La última frontera a Europa
El cierre del puesto fronterizo con Ventimiglia enfrenta a Italia y Francia Nadie quiere hacerse cargo de los migrantes que intentan cruzar
El Mundo, , 17-06-2015En Ventimiglia, la última ciudad italiana antes de llegar a Francia, no hay vallas con cuchillas, ni un peligroso mar que se trague cada año miles de inmigrantes. Es una frontera europea, abierta, casi invisible. Al menos en teoría, porque en realidad, estos escasos cinco kilómetros que separan ambos países se han convertido en los últimos días en un muro infranqueable para cientos de inmigrantes irregulares, y en motivo de disputa entre París y Roma. Francia cerró la frontera hace varios días para impedirles el paso. Sólo en las últimas horas, cerca de 1.000 personas que habían alcanzado territorio francés, fueron devueltas de nuevo a Italia. Pero los inmigrantes no se rinden.
Más de 200 personas pasaron la última noche en la estación de fecorrariles de Ventimiglia. Otros tantos llevan apostados varios días junto al mar, sobre las rocas, y amenazan con lanzarse al agua si no consiguen pronto llegar a su destino. Las autoridades italianas intentaron desalojar ayer sin éxito el centenar de personas que habían acampado cerca del llamado puente de San Ludovico, a orillas del mar y escasos metros de la frontera gala.
Se vivieron momentos de tensión que acabaron con al menos dos policías heridos y una decena de inmigrantes huidos. Algunos se agarraban con todas sus fuerzas a las señales de tráfico, mientras agentes de la policia italiana tiraban de ellos. Otros, trataban de esconderse en lugares tan insospechados como detrás de la puerta de un autobús para evitar subir al vehículo de la Cruz Roja, que les llevaba de nuevo a la estación de trenes de Ventimiglia. Una veintena continúa todavía refugiada bajo el puente. La mayoría procede de Eritrea, Somalia y Etiopía, y no tiene más de 25 años. También hay mujeres y niños.
«Las escenas de Ventimiglia son un puñetazo en la cara de Europa y la prueba que los inmigrantes no vienen a Italia para quedarse en Italia, sino para ir a Europa», dijo ayer el ministro de Interior italiano, Angelino Alfano, a su llegada al Consejo de la Unión Europea. Al otro lado de la frontera la situación no es mucho mejor. En Mentone las autoridades francesas han desplegado un dispositivo especial para llevar a cabo controles más férreos e impedir el tránsito de los inmigrantes: quien no tiene papeles, no pasa.
Decenas de personas se acercan cada día hasta la estación y a las plazas de alrededor, donde se concentral los inmigrantes, para llevarles comida, ropa e incluso paraguas con los que protegerse del sol. Los ciudadanos de Ventimiglia, una población de poco más de 24.700 habitantes, están demostrando más solidaridad que los políticos del país vecino.
«Nosotros nos ocupamos de procurarles un plato de comida caliente, agua, ropa o incluso simplemente escucharles, si hace falta, pero no tenemos estructuras habilitadas para acogerles», asegura el director de Cáritas de Ventimiglia-San Remo, Maurizio Marmo. «La situación está bajo control», insiste desde Cruz Roja Fiammetta Cogliolo. La organización ha instalado un ambulatorio sanitario cerca de la estación para atender la emergencia.
No es la primera vez que esta ciudad fronteriza vive una situación similar. En el verano del 2011, con la explosión de las primaveras árabes, cientos de inmigrantes llegaron hasta aquí, sobre todo procedentes de Túnez. Entonces, el gobierno de Nicolás Sarkozy decidió también cerrar las fronteras y el italiano, al frente del cual estaba Silvio Berlusconi, optó por conceder permisos temporales de residencia a los inmigrantes para que pudieran circular libremente por Europa. La situación podría repetirse ya que el Ejecutivo de Matteo Renzi –que ha tildado a París de «egoísta»– está barajando esta alternativa. Otra opción, según apuntan fuentes italianas, sería obtener una derogación temporal del Tratado de Dublín, que obliga al inmigrante irregular a pedir asilo político en el primer país por el que acceda a Europa.
«La situación ahora es mucho peor», reconoce el director de Cáritas. «Hace cuatro años se abrió un centro temporal de acogida pero hoy, desgraciadamente, no se ha llegado a una solución de este tipo», lamenta Marmo. El alcalde de la ciudad, Enrico Ioculano, pidió ayer ayuda a la región de Ligura para hacer frente a la emergencia pero el gobernador, Giovanni Toti, de la Liga Norte, respondió con un «no» rotundo a participar en una intervención humanitaria o a acoger inmigrantes.
A pesar de las dificultades, algunos inmigrantes han conseguido en los últimos días cruzar la frontera a través de las montañas o eligiendo rutas alternativas, como intentar llegar a Lyon desde Turín. «Si están pasando la frontera hacen bien», asegura Ioculano. «Si yo supiera qué otros caminos hay, se los sugeriría».
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