, conformándose, de esta forma, auténticos guetos, que a su vez van generando racismo y xenofobia entre la población autóctona.
A pesar de estas dificultades señaladas en los países de llegada, ya no son de acogida, los flujos de migración se mantienen constantes después de la caída del muro de Berlín en 1989, iniciándose lo que podemos distinguir como una tercera etapa migratoria, con la particularidad de que ahora ya no interesa la llegada de los inmigrantes, salvo para una parte de la sociedad que ven una nueva función de utilidad interesada para esta gente: mantener el estado de bienestar debido al envejecimiento demográfico del continente. De nuevo percibimos el interés económico en la intencionalidad europea de integración.
La situación descrita hasta aquí no cuaja, adentrándonos en la cuarta y última etapa que llega hasta nuestros días. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, Occidente, utilizando el argumentario ideológico que sirve de cobertura para encontrar un chivo expiatorio al que se pueda culpabilizar del fracaso del estado de bienestar y a la seguridad de los habitantes europeos, criminaliza la inmigración. Ahora ya no interesa a nadie su llegada. Y ahora, es cuando realmente las necesidades de esta tragedia humanitaria de las migraciones son más que evidentes, debido a la barbarie de los conflictos armados que rodean al continente europeo, las escalofriantes limpiezas étnicas, tanto en el Próximo Oriente como en el continente africano; por no hablar de los genocidios perpetrados en nombre de la religión y las hambrunas desesperantes que acompañan siempre a los éxodos, hechos y prácticas que ratifican la necesidad de una solución digna e inmediata.
Como vemos, se multiplican los síntomas preocupantes en el escenario europeo, haciendo que la negociación sobre el tema sea dramática, porque Europa no asume su incapacidad, y sobre todo su culpabilidad, a la hora de dignificar la entrada del éxodo engendrado en muchas ocasiones por su conducta imperialista, siempre interesada económicamente como hemos visto. Desde luego, que la solución no pasa por levantar muros o por asumir cuotas de reparto de refugiados. La solución pasa por impulsar medidas como la lucha contra las mafias que trafican con inmigrantes, la cooperación con los países de origen y tránsito y la solidaridad entre estados, invirtiendo para ello todos los elementos necesarios, tanto humanos como materiales.
Parece que la situación está llegando a tal extremo que la sociedad está experimentando una severísima llamada de atención a las conciencias. Nunca es tarde para que Europa surja de las tinieblas entre las que se debate.
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