"En Alemania seguro que nos ayudarán. Somos refugiados, venimos de Siria..."

El Diario, , 10-08-2015

En cuanto empezó la guerra, Ali perdió su trabajo en una empresa privada, pero decidió aguantar en Azaz. En el verano de 2012, el Ejército Libre Sirio tomó el control de la ciudad durante un tiempo y después cayó en manos de los extremistas islámicos. De un momento a otro, el sueño de la revolución siria no era más que un recuerdo trágico. Lo que comenzó como una insurgencia contra el régimen en el poder degeneró en una guerra civil brutal. Cantidades innumerables de personas empezaron a huir del país devastado.

“Me alegro de no estar casado y de no tener hijos. Así es mucho más fácil para mí”, explica Ali mientras seguimos hacia el pequeño pueblo de Mortanoš, el último asentamiento significativo antes de llegar a la frontera húngara. “La mayoría de mi familia huyó a Turquía y decidió quedarse allí. Sin embargo, yo soy joven y tengo buena formación. Voy a hacer todo lo que pueda para conseguir un trabajo y poder hacerme cargo de mis padres. Ahora mismo, ese es mi único objetivo. Quiero ir a Alemania. Si conseguimos llegar a Hungría sin que nos cojan, las cosas serán mucho más fáciles. En Alemania seguro que nos dejarán entrar y nos ayudarán, al fin y al cabo somos refugiados, venimos de Siria…”.

En su travesía, los refugiados corren un gran riesgo de ser arrestados. Buena parte de ellos han sido asaltados por delincuentes locales, por otros refugiados o incluso por la Policía. / Foto: Jure Eržen.
En su travesía, los refugiados corren un gran riesgo de ser arrestados. Buena parte de ellos han sido asaltados por delincuentes locales, por otros refugiados o incluso por la Policía. / Foto: Jure Eržen.
Como la mayoría de los miembros de este pequeño grupo, Ali se muestra cada vez más contento a medida que se acerca a la frontera. Cuando entramos en Mortanoš, el grupo completo decide descansar. Las mujeres se sientan en la hierba, los niños están visiblemente cansados. Los hombres se ponen a debatir la mejor ruta para esta fase final del cruce de Serbia. Los ciruelos del lugar se quedan rápido sin frutas y el cielo se oscurece por momentos. Los refugiados saben muy bien que se están acercando a la parte crítica de la travesía. Poco más de cuatro kilómetros los separan de la Unión Europea. Una brisa apacible acaricia los valles de Panonia.

“¿Qué podemos hacer? Como cualquier persona en cualquier sitio, solo tenemos un deseo: vivir en paz. Estar seguros. ¡Mira qué encantador es este sitio! Tan pacífico y tranquilo… Hay árboles frutales por todas partes. La gente nos deja en paz y hay un montón de agua. Podría vivir aquí sin lugar a dudas. ¿Sabes? Esto parece un paraíso de mis sueños…”, dice Rami. Se está dejando llevar, pero ¿quién puede culparle? Con cada kilómetro es menos un showman buscando la atención y más un niño emocionado.

Decencia humana básica

Hacia la salida del pueblo, un anciano de aspecto feliz se acerca a los refugiados y les ofrece agua de la manguera de su garaje. Los sirios están visiblemente confundidos. A medida que se oyen más los ladridos de los perros en el pueblo, siguen intercambiando miradas. Los últimos años les han hecho olvidar cómo es la decencia humana. Para ellos, se ha convertido en la excepción que confirma la regla.

Después de un momento, uno de los refugiados da al anciano serbio una botella de plástico vacía. Los demás hacen poco a poco lo mismo. Sonrisas tímidas pero profundamente agradecidas van cubriendo sus rostros mientras el anciano utiliza una mano para llenar las botellas y otra para espantar a los mosquitos.

“Tenéis que seguir el río”, les indica el nativo hospitalario en lugar de decirles adiós. Prosigue: “Pero no por arriba por las laderas; debéis ir tan abajo como podáis. Si no, la Policía os puede ver. Aunque no los he visto hoy por aquí. La frontera no está muy lejos de este lugar. Muchos otros grupos han pasado por aquí hoy antes de vosotros. Coged más ciruelas. Pero tenéis que tener mucho cuidado, ¿vale? ¡Suerte!”

Es muy fácil perder la fe en la humanidad. Es infinitamente más difícil recuperarla.

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Pronto reemprendemos el camino. Un cierto silencio está cayendo sobre el grupo. Cuanto más nos acercamos a la frontera, más se apiñan los refugiados instintivamente. Uno de los hombres coge a su hija de tres años y se la sube a los hombros. Al anciano del grupo le está faltando visiblemente el aliento, pero, con la ayuda de un robusto palo de madera, es capaz de seguir el ritmo del resto. Uno de los refugiados saca una copia raída del Corán y empieza a rezar. El sol se está escondiendo lentamente en el horizonte. A nuestra derecha, se ve un trozo de bosque denso y cenagoso y el río Tisa. A nuestra izquierda, hay una pradera cubierta de paja, unos pocos asentamientos distantes y el camino que lleva al cruce oficial de la frontera y más allá, hacia Subotica. La luz se va desvaneciendo mientras caminamos con el sonido de fondo de los perros ladrando en la distancia. A cada momento vemos cigüeñas aterrizando en los campos cercanos. Para este grupo de migrantes, todo esto son escenas de tranquilidad, como si estuvieran en Xanadú. Una perfecta ilusión.

