Medio siglo en la maleta
Llegaron en trenes cargados de ilusión con destino a un porvenir que estaba por escribir. Gipuzkoa homenajeó ayer a los inmigrantes provenientes del Estado cuya aportación estos años ha sido capital.
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 29-03-2015vinieron por dos años y ha transcurrido medio siglo. ¿Qué habría sido de Gipuzkoa sin su aportación? La historia de la emigración en los años 50 y 60 es la del andaluz José Pérez, que dejó con ocho años los campos yermos del sur para emprender nueva vida en Lasarte – Oria. También la de Carlos Cardesín, que de la mano de su abuela y su madre Ermitas llegó a Gipuzkoa para instalarse definitivamente en Hernani. “Tenía 17 años cuando me asomé por primera vez a La Concha. ¡Qué impresión! Veníamos de una aldea y todo nos llamaba la atención: la circulación, los coches… Aquello era un mundo nuevo para todos nosotros”, rememora el hombre, 48 años después.
Lo hace sentado en un banco de la Casa de Galicia de Donostia, centro neurálgico de aquellos gallegos que soñaron un mundo mejor y dejaron aldeas, que fueron muriendo poco a poco, a bordo de un tren cargado de ilusión, con destino a un porvenir que estaba por escribir. “El boca a boca funcionaba mucho entre nosotros, y todos llegábamos aquí atraídos por las ofertas de trabajo”, recuerda Cardesín a sus 65 años.
Gipuzkoa no podría entenderse sin la aportación capital de estos trabajadores, cuya adaptación no siempre fue sencilla. La Diputación rindió ayer homenaje a esas personas que tuvieron que hacer frente a duras condiciones de vida. Con su esfuerzo, contribuyeron a levantar ciudades y, en ocasiones, encontraron muros de incomprensión. “En nuestro caso hemos estado mejor mirados”, dice el soriano Félix Del Cura. “Pero aquí se ha oído de todo: insultos, descalificaciones como maquetos o manchurrianos, comentarios despectivos hacia los gallegos, cacereños…”, añade.
De alguna manera, es un capítulo cerrado de la historia reciente, pródigo en episodios conflictivos con gentes que tenían otra lengua, otra cultura y otras costumbres que, a la larga, se han revelado infinitamente enriquecedoras. “Hemos aprendido de aquello y este ejercicio nos servirá para gestionar bien la diversidad de nuestro país y convertirla en factor de cohesión social”, sostiene la Diputación.
El andaluz José Pérez, que llegó al País Vasco hace 48 años dejando atrás su Huelva natal, no guarda un recuerdo negativo de su adaptación a la vida que le reservaba el País Vasco. Tampoco el palentino Fernando Gutiérrez, que emigró en las postrimerías de los años 70. Quizá sea, coinciden los cuatro, porque es más lo que les une que lo que les diferencia. “Dejando a un lado el folklore y todo eso, siempre que me he puesto a hablar de política con cualquiera, me refiero a esas conversaciones sosegadas, cara a cara, al final ha llegado el acuerdo. En mi caso así ha sido. Nuestras conversaciones finalizaban reconociéndonos que teníamos más cosas en común que diferencias, que tanto unos como otros lo único que hacíamos era trabajar. Aquí nadie nos ha regalado nada”.
Cardesín conserva la misma cuadrilla de amigos que hizo en Hernani en 1968. Es un gallego de Hernani, un vasco de Liñares, su aldea natal, de la que puso tierra de por medio siendo un jovenzuelo de 17 años, en la que hoy apenas se levantan ocho casas ocupadas por 25 vecinos. “Allí no había porvenir y llegué aquí sin oficio ni beneficio, con la idea de buscar un empleo en lo que fuese. Nuestro único capital eran las cuatro vacas que habíamos vendido. Cuatro vacas y para de contar”, subraya.
Cuando llegó frecuentaba la Casa de Galicia de Donostia, la misma en la que tiene lugar la charla medio siglo después, referencia obligada de tantos paisanos que, acodados en el ambigú – como se acostumbraba a llamar a la barra del bar – hablaban de sus sueños e ilusiones mientras comían lacón con grelos, pulpo y platos típicos de la variada gastronomía gallega. “Vinimos a trabajar duro y este era nuestro punto de referencia. Se preparaban muchas comidas. El movimiento de gente era incesante. Ahora seremos unos 250 socios, pero en aquella época llegamos a estar 1.700. Todos los días venía el tren cargado con cien personas en busca de trabajo”.
Su madre Ermitas comenzó a ganar el jornal limpiando casas. En mayo del 68 él cobró su primera nómina como oficinista, en un servicio de gestión de multas de tráfico, germen de lo que es hoy la DGT. “Ganaba poquito, pero ahí estuve unos años hasta que saqué las oposiciones”. Entraría poco después en el Banco de Bilbao, donde entregó su vida laboral.
