«Nosotros no volvemos atrás»
Los inmigrantes acampados en la ciudad italiana de Ventimiglia se aferran a su sueño europeo
El Mundo, , 21-06-2015Sólo pocos metros les separan de
su sueño pero parece una distancia
inalcanzable. Vienen de Eritrea, Somalia,
Afganistán, Etiopía, Sudán…
Y después de cruzar el desierto
africano, permanecer encerrados
en cárceles libias, o jugarse la vida
atravesando el Mar Mediterráneo
se encuentran con la decisión de
las autoridades francesas de cerrar
su frontera con Italia para impedir
la entrada de inmigrantes sin permiso
para circular por Europa.
Ventimiglia, la localidad italiana
en la frontera con Francia que debía
ser sólo una ciudad de paso, se
ha convertido para muchos en el kilómetro
cero de su viaje. Salma no
tiene papeles, pero quiere llegar a
Noruega. Con ella viajan su madre
Njad y sus cuatro hermanos, el más
pequeño de 11 años. La primera
vez que EL MUNDO habló con ella
fue en la estación de trenes de Milán,
y entonces nos contó su deseo
de viajar hasta el norte de Europa.
La encontramos de nuevo 10 días
después. Nada ha cambiado.
«Hace unos días dos de mis hermanos
y yo cogimos un tren y conseguimos
llegar a Niza, pero, una
vez allí, la policía francesa nos detuvo
y nos devolvió a Italia», dice con
resignación. Njad, Salma y sus cuatro
hermanos llegaron a Lampedusa
desde Darfur hace un mes. En la Estación
Central de Milán vivieron una
semana hasta que llegaron a Ventimiglia
vía Turín. «Llevamos nueve
días aquí», dice. «Queremos ir a Noruega,
pero no sabemos cómo».
Como Salma, Yousaf y su amigo
Tabin Khan llegaron hace 10 días a
Ventimiglia después de un largo
viaje: Afganistán, Irán, Turquía,
Bulgaria… Con apenas 15 años, sólo
poseen una pequeña bolsa de
plástico con un par de camisetas y
un sueño: llegar a París. «No conocemos
a nadie allí», cuentan. «Yo
estoy solo. No tengo familia en Afganistán
ni tampoco en Francia,
pero no quiero quedarme en Italia
porque aquí no hay trabajo», dice
convencido Yousaf.
Más de 400 personas duermen
cada noche en la estación de ferrocarril
de Ventimiglia. Otras 170 lo
hacen acampados sobre las rocas
del puente de San Luis, a escasos
metros de la frontera francesa. Pero
todos los días llegan nuevos trenes.
Lo difícil no es encontrar un
puesto digno donde meterlos a todos.
Lo más complicado es convencerlos
para que se dejen visitar por
un médico. «Muchos creen que si
van a uno de nuestros médicos les
vamos a tomar las huellas dactilares
y entonces ya no podrán salir
de Italia», asegura Alessandra, coordinadora
de Cruz Roja.
En el Puente de San Luis todos
conocen a Brigitte, una profesora jubilada
de Menton que cada día se
acerca hasta las rocas para traer tabaco.
Hoy ha regalado un teléfono
móvil que ya no usaba a Mustafá, un
sudanés de 20 años que sueña con
viajar a Reino Unido para aprender
inglés. «Cuando lo aprenda bien podré
trabajar. Y haré business», dice
riendo delante de una pancarta que
es una declaración de intenciones:
«Nosotros no volvemos atrás».
Frente a quienes tratan de hacer
negocio de la desgracia ofreciendo
a los inmigrantes un pasaje en coche
a cambio de 50 euros, están
quienes se solidarizan. Cientos de
personas llegadas de toda Italia se
manifestaron ayer en Ventimiglia
para denunciar la situación de los
inmigrantes mientras otro pequeño
grupo de franceses protestaba
delante de la policía de frontera gala
al grito de Solidarité!
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