De repente, la vacación cambia
El País, , 13-08-2015“¡Libertad!”, gritan en árabe desde la zódiac un grupo de jóvenes pletóricos. Impacientes. Algunos se lanzan al agua para recorrer a brazadas los últimos metros que les separan de tierra firme. Al golpear las rocas, la balsa se balancea. Manos alzadas comienzan a pasarse bebés de 10 días a un año para ponerlos a salvo. Así arriban 60 sirios, en una frágil balsa, a las costas griegas de la isla de Lesbos, al oeste del país. Están culminando una traumática travesía de miles de kilómetros durante meses para llegar a Europa.
“Hace un año que intento llegar aquí”, dice rompiendo a llorar el sirio Ahmed, en la treintena, llevándose las manos a la cara. Una mujer y su hijo se postran rozando el suelo con sus frentes. Ante la imagen, otros migrantes les imitan y comienzan a rezar agradecidos de seguir con vida. Cuando el primer grupo aún no ha emprendido la ruta en tierra firme, llega una segunda patera, esta vez cargada de afganos.
Aterrorizadas y sin saber nadar, las mujeres estallan en gritos. Varios turistas y vecinos se apresuran a reanimar a una de las mujeres que, presa de una crisis de ansiedad, cae desmayada, ante la desesperación de sus pequeñas. El caos es completo y el llanto se contagia. Unos lloran de miedo, otros de alegría. Están en Europa, no saben dónde, pero es Europa. Hasta donde alcanza la vista, flotadores naranjas, silbatos y balsas de plástico negro desinfladas cubren las rocas que bañan las aguas griegas. Vestigios de los más de mil refugiados que desembarcan a diario.
“Teníamos que ser 35 en la balsa, pero los traficantes subieron a 64”, afirma Abdel Karim, que ha navegado los 14 kilómetros que separan Lesbos de Turquía en una hora y 20 minutos. “Hemos llegado, hemos llegado, ¡Dios es La pareja de holandeses Erica y Ronald, en la cuarentena, llegaron a la isla de Lesbos cinco días atrás. Buscaban descansar durante dos semanas con sus hijos y disfrutar de las aguas transparentes. Pero eligieron Grecia, desde donde se avista la costa turca, como destino, donde coinciden turistas y migrantes. Erika, profesora de personas con discapacidades físicas en su país, mece en sus brazos un bebé afgano de escasos meses. A pocos metros, su marido vierte agua en vasos de plástico que brinda a los 62 migrantes recién desembarcados. Durante hora y media repetirán lo que se ha convertido en unas vacaciones solidarias. En el horizonte la silueta de un pequeño punto negro va aumentando. “Ahí llega una balsa, vamos”, espeta Ronald. Dos niños de cabellos rubios observan atónitos el desembarque de una patera. Junto a ellos y en bikini, otras turistas sacan fotos del dantesco escenario. “No podemos quedarnos de brazos cruzados”, comenta Erica. Cada día usan el coche que han alquilado para acercar a mujeres y niños hasta las estaciones de autobús más cercanas.
(Puede haber caducado)