IMMIGRACIÓN. FORZADAS A PROSTITUIRSE O MENDIGAR
UNA VIDA EN EL MONTE CALVARIO
Miles de subsaharianas que intentan llegar a Europa malviven atrapadas en Marruecos
El Mundo, , 06-04-2015Richa, de 28 años, es una de las
miles de mujeres que se quedan
atrapadas en Marruecos. Llegó
en 2009 deseosa de cruzar a Europa,
pero la falta de dinero y
Ela, el bebé de un año que sostiene
en sus brazos mientas
mendiga en Rabat, le hicieron
imposible seguir el
camino. Tardó un año en
llegar a Marruecos desde
Nigeria, el país que tuvo
que abandonar tras la
muerte de sus padres y las
duras condiciones de vida
a las que se enfrentó tras
perder a toda su familia.
En dos ocasiones fue
violada en la frontera con
Argelia. «Da igual que tengas
dinero o no lo tengas,
si eres mujer, te violan, sí
o sí», cuenta Richa a EL
MUNDO desde la calle del
centro de Rabat en la que
mendiga.
Sorprendentemente, la
violencia que soportó su
cuerpo a los 22 años no impidió
que perdiera la ilusión
y la fe en conseguir su
sueño: una vida en el viejo
continente. Pero los seis
años que lleva mendigando
en Marruecos, de 7.00 a
19.00 horas, sí le han robado
de golpe la esperanza
de alcanzar lo que tanto
anhelaba.
Seis años, 12 horas, todos
los días. Menos el viernes,
que a la una del mediodía
deja la mendicidad
para ir a la misa que ofrece
la Iglesia católica de Salé,
ciudad próxima a Rabat en
la que vive porque los alquileres
son más bajos.
Comparte casa con otras
seis personas en su misma
situación. «Así es más fácil
tener algo que llevarse a la
boca», explica.
«Sólo quiero un trabajo para ganar
dinero. Ya me da igual llegar a
Europa o no llegar. Lo que me gustaría
es ganar un poco de dinero
para dejar de mendigar, o para poder
volver a mi país», sigue contando.
Richa tiene la carte de sejour
marroquí. Marruecos se la
concedió en una regularización
masivas de inmigrantes –acaba de
regularizar a 9.000, según datos de
la ONG Gadem–, pero de nada le
sirve. «Que más da que la tenga o
no. No hay trabajo y, si lo hubiera,
nunca sería para mí. Piensan que
estoy enferma y sucia y que les
voy a contagiar cualquier cosa sólo
por el color de mi piel», sigue
explicando en un inglés fluido y
bien pronunciado.
Éste es sólo el testimonio de una
de las mujeres que han puesto su
vida en manos de las dolorosas
fronteras, del desierto, de los interminables
caminos que les traen a
Marruecos, para conseguir una vida
mejor, una vida digna o, simplemente,
una vida.
Según Gadem, una de las asociaciones
marroquíes más activas
en la ayuda a los inmigrantes, estas
mujeres suelen tardar entre
dos y tres años en llegar al destino
desde el que salen de sus países de
origen. Tardan más que los hombres,
cuyos viajes suelen ser de
menos de un año, dependiendo del
país del que vengan.
Ellas emprenden el camino en
soledad, aunque en la parte más
difícil de su peregrinación hacia
el sueño anhelado, el desierto del
Sáhara, se juntan con otros inmigrantes
de su país; son ayudadas
por mafias a las que quedan atadas
de por vida hasta que no devuelvan
el dinero o usan la figura
de los falsos maridos, protectores
con los que tienen que actuar como
perfectas mujeres, dándoles
lo que ellos pidan a cambio de un
poco de ayuda para superar los
contratiempos con los que la travesía
amenaza.
Una vez que alcanzan Marruecos,
las dificultades no disminuyen.
Tienen pocas opciones de encontrar
un trabajo. Muchas se quedan
en las principales ciudades,
como Rabat, Casablanca o Tánger,
ejerciendo la prostitución, mendigando
o trabajando como empleadas
del hogar en condiciones casi
de esclavitud. Es el caso de Rokhaya,
que pensaba que iba a cuidar a
los niños de una familia marroquí
y acabó siendo su esclava. Según
sus palabras, era sometida a constantes
faltas de respeto y humillación.
Otras siguen su ruta al norte
para cruzar a Europa y viven en
mitad del monte.
Según ha podido conocer este
periódico, en los bosques próximos
a Melilla hay un gran número de
mujeres, aunque suelen pasar desapercibidas.
Casi nunca se acercan a
la valla. Ellas prefieren el mar para
cruzar a la tierra prometida.
En el monte Gurugú, el más conocido
por el gran número de personas
que habitaban en él antes de
que fuese desalojado hace dos meses,
sólo había cinco mujeres,
dos de ellas embarazas,
entre 1.200 subsaharianos.
Ellas escogen
los bosques más pequeños,
como el Jeudi Ancien
–en el que habitan 300
personas, 35 de las cuales
son mujeres–; el Bolingo
anglófono –en el que viven
68 mujeres y 13 niños–;
el Bolingo francófono
–en el que hay 200 personas
y un 20% son
mujeres–, o el monte
Joutya –en el que, de 80
personas, 25 son mujeres
y niños–.
«Las mujeres del Bolingo
anglófono y de Jeudi
Ancien son víctimas de
trata y son explotadas sexualmente
(ejerciendo la
prostitución o mediante
violaciones) y laboralmente
(a través de la
mendicidad o labores de
hogar en los campamentos),
pero muy pocas denuncian
por miedo a su
integridad física o a la de
sus familias, o porque tienen
deudas económicas
con los propios traficantes.
El resto de campamentos
probablemente
estén en redes de tráfico,
pero no de trata», cuentan
distintas entidades sociales
de Nador.
La redes de trata comienzan
captando a las
chicas a través de engaños
y falsas promesas de conseguirles
trabajo o papeles
y continúa durante todo el
camino, tanto en los países
de tránsito como en el de
destino. «Estas mujeres de
los montes supuestamente
están en tránsito y son explotadas
sexual y laboralmente.
El control sobre su
vida por parte de los tratantes
es total», denuncian
las ONG.
«Si hubiera sabido que
iba a tener que vivir esta
tortura, jamás hubiera
salido de mi país», lamenta
Richa, la mujer
dulce que juega con su
niño mientras mendiga
12 horas en Rabat para
conseguir tan sólo 50
dirhams [cinco euros] al
día. «A los marroquíes
no les gusta darnos dinero,
piensan que estamos
sucias. Sólo algunas mujeres
que viven en el barrio
y me ven todos los
días se paran a darme algo
», concluye.
Richa, Joys y Susan, las tres
nigerianas, con sus hijos en una calle
del centro de Rabat.
Mendigan por separado y quedan para
volver juntas a sus casas, en ciudades
próximas a la capital marroquí donde
los alquileres son más baratos.
EN EL CAMINO
QUEDAN ATADAS A
LAS MAFIAS PARA
SIEMPRE O TIENEN
QUE DEPENDER DE
‘FALSOS MARIDOS’
LOS MARROQUÍES
NO QUIEREN
CONTRATARLAS
PORQUE NO
LES GUSTA EL
COLOR DE SU PIEL
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