¿Reír con Coixet?

Canarias 7, Carmen Delia Aranda , 08-07-2015

Con el paso de los años aparecen las canas y se aprenden un par de cosas muy útiles. Una de ellas es que el arte más admirable es el de la bondad.



No se crean que abunda. Al contrario, está mal visto. En general, la sociedad aplaude mucho más al caradura que se aprovecha de la gente de bien y al trepa que escala peldaños pisando cabezas o adulando a los que les son útiles para sus objetivos. La vida buena es cosa de tontos y la buena vida de exitosos sin escrúpulos. Ante este panorama, no es fácil encontrar a personas que tengan principios y actúen en consecuencia.  Pero, cuando eso ocurre, la fe en la naturaleza humana y el optimismo reaparecen.



Eso es lo que ha contado Isabel Coixet en Aprendiendo a conducir, su primera e insospechada comedia.
La realizadora, experta en tramar dramones capaces de hacer naufragar las lentillas en un océano de lágrimas (Elegy, Mapa de los sonidos de Tokio, La vida secreta de las palabras o Mi vida sin mí), desembarca en los cines españoles con una tragicomedia brillante y realista, en la que presenta una imagen de Nueva York que intercala escenarios urbanos conocidos con otros más exóticos por ignotos.



Por supuesto la película arranca con la especialidad de la cineasta española: la tragedia. Wendy – a la que da vida Patricia Clarkson – queda desolada cuando su marido, de golpe y porrazo, pone fin a su matrimonio para irse con otra más joven.



La mujer, una crítica literaria y adinerada, ve cómo su mundo se desmorona, al tiempo que comienza un nuevo proyecto: aprender a conducir para prescindir del que hasta ahora había sido su marido – chófer.



Su profesor es Darwan – al que da vida Ben Kingsley – , un  refugiado político hindú de la casta sij que la ayuda a echar el freno, mirar a su entorno y tomar el volante de su vida para enfilarla hacia la vida buena.
El buen trabajo actoral de la pareja protagonista insufla frescura a una película donde se abordan otras cuestiones como la inmigración ilegal, la xenofobia o las diferencias culturales entre oriente y occidente.



Y sí, sorprendentemente, Coixet consigue arrancar alguna carcajada en las escenas más impensables. Pero, sobre todo, logra contagiar al público de un optimismo realista fraguado en los dramas cotidianos que suceden en lo más recóndito de nosotros mismos; nuestra identidad.



Porque, a pesar de que la rapidez de la vida moderna nos envuelva con luces de neón y atractivas fachadas que nos empujen a avanzar sin poner indicadores y sin responsabilizarnos del efecto que causen nuestras maniobras en nuestra egoísta carrera, al final, somos lo que hacemos.

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