"Cuando llegué, era como un extraterrestre en Bilbao"
Hostelero cubano En 1985 "aquí había muy pocos extranjeros y morenos", comenta Pablo Fernández Reyes. Era una época convulsa, "venía de un país con un único partido y encontré un montón
El Correo, , 08-06-2015Un día, Pablo Fernández Reyes se marchó de La Habana para radicarse en Bilbao. Treinta años después, siente que la cultura vasca y no sólo la lluvia ha calado en él y que Euskadi ha moldeado su carácter. «Cuando vine aquí, yo era un extraterrestre», dice entre risas, acordándose de los primeros tiempos. «En 1985 había muy poquitos extranjeros, y morenos, casi ninguno. Yo tenía 23 años y, como practicaba deporte, era judoka, estaba fuertecillo, majo, de buen ver. Llegué en invierno y aquí estaba todo el mundo más blanco que la leche. ¡Se me quedaban mirando como si hubiera venido de otro planeta!».
Su simpatía y su risa demuestran que el humor es una estupenda herramienta de adaptación, de asimilación de cambios y aprendizaje. Porque la llegada, en sí, fue un poco dura para él. «Era invierno y llovía mucho, casi todos los días. El sirimiri me sorprendió, porque de pronto estaba cayendo durante tres semanas seguidas. Bilbao era distinto, mucho más gris e industrial. Era una época convulsa. Había más partidos políticos que ahora, que han vuelto a aparecer muchísimos, y eso me costaba un montón. Yo venía de un país con un único partido».
AL DETALLE
104.492
cubanos
residen actualmente en España, 3.355 de ellos en el País Vasco.
0,22%
es el porcentaje que representa esta comunidad sobre el total de la población.
Las diferencias eran notables «¡y falta hablar del carácter!», apunta. «La gente aquí es muy seria y formal. Los vascos son reservados al principio; son precavidos. Cuando te conocen, siempre esperan a ver cómo eres, qué quieres, cómo evolucionas. Y no es mala estrategia, ojo, así se evitan muchos problemas. Con el tiempo, uno aprende también y lo incorpora. Uno se amolda al entorno donde vive, se adapta a la sociedad y al estilo de vida… Tanto es así que después, cuando conozco gente nueva, dicen ‘¿y este es cubano? ¡de cubano no tiene nada!’
Para Pablo, la integración es esencial. «Es importante relacionarte con la gente de aquí, conocer la cultura, las costumbres, la manera de pensar. Si no, buscas a las personas de tu propio país y acabas enganchado en ese círculo en el que solo te relacionas con quienes son como tú. Eso es muy triste porque, al final, sigues en Ecuador, en Cuba o en Colombia aunque estés viviendo en Euskadi», reflexiona. No obstante, agrega un matiz: «No es lo mismo venir solo y sin apoyos que llegar con tu pareja a un entorno familiar que te espera y te ayuda. En ese sentido, yo tuve muchísima suerte», reconoce.
«Acabé aquí por una casualidad de la vida que después se transformó en una historia de amor adelanta. Un día estaba paseando por La Habana y conocí a unas turistas que me preguntaron cómo llegar a un sitio. Les di las indicaciones y seguí mi camino, pero esa tarde me las volví a encontrar. Conversamos, se iban a ir a conocer Varadero, las acompañé al autobús y quedamos para vernos a la vuelta. Así conocí a la mujer con la que después me casé», resume Pablo.
Gimnasio, mojitos y vinilos
Su llegada a Bilbao supuso un cambio de trabajo. «En Cuba yo era judoka. Aquí continué durante un tiempo, pero rápidamente entendí que de eso no podía vivir. El judo es un deporte muy bonito y muy noble, pero minoritario y, a diferencia del fútbol, son contados los casos en los que te da de comer». Ha intentado varias cosas para salir adelante en estos años.
«Tengo un amigo que siempre me dice: ‘Hombre de muchos oficios, pobre seguro’. Y yo siempre le respondo con la frase de un científico francés del siglo XVII que sostenía que más vale saber un poco de casi todo que todo de una sola cosa. En mi opinión, lo universal es mejor porque siempre te da más opciones», sostiene. Durante años fue entrenador y montó un gimnasio pequeñito por su cuenta. «Funcionó hasta que surgieron las grandes franquicias con gimnasios inmensos. Me di cuenta de que no podía competir».
El deporte dio paso a la hostelería, donde trabajó como relaciones públicas, pinchando discos, al frente de un café teatro… Su iniciativa más reciente, «influenciada por el lounge», apunta, es el Mojito Social Club, un local especializado en esta bebida típicamente cubana, pero que ha buscado desmarcarse de la oferta de ocio actual. «Servimos caipiriñas, mojitos, margaritas…, pero no somos un local ‘latino’. De hecho, la música es quizá el elemento que más nos distingue. Me gusta mucho el latin jazz y tengo un punto nostálgico, porque muchas veces pongo a Nat King Cole en vinilo. A mi padre le encantaba y me lo hacía escuchar de pequeño. Hay que buscar siempre la originalidad, especialmente en el trabajo. Si eres uno más, eres uno menos».
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