La guerra libia agrava el desastre

Cientos de refugiados y trabajadores ilegales embarcan en pateras sobrecargadas para huir del país

El Mundo, LAURA J. VARO BEIRUT ESPECIAL PARA EL MUNDO, 20-04-2015

Durante décadas, Libia se ha constituido como la puerta de salida hacia la Europa deseada por cientos de miles de emigrantes. La anarquía provocada por la guerra civil entre los dos parlamentos que se disputan el poder y sus alianzas milicianas ha contribuido a convertir el arranque de 2015 en el más mortífero que ha vivido la historia de la inmigración en el Mediterráneo. La ejecución, difundida ayer, de 28 supuestos inmigrantes cristianos etíopes a manos de verdugos del Estado Islámico (IS, en inglés) es otra muestra sangrienta de cómo el conflicto afecta a esa población fantasma, de entre 1,5 y 2 millones y que constituye una fuerza de trabajo imprescindible en un país de poco más de seis millones de habitantes.

La última matanza de cristianos inmigrantes (tras la decapitación en febrero de 20 egipcios) está grabada, presuntamente, en las playas orientales de la provincia de Cirenaica y en el desierto sur de Fezzan, las mismas que cruzan en motos, furgonetas o incluso a pie en algunos tramos quienes llegan desde Etiopía, Eritrea, Mali, Somalia o Nigeria –a través de Sudán y Níger– hasta Sebha, Ajdabiya y Beni Walid, donde operan las redes de traficantes que los lanzan al mar desde Zwara o los alrededores de Trípoli.

El miedo y el descontrol han provocado, como admite Human Rights Watch, que cientos de inmigrantes se arriesguen a embarcarse en pateras sobrecargadas. En otros casos, los inmigrantes son amenazados por las mafias que operan en las costas desprotegidas, donde se han detenido las patrullas marítimas asistidas hasta el año pasado por la Misión de Asistencia Fronteriza de la UE (EUBAM). Los mismos milicianos y guardias que les detienen son sospechosos de dirigir el tráfico humano, según han comentado a EL MUNDO varias fuentes en Trípoli y la costa occidental. En ese panorama se teme que también actúe el IS, haciendo pasar los secuestros por detenciones o, directamente, pagando a otros grupos.

«Sé que puedo morir», afirmaba Tewodros, eritreo de 29 años detenido en diciembre en Misrata, «pero vine porque en Eritrea era soldado». Como preámbulo de ese sino, le quedaron un par de balas engastadas en la pierna de un tiroteo contra el camión en el que viajaba mientras intentaba cruzar la frontera entre Libia y Sudán. Pagó 1.500 dólares por atravesar dos países en un contenedor. Viajar en una patera supone desembolsar entre 2.000 y 7.000, dependiendo de la ruta de origen.

Somalíes, eritreos y sirios son considerados solicitantes de asilo y no pueden ser deportados por la Organización Internacional para la Migración (OIM), que asiste las devoluciones, como sí ocurre con otros miles de africanos. Sólo de enero de 2013 a julio de 2014 eran más de 60.000, según datos del Gobierno de Trípoli.

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