Un concepto anacrónico

El Mundo, CARLES LALUEZA-FOX, 19-01-2015

Los estudios de
genética humana
en las últimas
décadas
del siglo pasado
mostraron que
la mayor parte
de la diversidad
se encuentra
entre individuos de una misma
población y que sólo un porcentaje
muy pequeño de la variación
se estructura entre poblaciones.
Pero las nuevas
técnicas de secuenciación
están permitiendo la obtención
de genomas completos
de miles de humanos
actuales –y también
del pasado– y su análisis
permite descubrir una
notable estructuración
geográfica, incluso dentro
de continentes tan
homogéneos como Europa.
Cuando analizamos
datos genómicos
de europeos actuales
descubrimos que los
individuos de cada
región se agrupan
entre sí y diferenciados
del resto. Esto
es así porque durante
siglos las personas
de una determinada
zona han tendido a
cruzarse
con vecinos.
Los análisis genómicos permiten
determinar incluso qué fragmentos
cromosómicos concretos
pueden atribuirse a una u otra región
geográfica. Pueden rastrearse
vínculos lejanos que descubren
historias sorprendentes; la compañía
deCODE Genetics está estudiando
los 500 descendientes islandeses
de Hans Jonatan, quien
tuvo una vida de película. Nació
en una plantación en la isla caribeña
de Santa Cruz en 1784, hijo
ilegítimo del gobernador danés y
de una esclava africana, participó
en las guerras napoleónicas y tuvo
que escapar de la esclavitud
huyendo a Islandia en 1816, donde
se casó con una mujer islandesa;
su descendencia, que incluye
un primer ministro, llega hasta la
actualidad. Los investigadores
pueden distinguir los fragmentos
cromosómicos de origen africano
de Jonatan dispersos entre los islandeses
actuales (de hecho, calculan
que podrán reconstruir cerca
del 40% de su genoma sin necesidad
de analizarlo de forma
directa). Por lo tanto, no hay duda
de que existe una estructuración
geográfica de la diversidad
genómica humana. Pero esto no
significa que podamos dividirla de
forma objetiva en categorías con
entidad biológica (las llamemos
razas o de cualquier otra forma).
Dentro de cada población la variación
es enorme y no hay una
combinación específica de variantes
genéticas que permita definir
o categorizar entidades humanas
por debajo del nivel de especie.
Cuando analizamos poblaciones
adyacentes, la variación genética
forma una gradación continua
que impide establecer
unos
límites objetivos.
Cualquier
división que se
nos ocurra es
arbitraria.
Algunos argumentan
que
aunque sea erróneo, raza es un
concepto útil para poder gestionar
la vida cotidiana, pero me parece
discutible emplear construcciones
sociales como si fueran entidades
reales sólo para facilitar la conversación.
Por otra parte, el discurso
políticamente correcto, defendido
con frecuencia desde posiciones
de autoritarismo académico y que
califica como irrelevante cualquier
estructuración geográfica en
la humanidad, simplifica el debate
intelectual. La condena unánime
a Wade de 139 genetistas reconocidos
puede hacer creer a la
gente que se trata de la típica
reacción defensiva de un establishment.
Pero las poblaciones
difieren genéticamente no sólo
porque las componen humanos
que se han cruzado preferentemente
entre sí, sino porque tienen
historias distintas, que explican
también la adaptación de estas
poblaciones a sus entornos ecológicos.
Por esto encontramos variación
geográfica en genes asociados
a rasgos como la pigmentación,
el metabolismo o el sistema
inmunitario, que dependen en
parte de factores como la radiación
ultravioleta, la dieta o los patógenos.
Esta información permite
entender las fuerzas adaptativas
que han actuado sobre nuestra
especie y no puede considerarse
científicamente irrelevante.
El libro de Wade es anacrónico
por su empleo del concepto de
raza. Pero sin duda su parte más
controvertida es aquella en la
que afirma que existen diferencias
en el comportamiento y en
las capacidades innatas de las
poblaciones humanas debido a la
acción de las fuerzas evolutivas.
Hay que tener en cuenta que rasgos
como la inteligencia son muy
complejos y van a depender en
su expresión final de la interacción
de factores ambientales y de
la acción de miles de genes. Veremos
cuándo y cómo seremos capaces
de estudiar estos rasgos de
una forma que no sea meramente
especulativa, como la que hace
Wade. Creo probable que no
encontremos efectos selectivos
diferenciales en rasgos de comportamiento
social entre poblaciones
humanas y que la variación
que observamos en la actualidad
responda únicamente a
factores culturales. Más allá de
las posibles pequeñas diferencias,
la historia evolutiva que
compartimos los humanos nos
interconecta a todos en una red
casi infinita que se proyecta hacia
el pasado y hacia el futuro.
Carlos Lalueza-Fox es investigador
del Instituto de Biología Evolutiva
(CSIC-Universidad Pompeu Fabra).

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