Interior aumentará la presión sobre los clientes
Multa al sexo en el arcén
Prostitutas a cubierto temen que multar a los clientes que soliciten sexo en la carretera perjudique a sus compañeras y piden que se legalice su actividad, mientras un hotelero insta a atajar la trata combatiendo a “las mafias que hay detrás”
Deia, , 15-02-2015TRABAJABA 24 horas al día, de lunes a domingo, por apenas 600 euros. Era poco menos que una esclava, pero no prestaba sus servicios en un prostíbulo, sino en un domicilio, como empleada de hogar. Ahora que, en vez de cuidar a ancianas, practica sexo a cambio de dinero, paradójicamente se siente más libre. “Si un día le pides a tu jefa no venir porque estás enferma, te comprende. Antes me tenían interna día y noche y raro era el domingo que podía salir”. Lo cuenta, desde el piso en el que se prostituye en Bilbao, una veinteañera costarricense que encaja a la perfección con el perfil de las trabajadoras del sexo en Bizkaia, esto es, una mujer joven latinoamericana que ejerce bajo techo y de forma voluntaria, acuciada, en el peor de los casos, por la necesidad.
Con voz dulce, esta profesional, que ofrece servicios desde 25 euros, cuenta que se inició hace un año en el oficio y que sabe por la tele que “muchas de las que trabajan en la calle, sobre todo en Barcelona y Madrid, lo hacen obligadas”, incluso por sus parejas. De hecho, en una ocasión ella misma presenció un caso similar. “Solicitamos una chica y vino con su marido a hacer la entrevista. Fue muy raro, ella no habló y fue él quien explicó los servicios que realizaba su mujer. Eran rumanos”, detalla, y aclara que “cuando vemos situaciones así no aceptamos. Siempre nos aseguramos de que vengan por su propia voluntad y sin intermediarios”. No en todos los locales están tan concienciados y si el puesto de trabajo es un arcén, la falta de control es absoluta. “Estar en el área pública es penoso. Yo creo que muchas de ellas están a la fuerza”, insiste esta mujer.
Precisamente para atajar la trata de seres humanos con fines de explotación sexual el Ministerio de Interior ha anunciado esta semana que aumentará la presión sobre los clientes “hasta hacerla insoportable” y multará a aquellos que soliciten servicios en las carreteras o cerca de colegios y parques. “Para ejercer la prostitución hay sitios un poco más discretos. A mí me parece bien”, señala esta latinoamericana, convencida de que los hombres se propasan más con las mujeres que trabajan al aire libre. “Muchas veces los caballeros son demasiado irrespetuosos, creen que porque son prostitutas y se venden pueden hacer lo que quieran con ellas. Más que todo eso sucede en carretera, donde pueden ultrajar a las chicas, les hacen el servicio y no les pagan. Por lo menos en un piso sabes que la persona que entra te paga”, dice. También se sienten más protegidas. “Estamos varias chicas y nos acompañamos, nos sentimos más seguras. Además, en un piso, como la cosa es más discreta, tampoco al cliente le conviene que se armen desórdenes”, explica y añade que muchas inmigrantes también sufren “abusos” en otro tipo de trabajos, por ejemplo, como empleadas de hogar. “Las maltratan, las gritan, las amenazan con despedirlas porque no tienen papeles, no les hacen contrato ni las quieren empadronar… Algunas prefieren trabajar de esto porque son mejor tratadas que en un sitio normal”, afirma.
