LAYE DIA / 27 años / Senegal

«Yo quiero quedarme en Rabat»

El Mundo, REBECA HORTIGÜELA RABAT ESPECIAL PARA EL MUNDO , 18-08-2014

«En cuanto mis compañeros se enteraron de que se podía cruzar a España, dejaron las mesas [refiriéndose a los puestos de venta ambulante], recogieron algunas cosas de sus casas y compraron un billete de autobús rumbo a Tánger», cuenta Laye Dia, un senegalés afincado en Rabat (Marruecos). Él ya ha estado en España, ya cumplió el sueño que tanto anhelaba, cruzar al otro lado, y por eso no sintió la euforia que experimentaron sus compatriotas. «Yo ahora quiero quedarme en Rabat, juntar un poco de dinero y poder volver a Senegal», cuenta este joven de 27 años.

Después de haber vivido cinco años en España y casi dos en Marruecos, Laye Dia se ha dado cuenta de que la mejor alternativa para los subsaharianos es quedarse en África e intentar trabajar en beneficios de sus países de origen. «Tenemos que luchar contra la corrupción de los políticos africanos, que nos roban sin parar», afirma. Si por él fuera, volvería ya mismo a su pueblo natal, pero la vergüenza de volver a casa con una mano delante y otra detrás le retiene en su mesa de venta ambulante en Rabat. «Después de todo el tiempo que he estado en Europa, ahora no estaría bien volver a mi país sin nada. Tengo que conseguir algo de dinero para poder regresar y ser alguien allí».

Laye ya no quiere volver a la tierra prometida, España, pero entiende a los que quieren hacerlo. «Arriesgan su vida para pasar, porque todavía no saben que allí van a vivir peor que en Marruecos. Laye pagó por ir a España en un «barco grande», como él llama al cayuco en el que cruzó desde Senegal a Canarias. «El barco en el que yo pasé no es como ésos de juguete que utilizan en Ceuta», explica sonriendo.

Cuando decidió marcharse a España era un niño de 17 años, acababan de morir sus padres y tenía que hacerse cargo de dos hermanos. El pequeño tenía siete años y la niña, 11, con la que vive ahora en Rabat en un piso situado en la Medina por el que paga 100 euros todos los meses. «De momento, tengo dinero suficiente para evitar tener que hacinarme en Takadoum. Allí no hay quien viva», reconoce.

Como los 1.219 inmigrantes que la semana pasada llegaron a España durante las 48 horas de ausencia de vigilancia marroquí, Laye pensaba que en nuestro país encontraría todo lo que anhelaba desde que era un crío: tener un trabajo, vivir en una casa digna y formar una familia.

Pero, a cambio, sólo recibió dolor, racismo y una huida continúa de la Policía cuando se dedicaba a la venta ambulante de ropa de imitación. «Aquí, por lo menos, puedo vender sin tener que correr y asustarme de la Policía todo el tiempo», cuenta.

Antes de la venta ambulante, trabajó en el campo, en Almería, donde le pagaban 36 euros por día. En Rabat gana 50 euros diario con su puesto de pulseras, anillos y gafas de sol de imitación.

En España, un piso le costaba 300 euros al mes y, en Marruecos, se puede alquilar una habitación por 40 euros. Junto con su hermana y otro compañero han conseguido alquilar uno decente que pagan rigurosamente, mes a mes.

«Lo que más pena me da es que las fuerzas de seguridad marroquíes les haya abierto el paso, así sin más, y les dejen salir al agua con lo puesto. El agua es muy peligrosa», insiste Laye. «Amigos míos que viven allí, en el norte, me han pasado fotos por Facebook de los que han muerto intentando entrar en España y me temblaba el alma».

En Rabat, la capital de Marruecos, conviven miles de subsaharianos. Los que se quieren ir con los que se quieren quedar. Los que esperan con paciencia y euforia el momento oportuno para cruzar a España con los que ya han fracasado en el intento. En los barrios de Takadoum, Kamera o Bab Chella se puede diferenciar a unos de otros con mucha facilidad. El primer grupo lo forman los que llegan por primera vez a Marruecos e intentan ganar algo de dinero mientras esperan el mejor momento para emprender el camino hacia el norte. De esta forma, descansan de las dificultades que les han abrumado desde que dejaron atrás su país natal. El segundo grupo es el de los que son interceptados en los territorios fronterizos y deportados a Rabat. Cuando llegan a la ciudad, malviven en las calles de los alrededores de la estación de autobuses o se meten en ‘pisos patera’ en los que se hacinan en pocos metros cuadrados pagando el equivalente a cinco euros al mes para descansar de los bosques y coger fuerzas con el objetivo de volver a intentarlo.

Hay un tercer grupo que integran los que han desistido de coger la patera o de intentar saltar la valla y han optado por empezar una nueva vida en Marruecos. Si abandonan la idea de cruzar a la tierraprometida es por falta de confianza, fuerzas e ilusión y, sobre todo, porque España ya no es un destino tan preciado por ellos. Según coinciden las organizaciones no gubernamentales y los expertos en movimientos migratorios, los inmigrantes ya no se quedan a residir en nuestro país, sino que utilizan nuestro territorio como lugar de tránsito para ir a otras naciones donde la situación económica es más boyante y les permite mejores oportunidades.
Unos 200 en centros de internamiento

> De los 1.200 inmigrantes que llegaron la semana pasada al Estrecho, unos 500 siguen en los polideportivos de Tarifa; 180 están los calabozos de Algeciras y unos 130 han sido llevados a comisarías de Cádiz. Hay alrededor de 180 en los centros de internamiento (CIE) y unos 150 la cargo de las ONG .

> Los que se encuentran en Tarifa son en su mayoría varones, ya que las mujeres con hijos están con la Cruz Roja, cuyas dependencias en Algeciras están completas. La Brigada de Extranjería tramitó ayer 130 casos: les identificó, les tomó las huellas e inició los expedientes de expulsión.

> Ninguna inmigrante intentó ayer en España de forma irregular. / ANDRÉS MACHADO

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