¿Deberíamos llamar a Dylann S. Roof terrorista?
La matanza de Charleston se ajusta bastante a los criterios del atentado
El Mundo, , 21-06-2015Extremista, terrorista, asesino, lunático,
racista violento… ¿Cómo debemos
llamar a Dylann Storm Roof,
de 21 años, el autor de la matanza
de Charleston (Carolina del Sur)?
«Esto es un ataque terrorista»,
afirmó sin vacilar el jueves, en su
Daily Show, Jon Stewart, uno de
los presentadores más populares
de la televisión estadounidense.
«Al Qaeda o el IS [Estado Islámico]
no son nada comparados
con el daño que podemos hacernos
nosotros mismos», añadió.
«Invadimos dos países, gastamos
trillones de dólares y perdimos
miles de vidas estadounidenses.
Ahora volamos máquinas de matar
sin tripulación sobre seis países
diferentes para mantener la
seguridad de los americanos…
¿Qué van a hacer con nueve personas
muertas en una iglesia de
negros, asesinadas por un chico
blanco que los odiaba y quería
empezar una guerra civil?».
Acto terrorista o, como dijo el
presidente de EEUU, Barack Obama,
en su primera reacción, «violencia
masiva contra inocentes
por la facilidad de acceso a armas
de fuego, algo que no sucede con
tanta frecuencia en ningún país
avanzado», es evidente que no
existe acuerdo para describirlo
con precisión, ni consenso para
calificarlo de terrorismo.
Para Max Abrahms, profesor de
la Universidad de Northeastern y
especialista en terrorismo, no hay
duda. «Me parece correcto calificarlo
de terrorista», explica en Foreign
Policy. «Porque, cuanto más
escarbamos en la biografía de
Dylann Roof, más claro está que
actuó de forma premeditada y por
motivos políticos».
Si aceptamos la definición de
acto terrorista como «la acción
violenta de un actor (estatal o no
estatal debería dar igual, aunque
en este punto los politólogos difieran)
contra objetivos civiles por
motivos políticos», la matanza de
Charleston se ajusta bastante a los
criterios del atentado terrorista.
La iglesia –símbolo de la resistencia
negra a la opresión de los
blancos y lugar de oración–
era, sin duda, un
objetivo civil. Roof no actuaba
en nombre de ningún Estado,
aunque esto, como he indicado,
debería dar igual. Hay pruebas
más que suficientes de que,
con su acción, pretendía cumplir
el sueño del movimiento a favor
de la supremacía blanca.
Esperó una hora sentado antes
de ponerse en pie y, tras acusar a
los presentes en un debate sobre
la biblia de «violar a nuestras mujeres
» y de «querer adueñarse de
nuestro país», abrió fuego con un
arma que se compró en una tienda
de la ciudad. Como prueba clara
de su búsqueda de publicidad,
dejó con vida a una mujer para
que pudiera explicar lo sucedido.
Da igual cómo lo llamemos. Lo
que no tiene sentido es calificar de
terroristas actos similares cometido
por musulmanes y no hacerlo cuando
los cometen cristianos o, simplemente,
blancos contra negros. El terrorismo
ha estado en la agenda internacional
desde el año 1934. La
convención aprobada finalmente
por la Liga de Naciones en 1937
nunca entró en vigor. Desde 1963,
Naciones Unidas ha aprobado un
total de 14 convenios o acuerdos internacionales
y cuatro enmiendas a
dichos textos contra el terrorismo,
pero todos los esfuerzos de la sexta
comisión de la Asamblea
General para elaborar la
Convención Universal definitiva
y consensuar una definición
han fracasado.
Todos ellos han chocado con la
misma muralla: el desacuerdo
sobre quién es terrorista y qué es
un acto terrorista.
Si se pasa por el filtro de esta
comisión el nuevo informe del Departamento
de Estado de EEUU
sobre terrorismo en el mundo, publicado
el viernes pasado, muchos
de los casi 33.000 muertos en atentados
en 2014 (un 80% más que el
año anterior) habrían sido víctimas
de guerra y no de atentados terroristas.
Para los asesinos, sin duda.
Por razones parecidas, Roof y
quienes le han metido en la cabeza
el veneno del racismo, como
tantos yihadistas atrapados en
las redes de Al Qaeda, el Estado
Islámico o sus imitadores, se
consideran héroes y mártires.
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