Evitar nuevos éxodos
La efervescencia de aquellos años ha dado paso a un tiempo más convulso e incierto. “Lo que son las cosas. Nos fuimos de Andalucía por falta de oportunidades y ahora hay quien se marcha de Gipuzkoa por el mismo motivo”. El andaluz José Pérez Acosta tuvo que dejar su Huelva natal con ocho años y no quiere que otros jóvenes vivan esa experiencia. “Hay que hacer lo indecible para que no se vaya nadie. Mis padres dejaron Andalucía con la idea de regresar a los dos años y llevan aquí toda la vida”.
Pérez, presidente fundador de la Asociación Semblante Andaluz, no muestra al hablar ese seseo tan característico de sus paisanos. Dice que en su tierra no son de acento marcado, pero es que también han pasado muchos años.
Era un niño cuando se marchó de Encinasola, al norte de Huelva. “En aquella época, las zonas rurales de Andalucía no estaban comunicadas. Si ahora se tarda dos horas en ir desde mi pueblo hasta la capital, antes era una jornada entera. Había que marchar, buscar un porvenir”, narra Pérez, que reside en Lasarte – Oria desde los 21 años.
Es lo que hicieron tantas parejas de jóvenes de recién casados. Apañar aceitunas por temporadas no era un plan de futuro y Madrid y Sevilla acabaron por convertirse en centro de peregrinación. También lo fue el País Vasco, donde recaló la familia del andaluz. “Mis abuelos llevaban tres años en Bilbao y mis padres fueron con ellos”. El viaje fue duro y largo. “Las carreteras no estaban preparadas y tardamos más de un día”.
Aquel chaval, que tiene hoy 56 años, cambió su pueblo blanco de casas de una sola planta por un escenario diametralmente opuesto. “Fue llegar aquí y ver pisos de seis alturas. Tráfico en las calles… fue un cambio notable, aunque siendo un chaval te acostumbras pronto”.
Como tantos paisanos, estudió y peleó por su futuro laboral. “Todos hemos venido del mismo lado de la cuerda. Durante años hemos ayudado a que Gipuzkoa sea lo que es. Las ciudades se levantan con esfuerzo y oportunidades de trabajo, algo que no deberíamos olvidar ahora, con la dichosa crisis que vivimos”.
Así, después de tanto tiempo, se siente andaluz y guipuzcoano, aunque quizá puedan invertirse los términos. “Son dos tierras a las que quiero mucho, no hay por qué fanfarronear por ser de un lugar u otro”. Cuando recibe la visita de algún paisano, acostumbra a llevarlos a Goierri y Leitzaran, donde el verde de los campos perdura y no muere como lo hace en su tierra natal. “Todos los lugares tienen su encanto”, dice el andaluz.
Por casualidades de la vida, Fernando Gutiérrez es un palentino que preside el centro extremeño en Donostia, aunque quizá eso sea lo de menos. Llegó a Gipuzkoa con 18 años, a finales de los 70, un periodo de enorme agitación política. “Cuando me marché en enero de 1979, todo el mundo en Palencia me decía lo mismo: ¿Te vas a ir allí, con todos los follones que hay? Así lo hice. Llegué en la época en la que aparecían tanquetas por las calles cada dos por tres. Pese a todo, jamás tuve percance alguno”.
Estudios de las hijas
Su experiencia migratoria refleja una realidad de ida y vuelta. Después de labrarse un futuro, ganar “un buen sueldo” y formar una familia, con dos hijas de 15 y 25 años, se ha convertido en un desempleado de larga duración, a la espera de cobrar el subsidio de desempleo. “La verdad es que no sé si fue peor la época en la que nos tocó emigrar en su día o la de ahora. Nunca me había faltado el trabajo, pero ahora todo está muy mal”.
Su mujer fue la que prácticamente crió a las hijas. Así ha sido durante largos años, algo que, por azares de la vida, ha cambiado radicalmente. Ahora es ella la que trabaja y la que hace posible pagar los estudios de sus hijas mientras él continúa a la espera de una oportunidad laboral. “El día 28 se me termina el paro. No sé lo que voy a hacer. Lo único que tengo claro que es que les quiero dar unos estudios a mis hijas, eso es lo primero”, defiende este palentino de 54 años.
Tampoco fueron comienzos fáciles los de Félix del Cura (Soria, 1944). Cuando echa la mirada atrás, tiene la sensación de haber vivido intensamente y haber aprovechado el tiempo. “Fueron tiempos duros, de trabajo incesante. Recuerdo algún compañero al que se le murió la madre y ni siquiera le dejaron ausentarse del trabajo”. Vecino del municipio de Liceras, en la falda de un cerro que lo resguarda del norte, del Cura emigró en 1964. “Era una tierra pobre y aquí había mucho trabajo. Nos vinimos con la idea de mejorar y creo que lo hicimos. Después de hacer la mili y de trabajar como fresador, me pasé toda la vida trabajando en Contadores. No fueron comienzos fáciles, pero al menos se podía dejar un trabajo y coger otro. Nos fuimos ganando la vida poco a poco, como tantos otros”.
(Puede haber caducado)