El camino a pie de refugiados sirios desde Serbia a Hungría: "Solo queremos vivir en paz"

Hungría ha empezado a construir un muro de 175 kilómetros de longitud: más que un obstáculo para la llegada de refugiados, es una declaración de intenciones "Si me hubiera quedado en Siria, sin duda me habrían matado. Mis propios primos están en Estado Islámico", dice Rami, de 27 años Recorremos con un grupo de personas un tramo del eterno recorrido hacia Europa, desde el norte de Serbia a la frontera con Hungría

El Diario, Bostjan Videmsek (DELO) - Serbia/Hungría, 10-08-2015

Junto a la carretera que lleva del pequeño pueblo de Kanjiža, en el norte de Serbia, a la frontera con Hungría, un amplio grupo de refugiados sirios se acaba de sentar a descansar. Es martes por la noche, y unas cuarenta personas forman el grupo: mujeres, niños, jóvenes, un anciano. Tomándose al fin un respiro del sol, están arrancando unas ciruelas no muy maduras de un árbol cercano y mirando sus móviles, en los que han guardado las indicaciones de la ruta más rápida y segura hacia la frontera.

Es, por supuesto, solo uno de los numerosos grupos que hacen sus últimos esfuerzos para llegar a la Unión Europea. En las llanuras junto al tranquilo río Tisa, donde nos unimos al grupo, la vida se desenvuelve a un ritmo decididamente lento. Muchos de los residentes se han acostumbrado desde hace tiempo al eterno desfile de sufrimiento humano. En los últimos meses, Serbia se ha convertido en otra parada en el camino de una tragedia humana que apenas se puede describir con palabras. No es exagerado decir que este será con seguridad uno de los principales problemas humanitarios del siglo XXI.

Decisión

“Nos quedan unos ocho kilómetros hasta llegar a la frontera. Si todo sale bien, estaremos allí en dos horas y media. No podemos ir muy deprisa, tendremos que hacer algunas paradas para que nuestras mujeres y niños puedan descansar. Muchos de nosotros estamos totalmente exhaustos. Hemos estado viajando durante semanas, algunos durante meses”, relata uno de los hombres mientras caminamos juntos.

Cuenta que se llama Rami. Tiene 27 años y viene del noroeste de Siria, de la ciudad de Raqqa, la capital del autoproclamado califato y del Estado Islámico. Huyó de la ciudad en cuanto fue tomada por los miembros de la milicia radical suní. Asegura que no tuvo elección. Le habían dicho que su nombre estaba en la lista de la muerte. Durante los primeros meses del conflicto sirio había trabajado como periodista y había decidido ayudar a uno de sus colegas americanos. Uno de los principales periódicos internacionales le había expedido un carné de prensa.

Eso no era algo que Estado Islámico fuera a perdonar fácilmente.

“Dio igual que viniera de una de las familias más poderosas de Raqqa. Si me hubiera quedado, sin duda me habrían matado, sin preguntas. Lo peor era que mis propios primos habían salido a buscarme también. Casi todos ellos se habían integrado en Estado Islámico. Casi todo el mundo en Raqqa se había pasado a su lado, por eso son tan fuertes… Raqqa será siempre su territorio. Por eso no había nadie que pudiera protegerme”, continúa Rami mientras caminamos exhaustos por una polvorienta carretera local.

Muchos de nosotros estamos totalmente exhaustos. Hemos estado viajando durante semanas, algunos durante meses. / Foto: Jure Eržen.
“Muchos de nosotros estamos totalmente exhaustos. Hemos estado viajando durante semanas, algunos durante meses”, cuenta uno de los refugiados. / Foto: Jure Eržen.
Su primer destino fue Turquía, donde tuvo que quedarse más tiempo del que en principio había planeado porque le robaron en Estambul. Le llevó mucho tiempo ganar el suficiente dinero para seguir con su ruta. Tan pronto como pudo, salió hacia la costa turca. Mientras tanto, se enteró de que mataron a su padre y de que su hermano, que también había rechazado unirse a Estado Islámico, fue herido gravemente mientras luchaba contra las fuerzas del Gobierno sirio.

En el puerto turco de Bodrum, uno de los nodos clave de tráfico de personas en la región, Rami conoció a los otros miembros del grupo con el que viaja. Hace dos meses de eso. Desde entonces, nunca se han separado.

Mientras caminamos, Ali, de 28 años, se suma a nuestra conversación. Es ingeniero civil y viene de Azaz, un pueblo cercano a la frontera entre Siria y Turquía que ha visto arduos conflictos entre varios grupos insurgentes después de que las bombas del Gobierno lo arrasaran casi por completo. “En Turquía, los traficantes nos robaron en dos ocasiones, y también tuvimos muchos problemas con la Policía”, cuenta. “Viajamos a la isla griega de Kos en un bote inflable. Era un barco muy pequeño, pero de alguna forma conseguimos que todos los que veis aquí entraran. Parece increíble que sobreviviéramos. Al menos la mitad de estas personas no saben nadar. Si el barco hubiera volcado, todos habríamos muerto. ¡Era horrible, simplemente horrible!”, continúa.