Otras se prostituyen en sus horas libres para completar el sueldo o cuando son despedidas, como Natalia, el nombre que escoge para ocultarse una brasileña que trabajaba como camarera. “Llevo cuatro años ejerciendo. Comencé para poder tener un poco más de ingresos y después me quedé en el paro”, afirma al otro lado del hilo telefónico. En su anuncio por palabras se ofrece como Sofía, una ama de casa en paro de 40 años. Nombres y edades bailan en esta profesión lo mismo que sus tarifas. La llamada, de hecho, la atiende otra chica, que dice estar de acuerdo con que “miren si hay trata de blancas” y de la misma le pasa el teléfono a Natalia, como si le quemara. “Yo ejerzo, pero soy mayor de edad, tengo una habitación, pongo mi anuncio… Trabajo porque lo necesito, nada más. Yo nunca ejercería en la calle. Las personas que trabajan en la calle no sé la necesidad que tienen”, dice sin ánimo de juzgar. Aunque no conoce a ninguna mujer que haya sido explotada sexualmente, está convencida de que las hay. “Veo en la televisión las cosas que pasan. Yo jamás pasé por eso, pero hay casos”.
Las autóctonas quieren cotizar “Profesora universitaria, no profesional”. Así se define en su reclamo esta mujer que, bajo un nombre euskaldun, reclama regularizar su actividad. “Tenían que haberlo legalizado hace mucho tiempo ya y cotizar todas a la Seguridad Social”, reivindica, instantes antes de colgar, cuando se le pregunta por las medidas que se piensan adoptar para frenar el tráfico de mujeres.
En una agencia, en la que ejercen autóctonas, son de su misma opinión. “Debería de ser una actividad por la que se pudiera pagar Seguridad Social. No vas a poner en autónomos prostitutas, pero sí puedes poner autónomo y trabajar cada uno de lo que quiera”, propone la mujer que atiende la llamada, quien tiene sus dudas sobre las multas que se plantean poner a los clientes. “Habrá muchas que estén en la calle porque lo necesitan para dar de comer a sus familias. No sé si las van a hacer un favor o las van a perjudicar”, señala y añade que, “si son obligadas, habría que mirar bien cada caso”.
Tampoco ella ha conocido a ninguna chica que trabaje coaccionada. “Euskadi será de los sitios de España en que menos obligación hay. Yo no he oído ni visto ningún caso nunca ni en un piso ni en una agencia ni tan siquiera entre las de la calle. Creo que eso se da más en las zonas que se oyen por la tele, donde igual hay cuadrillas de rumanos o rusos”, apunta y reitera que “la mayoría de las que trabajan aquí son voluntarias, mujeres que están en pisos como pequeñas familias saliendo adelante y aportando su grano”.
Engañadas por sus parejas El director de un hotel de Bilbao donde se ejerce la prostitución tiene claro que para poner fin a la explotación sexual hay que ir a la raíz del problema, que son “los macarras y las mafias que hay detrás”. Por su experiencia, asegura que “lo normal es que en los establecimientos haya chicas que vayan y vengan a su aire”, aunque “de vez en cuando vemos en los telediarios locales que obligan a las mujeres, porque al final garbanzos negros hay en todos los sitios”.
Asumido que esta realidad existe, combatirla sancionando al cliente no es, a su juicio, la mejor opción. “Multando al cliente de una chica que se está prostituyendo de forma voluntaria poquito problema van a atajar. Realmente el problema es quién está detrás de ellas”, señala. En ocasiones, dice, son sus parejas quienes las empujan a la prostitución para lucrarse. “Muchas veces no se dan ni cuenta de que están siendo engañadas porque te dicen: He venido con mi marido o mi novio para ver si podemos hacer dinero para comprarnos una casita o un coche. Sé de chicas de Rumanía a las que les han dejado sin nada porque luego ellos ponen la casa a su nombre o mandan el dinero a las cuentas de un hermano o la madre. Cuando ellas empiezan a preguntar, les dan una patada en el culo y se las quitan del medio”, relata. No obstante, añade, “lo peligroso son las redes mafiosas que las captan en los países de origen para prostituirlas. Ese es el problema y no que un hombre se vaya con una chica porque tiene una necesidad fisiológica”, reitera y concluye que “estas leyes son como los radares: multar y recaudar. Si quieres disuadir, ve a la cabeza, no a por el que consume. Al final siempre paga el de abajo”.
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