Lágrimas de miedo y alegría al pisar Europa
Relato del viaje de un grupo de refugiados sirios recién llegados a la isla griega de Lesbos. Otros inmigrantes fueron rescatados la noche del martes tras ser obligados a ir sin patrón en una zódiac repleta
El País, , 13-08-2015Anteanoche, una zódiac con 54 sirios se hundía a medio camino hacia la costa griega. “No quería subir con tanta gente. Pero el traficante me dijo: o subes, o pierdes el dinero. Luego nos robaron las mochilas por el excedente de peso y nos obligaron a hacer el trayecto solos”, relata Hala el Alí, de 45 años, que sobrevivió al trayecto junto a sus dos pequeñas de año y medio y tres años. Tras dos horas a la deriva con el agua al cuello y sin gasolina, fueron rescatados por una patrulla de guardacostas griegos. Este es el relato de
Estambul
TURQUÍA
Esmirna los afortunados, aquellos que no se han quedado en el mar. Al menos 2.000 personas han muerto en naufragios en lo que va de año, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
“Cada día vienen más”
La voluntaria griega Melinda, que regenta una taberna en la localidad de Molivos, en Lesbos, fue la encargada de hospedarlos. En la parte trasera de su restaurante ha montado tiendas donde duermen los recién llegados. Son 12 menores y nueve mujeres, algunas embarazadas. Una red de voluntarios les proporcionan ropa seca, comida, pañales y mantas. Ni rastro de organismos ni asociaciones internacionales.
Ante la avalancha de refugiados y migrantes, intensificada desde hace cuatro meses, los traficantes hacen del desastre un negocio muy lucrativo. Meten a 60 personas —la media es de 50— en barcas con espacio solo para 35. Eso multiplica los riesgos de hundimiento. Con estos precios, por 45 minutos de trayecto, se embolsan entre 50.000 y 60.000 euros, a 1.000 por cabeza. Cada traficante suele mandar unas tres o cuatro embarcaciones al día. Eso significa que pueden llegar a hacer cerca de un millón de euros en una semana. Desbordados por la afluencia masiva, los guardacostas griegos no dan abasto. Se limitan a remolcar zódiacs a la deriva o a punto de naufragar. “Los traficantes nos dijeron que pincháramos la balsa si veíamos a los policías”, dice un sirio. Al avistar una embarcación, en ocasiones una simple lancha de turistas, muchos migrantes rajan las balsas exponiéndose a morir ahogados.
La carretera que une las playas norteñas de la isla de Lesbos con el sur se antoja un camino de peregrinación. Miles de personas caminan hasta tres días para llegar a Mitilene, capital de la isla, y allí obtener los ansiados salvoconductos. Sus únicas pertenencias son una mochila. Los mayores llevan mudas de cambio, sus joyas y las escrituras de su casa. Los jóvenes, el título universitario.
Ante el descontrol, los vecinos empiezan a perder la paciencia. “Por un lado les ayudamos y entendemos su situación, huyen de una guerra. Por otro, nosotros tenemos una guerra económica aquí, y su llegada ahuyenta el turismo”, relata una vecina. “Son como fantasmas. Tan solo los vemos andar y andar y cada día llegan más”, reflexiona Georgos, empleado de una agencia turística.
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