Holocausto en Birmania

Hablamos con los rohinya, protagonistas de la mayor crisis micratoria de Asia. Se sienten víctimas de un genocidio similar al judío. 140.000 viven hacinados en campos de concentración

Las Provincias, zigor aldama, 19-06-2015

Detener el genocidio que sufre la etnia rohingya no es tan difícil como salvar a los judíos del holocausto, pero la comunidad internacional apenas se moviliza con ese fin a pesar de que reconoce la magnitud de la tragedia a la que nos ha condenado su pasividad. Me temo que el mundo solo actúe cuando ya se haya exterminado a la mitad de nuestra población". U Kyaw Min está tan furioso como descorazonado. Preside el Partido por la Democracia y los Derechos Humanos y es uno de los pocos activistas políticos rohingya de Myanmar – antes Birmania – , donde se estima que viven 1,3 millones de personas de esta etnia de mayoría musulmana. «Lo que está sucediendo ahora con los buques que van a la deriva con miles de rohingya desesperados es parte de la estrategia de limpieza étnica del gobierno birmano. Con sus políticas represivas, que incluyen la negación de la nacionalidad, la restricción de movimientos y de posesiones, e incluso un control forzoso de la natalidad, ha conseguido que la gente muera de hambre y tema las torturas y la persecución a la que está sometida. Así que muchos prefieren correr el riesgo de morir en alta mar antes que seguir sufriendo en su propia tierra».

Min sabe de qué habla. Participó con la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi en el movimiento democrático de 1988, que fue brutalmente reprimido por el Ejército, y fue uno de los diputados electos en los comicios de 1990, que ganó Suu Kyi pero cuyo resultado los militares no aceptaron. Más tarde, la Junta Militar lo sentenció a 47 años de cárcel por continuar con su activismo. Pasó siete años entre rejas junto a su mujer y sus tres hijos hasta que fue puesto en libertad en 2012 dentro del proceso de democratización que debería concluir a finales de este año con las primeras elecciones libres desde aquellas a las que él se presentó. «Cuando recobré mi libertad no dudé ni un momento en volver a la política para defender los derechos de los rohingya, e incluso mi hija mayor dirige una asociación para las mujeres de nuestra etnia».

Sin embargo, el Gobierno ni siquiera utiliza la palabra rohingya para referirse a ellos. No reconoce su existencia. Para los dirigentes birmanos son meros inmigrantes ilegales procedentes de Bangladesh, una idea que comparte hasta el propio partido de Suu Kyi, la Liga Nacional por la Democracia. Min, sin embargo, lo refuta con numerosos documentos históricos. «El actual estado de Rakhine – donde se concentra la mayoría de la población rohingya – está en la frontera con lo que antes fue India, un país al que ese territorio perteneció hasta el año 785. Así que, obviamente, compartimos rasgos con los bengalíes. Luego llegaron los británicos, pero ya mencionaron a los rohingya en el primer censo que llevaron a cabo, en 1826, así que se demuestra que estábamos aquí antes de la colonización. Finalmente, con la independencia, Rakhine pasó a formar parte de Birmania en 1948», explica Min. «Ahora el Gobierno hace creer a la gente que nosotros somos los indios que llegaron con los colonizadores europeos, pero no es cierto. De hecho, en la Asamblea Constitucional de 1947 que lideró Aung San había cuatro representantes rohingya, y entonces solo se aceptaba a nativos. Es más, luego incluso pudimos votar en tres ocasiones y disfrutar de los mismos derechos que cualquier otro ciudadano».

Abu Tahay, presidente del Partido para el Desarrollo de las Naciones de la Unión (UNDP), explica que el problema comenzó con el despótico general Ne Win. «Fue él quien, a partir de 1962, comenzó a discriminar a los rohingya. En 1978 su ‘Operación Dragón’ hizo que unos 300.000 tuviesen que escapar a Bangladesh por la brutalidad con la que estaban siendo tratados. La comunidad internacional presionó para que fuesen readmitidos, pero en 1982 ideó la nueva ley de la nacionalidad que se aprobó sin que nadie la votase». Esta normativa, que continúa vigente hoy, reconoce el derecho a la nacionalidad de tres tipos de ciudadanos. Pero no a los miembros de esta etnia, que antes sí tenían el carné de identidad como cualquier otro nacional.

«Dicen que la única solución es echarnos del país», denuncia Tahay. «Como eso no pueden hacerlo porque Bangladesh no nos aceptaría, nos dan dos opciones: que reconozcamos ser bengalíes ilegales y solicitemos una residencia permanente, o que continuemos como apátridas». Así, no es de extrañar que Naciones Unidas considere a los rohingya una de las etnias más perseguidas del mundo, hecho que las mafias internacionales de tráfico de personas aprovechan para comerciar con ellos: con la promesa de facilitarles escapar a Malasia o Indonesia los convencen de que se embarquen, y luego los retienen en campamentos secretos en las junglas de Tailandia hasta que reúnen los 2.000 euros que suelen pedir por su liberación.

Pequeños gestos

La aparición estas semanas de casi 150 tumbas en esos campos, así como la historia de mujeres que fueron violadas en repetidas ocasiones hasta quedar embarazadas, ha puesto los pelos de punta en todo el mundo. Sin embargo, Myanmar niega una y otra vez que sea culpa suya.

Min reincide: «¿Cómo vamos a decir que somos bengalíes cuando nuestros tatarabuelos nacieron en este país?», exclama. «La crisis actual solo se solucionará cuando Myanmar nos reconozca como ciudadanos de pleno derecho. El hecho de que Malasia e Indonesia hayan decidido acoger temporalmente a 7.000 de los rohingya que vagan por el mar es un buen primer paso, pero se trata de un parche. Se les tiene que repatriar a Myanmar con la promesa de que se les ofrecerá seguridad y una vida fuera de los campos de concentración que se han establecido en Rakhine – donde unos 140.000 viven hacinados sin lo básico – . El problema es que el odio está ya muy arraigado porque desde los incidentes de 2012, cuando murieron más de 200 personas, se están utilizando mentiras para convertirnos en violadores y ladrones».

No en vano, ni siquiera los activistas prodemocracia budistas o cristianos preguntados por este periódico reconocen la existencia de los rohingya, a los que califican siempre como inmigrantes bengalíes. «En Estados Unidos nació el Ku Klux Klan; en Myanmar tenemos el 969 y su ideología está mucho más extendida», comenta Myo Win, activista musulmán pero no de etnia rohingya, en referencia al movimiento que lideran monjes budistas como Ashin Wirathu, que se autoproclamó ‘el Bin Laden birmano’. Él aboga por la prohibición de los matrimonios interreligiosos y por la segregación total de quienes profesen el Islam. Asegura estar contra la violencia, pero su discurso echa leña a un fuego que ha dejado más de 300 muertos desde 2012.

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