Limosnas bajo sospecha
Arrecian las voces críticas contra la mendicidad en Gipuzkoa debido a las situaciones de dependencia que generan. En Bilbao, el obispado se ha propuesto terminar con estas prácticas a la puerta de las iglesias.
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 13-01-2015¿Es aconsejable hacerlo? ¿Sirve para algo? Arrecian las voces críticas que no comulgan con estas prácticas porque, dicen, se perpetúa la mendicidad. Es la propia Iglesia la que ha alzado la voz ahora para que se detengan estos gestos. La Diócesis de Bilbao ha aconsejado a los feligreses “no fomentar la mendicidad” dando limosnas a la entrada de los templos. Dice que hay otros modos de canalizar las ayudas, a través de organizaciones como Cáritas. El domingo pasado, en algunas parroquias, se llegó a leer una nota en la que se pedía que no se diera dinero, a raíz de un altercado con personas que pedían a las puertas, lo que llegó a obligar a suspender una de las ceremonias.
En Gipuzkoa la sangre no parece haber llegado al río. De hecho, municipios como Irun registran un paulatino descenso de la mendicidad en lugares habituales a ello como el Paseo Colón, habitual escenario de personas que extienden su mano. “Ahora vemos que hay cuatro contados, y no se registra ningún problema. Quizá sea el frío el que ha provocado un descenso de la mendicidad”, aventura un agente policial consultado por este periódico.
Tranquilidad espiritual
Sí es más frecuente ver a mendigos, preferente rumanos gitanos, a las puertas de muchas iglesias de la capital guipuzcoana. El antropólogo Iñaki Olaizola atiende a este periódico a la entrada de una de ellas, en el templo donostiarra de Capuchinos, mientras en el interior se oficia la eucaristía de las 11.00 horas. “A base de limosnas no se arregla el mundo. Hay mucho fariseísmo con todo ello. Con la limosna, lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Es nuestro cupón de bondad”, reflexiona.
No tiene una visión precisamente optimista del comportamiento social. “Hay mucha gente que compra su tranquilidad espiritual ofreciendo limosna. Igual es lo que les han enseñado, pero desde luego que me parece una manera demasiado simple de comprar el cielo. Si ampliamos un poco el radio y tenemos en cuenta al mundo, somos una sociedad totalmente insolidaria, y se les presenta un gran problema a quienes creen en la trascendencia, porque todos tenemos un boleto para ir al infierno debido a nuestra propia insolidaridad. ¿Dar limosna? Si a alguien le descarga, que sea feliz, pero la respuesta debería ser mucho más estructural”.
Sus palabras resuenan con fuerza a la entrada de la iglesia, franqueada en ese momento por una monja que accede al templo mientras toca las frías manos del Padre Pío de Pietrelcina, estatua que da la bienvenida a los feligreses que entran por el ala izquierda de la iglesia. La religiosa cierra la puerta. Prosigue la charla.
- ¿Pero tan insolidaria cree que es la sociedad? ¿Qué ocurre, por ejemplo, con respuestas como la que se acaba de dar al Banco de Alimentos?
Olaizola se encoge de hombros y se sacude el frío metiendo sus manos en el bolsillo. “Son iniciativas que acojo con simpatía. No me parece mal, pero tampoco soy un entusiasta de este tipo de movimientos. Hay gente que se especializa en obras de caridad, pero deberíamos ser más insistentes pidiendo a la cosa pública una mayor distribución de la riqueza. Una sociedad es solidaria cuando sus estructuras son solidarias, más allá de respuestas individuales”, mantiene.
De lo contrario, sostiene José Ramón Treviño, los seres se convierten en objetos, algo así “como un agujero que hay que rellenar” sin que puedan desarrollar sus capacidades. El párroco de Iztieta y Pontika, en Errenteria, reconoce que “más allá de tranquilizar la conciencia de cada uno”, este tipo de ayudas no dignifican. “La mendicidad en sí misma no es digna, ni para quien la ejerce ni para quien la favorece con toda su buena voluntad, porque en realidad no soluciona nada”. Asegura que cuando se ayuda sistemáticamente a personas con la mano permanentemente tendida, se crea una dependencia crónica. “Son situaciones que se perpetúan. Son malas prácticas que se pueden entender en situaciones de extrema necesidad, pero hacen falta otras soluciones”, aboga.
Para no caer en el asistencialismo, propone un sistema de protección social más reforzado, con procesos de acompañamiento que eviten exclusiones. “Es necesario pasar de la pasividad a una vida activa, ejercitando la propia autonomía. Por eso, estar con la mano tendida apelando a la compasión genera un paternalismo que no es bueno”, sostiene.
Lo cierto es que hay colectivos a los que resulta muy complicado ofrecerles un salvavidas, como ocurre con los gitanos rumanos, entre quienes la dependencia se transmite de abuelos a padres, cediendo ahora incluso el testigo a los nietos. “Es algo deplorable. No es digno estar siempre esperando a que se les de una limosna. ¿Cuándo van a caminar por su propio pie?”, se preguntan algunos feligreses al término del oficio religioso en la Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes.
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