DE CUERPO PRESENTE

Sumisión

El Mundo, Rubén Amón, 10-01-2015

NO CREO que Sumisión sea la mejor novela de Michel Houellebecq, pero todas las objeciones literarias que puedan mencionarse en esta coyuntura incendiaria representan una frivolidad respecto a su porvenir de escritor perseguido. Le ha condenado a muerte la yihad. Lo custodia la policía francesa, igual que ocurre con la sede de la editorial Flammarion, cómplice de haber publicado la distopía con la que Houellebecq imagina la conversión al Islam de Francia. Y la de Europa también, hasta el extremo de que Mohamed Ben Abbas, personaje imaginario, sería el caudillo visionario de un imperio musulmán que aglutinaría las dos orillas del Mediterráneo y que expondría la agonía de la cultura occidental en un contexto guerra civilista.

Es un delirio de Houellebecq. Un delirio legítimo. Y justificado conceptualmente en la ingenuidad con que la sociedad europea cree garantizada la vigencia de la civilización sin preocuparse de protegerla.

De hecho, la victoria de la Fraternidad musulmana en las elecciones presidenciales de 2022 –he aquí la profecía– se produce porque la izquierda socialista, liderada por Manuel Valls, antepone la aversión a Marine Le Pen frente al oportunismo de un líder musulmán moderado.

Moderado hasta que asume el poder. Y hasta que emula la deriva fundamentalista de Morsi con la implantación de la poligamia y la sharía, de forma que la sumisión de la mujer al hombre y la sumisión del hombre a Dios explican que Michel Houellebecq encabece su último capítulo con un aforismo de Khomeini: «El Islam o es político o no es».

Impresiona el momento en que ha aparecido la novela, como estremece que la última portada de Charlie Hebdo (7 de enero) se haya dedicado al propio Houellebecq. No para reivindicar su apocalipsis coránico ni para airear los altibajos de una novela que se resiente de la soledad y de la andropausia, sino para caricaturalizarlo como un tipo grimoso, senil, desagradable.

Es una prueba de la libertad de expresión y de la naturaleza polifacética de la sátira, pero la matanza de los viñetistas implica, sobrentiende ahora una fatua a medida de Michel Houellebecq, epígono involuntario de Rushdie. Y también de Casandra, cuya aparición entre las páginas de Sumisión como una alegoría de la ceguera cultural recuerda que Apolo dispuso en su castigo a la mujer despechada que los hombres no entendieran los oráculos de la sacerdotisa, aunque su vida dependiera de ellos y de ella.

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