Baltimore, el polvorín que retrató 'The Wire'

La serie de David Simon recrea un universo de droga, corrupción y violencia en el que el poder político entierra investigaciones policiales y hace enmudecer a la prensa

El Correo, Jorge Barbó, 30-04-2015

En las casas baratas la deslealtad se paga con la vida. Allí, el caballo galopa por el filo de las agujas y los colgados babean, tumbados entre jeringas y orines, después de meterse un pico. Los chavales sólo pisan la escuela los días justos para cobrar las ayudas. No levantan ni medio metro del suelo cuando ya se ponen a trabajar en las esquinas. Han mamado la heroína. Las sirenas derrapando en medio de la noche ya no consiguen sacarles de sus sueños de bajos vuelos. Apenas atinarán a garabatear su nombre en un papel, pero controlan perfectamente a cuánto cotizan las ‘tapas rojas’ y son expertos en colarse por las grietas de la ley cuando los maderos tratan de echarles el guante. Por supuesto, saben quién mueve los hilos de su frágil mundo. Respetan más al Avon Barksdale, al Stringer Bell o al Marlo Stanfield de turno que a los gangsters con corbata y maletín del Ayuntamiento. Y cuando aparece un cadáver en un callejón son conscientes de que podrían ser ellos. No tienen nada que perder porque allá tampoco hay demasiado que ganar. En Baltimore, mañana podría ser el último.

LA SERIE
Baltimore, el polvorín que retrató ‘The Wire’

País y año. Estados Unidos (2002-2008).

CreadorDavid Simon

Temporadas5

RepartoDominic West (Jimmy McNulty), Wendell Pierce (Bunk), Lance Reddick (Cedric Daniels), Michael Kenneth Williams (Omar Little), Sonja Sohn (Kima), Clarke Peters (Lester Freamon), Andre Rojo (Bubbles).

Los graves disturbios que han sacudido la ciudad estadounidense estos días, tras un episodio en el que la brutalidad policial se ha vuelto a poner en el foco, arrastran de nuevo a la actualidad a la serie ‘The Wire’. Si es que alguna vez llegó a perder vigencia. Aquel ‘Way down in the hole’ que, entre otros, aulló el lobo Tom Waits abría cada capítulo de la historia de una gran ciudad en descomposición con la que David Simon quiso desnudar las miserias del sueño americano. Como periodista de sucesos, él se conocía al dedillo las cañerías del poder y estaba más que acostumbrado a chapotear por las cloacas de la descomunal cabeza de turco del estado de Maryland. El resultado fue una impecable ficción envuelta en droga, corrupción y violencia en la que, como una suerte de sheriff con chupa de cuero, un Jimmy McNulty más beodo que sobrio trataba de devolver a un redil sin cercas a unas ovejas siempre descarriadas.

Yonquis, sindicalistas y políticos

En ‘The Wire’, Baltimore bebe en tabernas repletas de estibadores polacos y sindicalistas que juegan a intercambiar sobres y comisiones, soportando a las costillas el peso de contenedores cargados con putas del este. El dinero de la heroína se esconde arrugado en los bolsillos de las chamarras apestosas de los yonquis, se cuenta en la parte de atrás de los clubes de alterne y termina viajando de despacho en despacho dentro de elegantes maletines de piel. Allí, las escuchas policiales ensordecen enterradas en toneladas de informes rellenados por el interés político, Carcetti enarbola sin escrúpulos la bandera del cambio para que nada cambie, los fiambres en cal viva se descomponen en casas abandonadas y los periodistas que se atreven a levantar las alfombras chocan contra ese muro del poder que, aun podrido y lleno de grietas, no se decide a derrumbarse.

Los críos que mueren en un cruce de balas y las señoras que sólo salen de su casa para ir a misa con miedo a no regresar, son sólo daños colaterales de un universo en el que el pistolón de Omar Little impone su ley. Él es el antihéroe de este western, capaz de amar entre sábanas blancas a su negro amante imberbe y a la vez forjar a plomo y pólvora una despiadada leyenda justiciera que hiela la sangre de los narcos de sangre caliente cada vez que deja ver ese rostro marcado por la cicatriz del ojo por ojo. Sí, el fuego de ‘The Wire’ era pura ficción. Pero la mecha de Baltimore es tan real que, una vez prendida, no hay Jimmy McNulty capaz de evitar la explosión.

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