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“Sinceramente, no tengo ni idea de dónde estamos. Espero que vayamos por el buen camino. Tenemos que darnos prisa. Debemos llegar a Hungría esta noche. Una vez que crucemos la frontera tenemos que evitar que nos pille la Policía. Si eso ocurre, ¡podríamos perder varias semanas! Nuestro grupo se rompería”, me explica Rami en voz cada vez más baja. “¡También tenemos que evitar que nos tomen las huellas dactilares! Eso implicaría que, incluso cuando lleguemos a Alemania, podrían mandarnos de vuelta a Hungría en cualquier momento. Nadie quiere quedarse en Hungría. Personalmente, preferiría quedarme en Serbia porque la gente es más agradable con nosotros ahí. En cualquier otro lugar, nos tratan como a delincuentes. Y hemos oído que los húngaros son quienes peor tratan a la gente como nosotros”, detalla.

Nos hacinaron en unos autobuses que nos llevaron a la frontera con Serbia. Toda la región estaba llena de refugiados. / Foto: Jure Eržen.
“En Macedonia, nos hacinaron en unos autobuses que nos llevaron a la frontera con Serbia. Toda la región estaba llena de refugiados”, cuenta uno de los viandantes. / Foto: Jure Eržen.
Cuenta que está ansioso por encontrar un trabajo en Europa. Cualquier tipo de trabajo, siempre que le permita vivir en paz y seguridad. Ali, el ingeniero de ojos azules, se siente igual. Ambos se han desprendido de la ferocidad de la guerra. Todo lo que quieren es que la gente de su nuevo hogar muestre un poco de comprensión.

Los miembros del grupo no tienen muy claro dónde tienen que desviarse hacia el bosque para que la Policía no los pille. La propia frontera no está muy bien señalizada, en algunos lugares no hay ningún tipo de marca. Por eso el grupo decide limitarse a seguir las huellas que han dejado sus predecesores. Un rastro de objetos descartados, les guía. En el momento exacto en que sus dudas sobre si han elegido la ruta correcta se están volviendo críticas, dos ciclistas del lugar pasan a su lado, por un terraplén cercano. Abren sus mochilas, distribuyen varias botellas de agua entre los refugiados (“¡Son para los niños!”) y les dan la información vital de que la frontera está solo a diez minutos a pie.

“Simplemente, seguid el curso del río. ¡No hemos visto ningún policía!”, dice uno de los ciclistas para animarlos.

La guardia fronteriza húngara

Continuamos. En la distancia vemos la rampa que señala la zona fronteriza en la que cualquier movimiento está estrictamente prohibido. Un duro anochecer está cayendo sobre nosotros; la ansiedad inunda las caras de los refugiados. Los mosquitos están en plena fuerza. Las mujeres deliberan entre ellas y deciden que los niños se pongan una capa más de ropa. Los hombres –muchos de ellos huyeron de su país hacia otro continente con solo una pequeña mochila de deporte sobre los hombros– están dando los últimos retoques a la estrategia del grupo. Muchos de sus teléfonos móviles están empezando a fallar.

Cruzamos la oscura frontera entre Serbia y Hungría en absoluto silencio. El grupo solo se detiene unos pasos después del primer mojón húngaro.

Durante mucho tiempo habían aprendido que la combinación de fronteras y uniformes puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. / Foto: Jure Eržen.
Los refugiados a los que acompañamos habían aprendido que la combinación de fronteras y uniformes puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. / Foto: Jure Eržen.
Rami pone en el suelo su mochila y emprende una misión de reconocimiento. Detecta una patrulla fronteriza a unos cien metros. Puede identificar un coche y cuatro policías interrogando a un pequeño grupo de refugiados. A su lado hay dos aseos portátiles como una especie de espejismo. ¿Actuar como de costumbre? Está claro que los cuatro agentes húngaros no serían capaces de parar a nuestro grupo de refugiados. Habíamos oído que los controles fronterizos se convierten a menudo en ‘un ojo ciego’. A pesar de que el Gobierno ha emprendido el enorme proyecto antihumanitario al levantar el muro, por lo que vemos en estos días, los policías húngaros en general tratan a los refugiados con justicia e incluso respeto. Aunque, por supuesto, esto no es algo en lo que se pueda confiar demasiado.

El momento decisivo se está acercando. La ansiedad e incluso el puro miedo están volviendo a las caras de los refugiados. Durante mucho tiempo han aprendido que la combinación de fronteras y uniformes puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. El temor en sus caras es un simple reflejo, y en situaciones como esa, la razón siempre se esconde detrás. La noche ha caído, pero la luna ilumina despiadadamente las caras exhaustas.

Los refugiados se deslizan rápidamente hacia un bosque cercano, de donde se pueden oír claras señales de vida. Nuestro grupo de refugiados no es el único que se prepara para el último empujón hacia el corazón de Europa. Ahora estamos en territorio húngaro. Todo lo que los refugiados tienen que hacer para completar esta fase crucial en su larga travesía es escapar de la patrulla. Los niños comen unas galletas y unas ciruelas de las mochilas de sus madres. El resto bebe un poco de agua. Todos esperan a la señal de Rami.

Nos despedimos de ellos.

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