La plaga

Diario Sur, , 14-08-2015

Vaya por delante, señor primer ministro inglés, que la acepción dada por usted a los inmigrantes que tratan de cruzar las fronteras bien podría utilizarse para referir la actuación de los corsarios ingleses – financiados por la corona – en los mares del mundo. Por ejemplo. O los mercados financieros que hacen estallar sus propias burbujas sobre las espaldas de los ciudadanos. Antes, los imperios occidentales se alejaban unos miles de kilómetros de sus jardines para cometer todo tipo de fechorías contra la humanidad: trata de esclavos, explotación de recursos, dibujo de fronteras a su antojo donde luego colocaban a sus amigos o deudos como dictadores… Y la mierda provocada en esos remotos lugares nunca salpicaba sus sagrados territorios occidentales: se, nos, sentían, sentíamos a salvo. Ahora no. Resulta que las consecuencias del horror provocado a esos miles de kilómetros, salta por los aires, los atraviesa y cae sobre las limpias aceras, los perfectos jardines y el hormigón, de sus territorios. Sufren atentados que los convierten en radicales extremistas del orden y, sobre todo, se les, nos, llenan las fronteras de pobres desgraciados que huyen de ese horror mortal. Es entonces cuando los dirigentes de esos imperios, o de lo que de ellos queda, se indignan, buscan apoyo entre sí, y tratan a esas desgraciadas personas como ‘plaga’. Al igual que Anteo, el único modo que se les ocurre para ‘defenderse’ consiste en armarse hasta los dientes, patrullar con buques, helicópteros y todo tipo de armamento, el sagrado mar común de Europa; o bien se les ocurre la brillante idea de construir muros, bien altos y organizados. Muros que cuestan millones, faraónicos como la muralla china para contener a los bárbaros. Y los deshereaddos mueren: ahogados en un mar de cadáveres o tiroteados en las frontreras.

Eso sí, no se les ocurre a los imperios que son sus propias ‘estrategias’ en esos lugares, quienes arrojan a los más indefensos a las puertas de sus, nuestras, casas. Por ejemplo Siria, ese cementerio donde un dictador comenzó a masacrar a su población sin que los muy democráticos restos de los imperios movieran un dedo: Asad era un aliado. Tampoco parecen indignarse cuando el Gobierno turco bombardea a los kurdos porque ahora el enemigo es el Estado Islámico. O permiten y hasta aplauden que algunos gobiernos con quienes suponen tienen ‘deudas históricas’ y además les sirven como parapeto de sus intereses, bombardeen poblaciones civiles indefensas.

Verá usted, señor primer ministro, sin ningún respeto, a una servidora se le ocurre pensar que la auténtica plaga de este mundo son los corruptos poderosos que miran al mundo como a un tablero de juego personal donde mueven las fichas que mejor llenarán sus bolsillos.

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