Persecución a los subsaharianos en Tánger

Marruecos desaloja a centenares de inmigrantes atraídos por la posibilidad de entrar en España

El Mundo, REBECA HORTIGÜELA TÁNGER ESPECIAL PARA EL MUNDO, 23-07-2015

Google, así llama el resto de inmigrantes subsaharianos a un camerunés que lee antes de dormir en los bosques de las afueras de Tánger, próximos a Boukhalef, el barrio que habitaban antes de que la policía les echara de sus casas. «Lo sabe todo», dicen. Y, ciertamente, es así. Cualquier cosa que le preguntan sobre personajes históricos, lugares recónditos, fechas de guerras y revoluciones africanas y europeas, a todo, sabe responder con exactitud. Sin embargo, el martes no conocía donde iba a pasar la noche. Las autoridades marroquíes desalojaron, a las seis de la tarde, los bosques que estos inmigrantes improvisaron cuando la policía les echó de sus casa en el barrio de Boukhalef hace 20 días.

Antes de caer la noche, cogieron algunos de los colchones y mantas que estos caminantes de miles de caminos tenían por allí y se lo llevaron. «No pudimos hacer nada», dice Malick, que vivía en Boukhalef con Mamadou Kone, el joven de 28 años de Costa de Marfil, muerto en las redadas policiales que desalojaron a 400 subsaharianos hace tres semanas.

Los inmigrantes, por su parte, también cogieron todo lo que tenían a la vista para intentar salvarlo, se refugiaron donde pudieron durante las horas en las que «la policía estaba más tensa» y volvieron cuando la noche se les echó encima para poder dormir. Aunque creen que será cuestión de tiempo que las autoridades vuelvan a aparecer por allí.

EL MUNDO pudo constatar la diferencia. Antes de que la policía llegara, decenas y decenas de colchones en fila, colocados con orden y mimo, aparecían bajo la sombra de unos pinos. Por cada esterilla, de 70 centímetros de ancho, duermen dos. Pero cada uno tiene su propio sitio preestablecido y su hatillo a la cabeza del colchón.

Tienen que aprovechar la poca sombra que hay en la explanada. En cada grupito de pinos se juntan, a modo de gueto, los de un mismo país. Aunque siempre hay excepciones. Las pocas mujeres que viven en los bosques cocinan con una bombona que «es de todos» y, a cambio, ellos bajan a llenar las garrafas de cinco litros al pozo situado a la entrada del bosque y a comprar comida a Boukhalef.

Después de la redada de la policía, sólo algunos jerseys y algunas mantas quedaban tiradas por allí. Lo que en su momento tenía cierto orden y concierto, quedó desvalijado por el paso de las autoridades y la rapidez de estos inmigrantes clandestinos, que se han acostumbrado a vivir huyendo, a respirar escondiéndose de la autoridad policial por un lado y del racismo marroquí por otro. Poco antes de que el sol se pusiese por el Estrecho –esos 14 kilómetros que día y noche sueñan con cruzar–, volvieron a los bosques, con menos mantas y menos esterillas, pero con las mismas ganas de llegar a Europa.

El Grupo de Acompañamiento y Defensa de Migrantes y Extranjeros (Gadem), estima que son 400 los que viven en los campamentos, pero los propios inmigrantes calculan que son bastantes más. «Ni siquiera nosotros conocemos cuántos estamos por aquí. Cada día, aparecen caras nuevas que no habías visto antes. El bosque es grande y nos agrupamos en diferentes partes», cuenta Google.

A 10 kilómetros de los bosques, en la medina de Tánger, centenares de inmigrantes buscan pensiones donde pasar la noche. «Está todo completo», dice un marroquí a una mujer embarazada de ocho meses desde la recepción de la pensión Sace. Corre el rumor de que se abrirán las fronteras con España, de que Marruecos hará la vista gorda –como ya hizo en agosto del año pasado pasado durante 48 horas– e inmigrantes de todas partes llegan a Tánger. La mayoría de los riad –construcción típica marroquí– de la medina están al completo. Pagan 30 dirhams –tres euros– por un colchón en el que dormir en habitaciones conjuntas o en las zonas comunes.

«¿Y si abren las fronteras y no estamos aquí como el año pasado?», se pregunta Jeremy, una mujer que vive en Casablanca, pero se ha movido a esta pensión de Tánger por si acaso. Sin embargo, los más experimentados desconfían del rumor. Aquéllos que llevan más de cinco años en Marruecos, como Ibrahim, un treintañero de Ghana, o Moussa, de Níger, no esperan que esto ocurra. Ni quieren esperarlo. «¿Para qué hacerse ilusiones?», dicen.

La Delegación de Migraciones, situada en la catedral, que depende del arzobispado de Tánger, ha dado cobijo a varios inmigrantes. Y no dan abasto. Cada mañana, tienen más de 30 visitas que atender. Cuando desalojaron Boukhalef, 200 inmigrantes acudieron desesperados a la Iglesia, donde les dejaron pasar la noche.

En el restaurante de Kebe, un senegalés de 30 años que ya lleva siete en Marruecos, da igual que tengas casa o no. Todos son iguales y todos pueden disfrutar de un plato de arroz senegalés con carne o pescado. Comida no le falta a nadie, aunque tengan que sentarse por turnos.

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