La condena no es suficiente
Europa debe corregir una política exterior que menosprecia a los árabes
El Mundo, , 12-01-2015La condena al ataque contra la revista Charlie Hebdo es necesaria pero no debe servir como sedante para no profundizar en el suceso. Una vez que se ha acabado con los terroristas se deben analizar las causas que han creado el actual halo de euforia que desprende el entorno más radical del llamado yihadismo. Los extremos no sólo se tocan sino que se retroalimentan. El arbitrario castigo que cayó sobre el pueblo iraquí en 2003 en represalia por los atentados del 11-S, con los que no tenían ningún vínculo, no sólo ha destruido su país, instaurado el sectarismo y la ley de las armas, sino que generó un sentimiento generalizado entre los árabes y musulmanes de frustración y rechazo a la justicia del cowboy occidental que para mayor chanza se justifica asegurando que con la invasión traían «la democracia y la libertad». Nos negamos a aceptar y a analizar el efecto real que tienen estos actos. No en vano, el menor de los hermanos Kouachi pasó de ser un rapero nada practicante a entrenarse para la yihad en Yemen tras la invasión de Irak.
Este elemento exterior hace mella en la desorientación de unos musulmanes cuyo «islam» es un islam francés y no árabe, como recuerda Amer Mohsen en su artículo La solidaridad idiota publicado en Al Ajbar libanés. Se trata de musulmanes nacidos en Europa, producto de nuestras sociedades, el islam que observan es fruto de todos los componentes de su entorno: tanto de sus comunidades religiosas como de la presión de una sociedad asustada ante lo «islámico», donde la extrema derecha alimentan su discurso islamófobo generalizando actuaciones de una minoría. Un primer paso para terminar en las redes extremistas suele ser el rechazo de su identidad como árabes o musulmanes en un afán de mimetizarse, de «normalizarse» en su entorno francés o español renunciando a parte de su riqueza personal. Esta negación salta más adelante como un resorte cuando es sabiamente manipulado por las redes extremistas de captación que saben tocar las teclas adecuadas para activarlo aprovechando esa confusión identitaria y un panorama internacional favorable a su propaganda.
Si la respuesta occidental a los ataques del 11-S fue una catástrofe para el mundo árabe, la estrategia internacional contra el Estado Islámico solo está agravando la brecha entre Occidente y el mundo árabe. Y no porque los pueblos árabes no defiendan la actuación militar contra las huestes del califa Ibrahim, sino porque exigen una estrategia global que incluya la consecución de unos derechos básicos que se les niegan en aras de los intereses de las superpotencias.
Y es que los compañeros de viaje elegidos por los doblemente Nóbeles de la Paz, Obama y UE, facilitan en gran medida el trabajo de las redes de captación yihadista. A principio del verano pasado se planteó una posibilidad real de que los rebeldes iraquíes, similares a los revolucionarios tunecinos o egipcios, pero que tomaron las armas en enero de 2014 para defenderse de la represión de su gobierno, tomasen Bagdad y sustituyeran el actual gobierno sectario manipulado por Irán por un verdadero gobierno de unidad nacional fuerte que pudiese luchar contra las barbaridades de los extremistas, cuyas primeras víctimas, recordemos, son los propios árabes. En aquel momento, el Estado Islámico sólo controlaba Mosul y Talafar en la frontera con el Kurdistán. Ante la incertidumbre de lo que pudiese deparar este cambio, Estados Unidos, y Europa detrás, decidieron dar la espalda a las aspiraciones legítimas del pueblo iraquí reforzando su apoyo militar al gobierno de Bagdad a sabiendas de que son parte del problema. La realidad cinco meses después de que comenzaran los bombardeos es el dominio casi total del IS del territorio que antes controlaban los rebeldes iraquíes, sin que la coalición formada por 60 países haya conseguido ninguna victoria significativa más allá de su expulsión temporal de Beiyi.
Más allá de las fronteras de Siria e Irak el califa Ibrahim ha recibido la adhesión de grupos terroristas en Egipto, Arabia Saudí, Yemen, Argelia o Libia, donde al día siguiente del ataque contra Charlie Hebdo decapitaron a los periodistas tunecinos Sufián al Shurabi y Nadir al Ktari.
Pero la iraquí no es la única revolución árabe que se ha dejado morir. Al abandono sufrido por la revolución siria, Occidente suma el apoyo al golpe de Estado del general Sisi, que derrocó al único presidente elegido democráticamente en Egipto, Mohamed Mursi (de los Hermanos Musulmanes), instaurando un régimen más represivo que el del derrocado Hosni Mubarak. Europa también apoya a regímenes como el saudí, gran observador de la libertad de expresión, como demuestra la condena a 10 años de prisión y mil latigazos al bloguero Raif Badawi por «insultar al islam».
Estemos de acuerdo o no con este análisis es una lectura de los acontecimientos que comparte buena parte de los musulmanes, lo que les lleva a sentirse engañados, menospreciados, relegados a ciudadanos del mundo de segunda clase, no merecedores de los mismos derechos y libertades que Occidente dice defender. Éste es el caldo de cultivo perfecto para tocar las teclas que activan los resortes que reclutan a musulmanes resentidos con sus propios paises.
Es importante insistir en que son un porcentaje ínfimo de los musulmanes (los combatientes de Al Qaeda y el IS representan sólo el 0,00000001% de los musulmanes del mundo), pero la estrategia europea debería seriamente orientarse a reducir al mínimo los elementos que posibilitan este reclutamiento.
Tanto los aspectos internos, es decir, resolver la asignatura pendiente en Europa de normalizar el epíteto «musulmán», como los elementos externos, a saber, corregir la cínica política exterior europea que menosprecia los derechos de los pueblos árabes en aras de una mal entendida estabilidad cortoplacista del statu quo de regímenes árabes represivos.
Pedro Rojo es arabista y presidente de la Fundación Al Fanar.
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