Merkel alza la voz contra los racistas
La canciller alerta contra el auge de la xenofobia La euroescéptica Alternativa por Alemania sale en defensa de la campaña anti extranjeros
El Mundo, , 01-01-2015En su tradicional mensaje televisado de Año Nuevo, Merkel ha tirado esta vez de coraje ciudadano y ha aconsejado con rotundidad a todos los alemanes dar la espalda al movimiento Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, abreviado Pegida. «No sigan a quienes convocan estas manifestaciones», ha sido la consigna de la canciller alemana, que justificaba esa línea roja alegando que «los corazones de sus organizadores albergan prejuicios, frialdad e incluso odio».
Las palabras de Merkel sentencian así a Pegida y a todo aquel que decida apoyarles al exilio en el territorio de los antisistema, pero hay un partido político dispuesto a sacar rendimiento de la insatisfacción real que refleja este movimiento de protesta, los antieuro de Alternativa por Alemania (AfD), que antes incluso de que el mensaje de Merkel fuera emitido anoche por las radios y las televisiones alemanas, aparecía ya en escena para recoger, con ánimo carroñero, las sobras electorales.
«Está condenando desde arriba a gente de la calle a la que ni siquiera conoce», respondía el número dos de Alternativa, Alexander Gauland, en referencia a los más de 17.000 manifestantes que recorren el centro de Dresde cada lunes exhibiendo pancartas contra la «extranjerización» y exigiendo sin pudor: «Hay demasiado extranjeros en Alemania y deben volverse a su casa».
Estos eslóganes han llevado Alemania a revisar sus cifras reales de inmigración y resulta que el último año totalmente computado, 2012, cerró con la recepción de 1,2 millones de inmigrantes y un saldo migratorio positivo de alrededor de 400.000 personas, por debajo de lo que la industria alemana asegura necesitar para mantener el PIB creciendo a buen ritmo. Conviene recordar aquí que, a fecha de octubre de 2012, 49.433 españoles habían emigrado a Alemania y unos 10.000 de ellos se mantienen gracias a que reciben ayuda social.
En los últimos dos años, sin embargo, lo que más aumenta proporcionalmente es la llegada de refugiados. Solo en 2014 Alemania ha recibido 230.000 nuevas solicitudes de asilo de las que el Ministerio de Interior calcula que alrededor de un 30% han sido aceptadas. La cantidad de inmigrantes ilegales que, aparte de estas cifras, entra en el país a través de las fronteras Schengen, resulta prácticamente imposible de cuantificar.
«La inmigración es una ganancia para todos nosotros», insistía anoche la canciller Merkel en su discurso televisado, asegurando además que Alemania seguirá dando apoyo a «todos los que necesiten protección». Contestaba también a las pancartas que suelen encabezar las manifestaciones de Pegida y en las que se lee «Wir sind das Volk» (nosotros somos el pueblo), el grito con el que los ciudadanos de la antigua RDA, de donde Merkel procede, reprochaban al gobierno comunista la falta de libertad. «Pero lo que en realidad les mueve es el mensaje de vosotros no pertenecéis a nuestra sociedad, sea por el color de vuestra piel o vuestra religión», traducía la canciller federal.
No entraba sin embargo al sucio trapo tendido por el hasta ahora prestigioso Instituto Ifo, que se ha dedicado a calcular que cada inmigrante le cuesta unos 1.800 euros al Estado alemán anualmente, una cifra contestada por otros expertos y ante la que Merkel se ha limitado a apuntar que con la inmigración «todos ganamos», destacando los valores tolerantes de la Alemania reunificada «en paz y libertad».
Horas antes que Merkel, el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, había declarado que «la inmigración es buena para el país» y que «al igual que después de la Segunda Guerra Mundial, utilizamos a millones de refugiados y desplazados para la reconstrucción y después contamos con los Gastarbeiter, ahora necesitamos la inmigración. Sin embargo, como es natural, debemos convivir con ellos y esto modifica nuestro día a día, pero no lo hace peor, sino que la mayoría de las veces lo mejora».
Pero percibir Pegida como un rechazo limitado a la «islamización» no lleva a una visión completa de este movimiento social. Para comprenderlo en toda su extensión es necesario recurrir a las declaraciones que los manifestantes en Dresde hacen a los medios de comunicación alemanes (se niegan en redondo a dejarse entrevistar por medios extranjeros a los que sistemáticamente insultan y descalifican desde el escenario y los altavoces) y que reflejan que ese rechazo se extiende a cualquier extranjero residente en Alemania.
Ante las cámaras del programa Panorama de la televisión pública, un manifestante de unos 70 años decía recientemente: «Quiero que los extranjeros se vayan de Alemania. Yo recibo una pensión muy pequeña por su culpa, que se vayan». «De acuerdo si son asilados estrictamente políticos, pero todos los demás deben volver a sus casas», decía una joven. «Yo misma he observado que la mayoría vienen aquí solamente para vivir a nuestra costa, incluso en invierno se vuelven con su familia porque el clima es muy frío y en verano vuelven para seguir con las ayudas».
«Uno lo ve por la calle, hay demasiados extranjeros, sencillamente creo que debemos ocuparnos de que Alemania siga siendo alemana», afirmaba un joven periodista que había acudido a la manifestación a título particular y que después de la emisión del programa ha sido despedido por el canal RTL en el que trabajaba. Junto a él, una mujer de unos 50 años explicaba que sus nietos no tienen regalos de Navidad, mientras «ellos reciben ayudas. Que se vayan. La mayoría son criminales y los que son académicos deberían quedarse en sus países para ayudar». Su acompañante daba un paso más allá: «Debemos aislar a Alemania de las enfermedades que esos extranjeros traen con ellos». «Quieren un puesto de trabajo y el 70% no habla alemán», protestaba otro manifestante.
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