Una odisea moderna

Después de llegar a Kos, donde el reciente aumento de las llegadas de refugiados ha sumido a la sociedad en un estado de caos, el grupo de sirios cogió un ferry a Atenas. Cada día, cientos de refugiados e inmigrantes llegan a la capital griega. Las autoridades del país, enredadas en innumerables frentes interiores y exteriores, prácticamente han dejado de enfrentarse al problema. Su solución es simplemente dejar la puerta bien abierta. No fue una sorpresa que los refugiados pronto se dirigiesen a las fronteras con Macedonia y Bulgaria. Ha empezado a ganar protagonismo una nueva ruta hacia la Unión Europea, desde Macedonia hasta Hungría pasando por Serbia.

Hace tres semanas, Hungría comenzó a construir un muro de 175 kilómetros de longitud. Su objetivo es básicamente poner una barrera a la afluencia de refugiados e inmigrantes. Hasta el momento, los húngaros no han tenido mucho éxito. En los días que estamos pasando a ambos lados de la frontera, vemos que ocurre más bien lo contrario. El inicio del proyecto de megaconstrucción solo sirvió para acelerar el flujo migratorio. Especialmente en Macedonia y Serbia, donde las autoridades comprenden muy bien lo que puede implicar el levantamiento de un muro como ese.

Más que un obstáculo real para la llegada de refugiados, el muro es una clara declaración de intenciones del Gobierno de Orban.

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“Hicimos a pie buena parte de nuestra travesía por Grecia y Macedonia. Fue horrible: hacía calor y teníamos tanta hambre y sed… La gente de allí se desentendía de nosotros”, me cuenta Ali. “En algún lugar de Macedonia, donde la Policía nos solía tratar bastante mal, nos hacinaron en unos autobuses que nos llevaron a la frontera con Serbia. Toda la región estaba llena de refugiados. Después caminamos durante unos días más, hasta que nos metieron en otro bus y nos llevaron a Belgrado. Nos quedamos allí tres días. Dormimos todos en el parque. Belgrado también está lleno de refugiados. Pero en realidad eso era bueno para nosotros, porque conseguimos toda la información que necesitábamos sobre cómo cruzar la frontera húngara con seguridad”, relata Ali con tranquilidad, como si estuviera describiendo un bonito paisaje marítimo.

En los últimos meses Serbia se ha convertido en otra parada en el camino de una tragedia humana, uno de los principales problemas humanitarios del siglo XXI. / Foto: Jure Eržen.
En los últimos meses Serbia se ha convertido en otra parada en el camino de una tragedia humana, uno de los principales problemas humanitarios del siglo XXI. / Foto: Foto: Jure Eržen.
En Belgrado, el grupo de refugiados se enteró de que hay varias maneras viables de llegar a Hungría. La primera opción es lo que llaman la travesía ‘sin ayuda’: viajar solos. La ruta está definida con claridad y hay un montón de información útil sobre cómo maximizar las oportunidades… Pero, como la situación en la frontera es tan impredecible, se considera la opción más arriesgada.

La alternativa es confiar tu destino a los profesionales, los traficantes de personas que organizan el viaje de las ciudades del norte de Vojvodina (como Subotica, Kanjiža y Horgoš) a Hungría y, después, hasta Austria y Alemania. Se puede incluso coger un taxi desde la frontera con Hungría directamente a Viena, que, según nuestras fuentes, costaría 400 euros. El paquete completo para llegar desde Serbia hasta Austria cuesta en torno a 1.500 euros.

Para los refugiados sirios, el coste de todas las opciones disponibles es aproximadamente el triple que para el resto. Los traficantes los consideran mucho más ricos que, por ejemplo, a los afganos. Para entender realmente su situación, hay que tener en cuenta que están siempre corriendo un gran riesgo de ser arrestados y que muchos han gastado ya la mayor parte de sus ahorros para llegar a Serbia. Buena parte de ellos han sido asaltados por delincuentes locales, por otros refugiados o incluso por la Policía. Por desgracia, no parece haber mucha solidaridad entre unos refugiados y otros, entre los sirios y los afganos, por ejemplo. Más bien lo contrario.

En Serbia, y en toda la zona, el sector del tráfico de personas ha supuesto un boom para la economía local. La infraestructura básica es simple, los beneficios son enormes y el riesgo es casi inexistente. Especialmente si los traficantes han hecho antes sus deberes y han efectuado las correspondientes gestiones con la Policía y las autoridades, que apoyan abiertamente la idea de que los refugiados crucen y salgan de Serbia lo más pronto posible.

Una vez que sales al terreno y ves cómo funcionan las cosas, difícilmente podría ser más obvio hacia dónde sopla el viento.

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