España / cien barcas y 1.200 emigrantes

Marruecos, 48 horas de apagón en la vigilancia del Estrecho

ABC, luis de vegamadrid, 15-08-2014

La falta de agentes del reino alauí provocó un efecto llamada incluso a cientos de kilómetros de Tánger, hasta donde llegaron subsaharianos desde Rabat o Casablanca para embarcarse

Nunca antes un centenar de barcas había salido en menos de dos días desde la costa sur del estrecho de Gibraltar, la orilla marroquí, hacia el norte, la orilla de Andalucía, como ha ocurrido a principios de esta semana. En total, más de 1.200 emigrantes subsaharianos han logrado su sueño de salir de Marruecos, aunque sobre muchos pende como una espada de damocles la Ley de Extranjería española.


Las autoridades marroquíes habían dejado de vigilar las playas y acantilados que conforman la cornisa de medio centenar de kilómetros que hay frente a Tarifa, según todas las fuentes consultadas. La puerta del mar, cerrada a cal y canto habitualmente por la Gendarmería, las Fuerzas Auxiliares y la Marina, se había dejado abierta.


Pronto se corrió la voz entre los emigrantes asentados en la urbe norteña de Tánger, que empezaron a salir en desbandada hacia la costa organizando en muchos casos las expediciones sobre la marcha. Jannick, un camerunés que no tenía pensado abandonar Marruecos de inmediato y que protagonizó hace seis meses un reportaje en estas páginas, acabó absorbido por la marea y se montó en una de las balsas. «Estoy en Tarifa. Estoy bien», dijo por teléfono a ABC con voz de satisfacción. El efecto llamada llegó hasta otras grandes ciudades, como Rabat o Casablanca, a más de 200 kilómetros de Tánger, desde donde partieron emigrantes ante la facilidad con la que se estaban echando al mar sus colegas.


Sin dar una explicación oficial que dejara entrever los motivos de lo sucedido, el ministro del Interior de Marruecos, Mohamed Hassad, reconoció el miércoles que todo se debió a «disfunciones», informa Efe. Sus palabras coincidieron prácticamente en el tiempo con el cese del flujo de embarcaciones.


La costa había sido hasta ese momento un auténtico embarcadero desde el que se pudo salir sin presión de las autoridades, como los propios emigrantes reconocen. Ocurrió desde el cabo Malabata, al este de la ciudad de Tánger, hasta la localidad de Alcazarseguir, cerca del inmenso puerto Tanger Med, a pocos kilómetros de Ceuta.


«Ha sido inimaginable», señala Helena Maleno, una periodista y consultora española del colectivo Caminando Fronteras que sigue los movimientos migratorios en Tánger desde hace doce años. Se refiere a la ausencia deliberada de vigilancia entre la noche del domingo y la madrugada del miércoles, que también constataron agentes de la Guardia Civil desplegados en el Estrecho junto a los miembros de Salvamento Marítimo que trasladaron a los rescatados al puerto de Tarifa.


La vida del emigrante africano que espera de manera permanente una oportunidad para seguir su camino hacia Europa está escrita a menudo a base de rumores, falsas informaciones y engaños. Pero lo que comenzó siendo un rumor a lo largo del pasado fin de semana acabó siendo verdad.


Y el hecho de que no había vigilancia corrió como la pólvora entre las comunidades subsaharianas instaladas en Tánger, especialmente en el barrio de Bujalef, cerca del aeropuerto. Muchos tenían barcas hinchables y chalecos salvavidas en sus pisos alquilados. Otros las compraron sobre la marcha, en zocos de Tánger como el de Casabarata o en grandes superficies de esta urbe del norte del reino alauí como el hipermercado Marjane.


Decenas de ellos llegaron a agolparse el lunes en la calle con barcas de plástico y remos a la espera de que, por un puñado de dirhams, coches particulares los trasladaran hacia la costa. También sorprende este hecho en un barrio que suele estar bien vigilado por la Policía.


La distancia menor entre Andalucía y Marruecos es de 14 kilómetros, pero la mayoría emprendió la travesía a bordo de barcas hinchables de juguete. Se echaron al mar en medio de los cientos de enormes buques que van y vienen entre el Mediterráneo y el Atlántico. Ninguna de esas barquillas completó el viaje, pero el mar en calma ahorró naufragios y permitió que esas expediciones sin miedo fueran rescatadas por las lanchas de Salvamento Marítimo.


Marruecos ha llegado a abrir la mano de tal manera que, según los testimonio de algunos de los subsaharianos, los agentes que vigilaban las costas llegaron a ser testigos en algunos casos de cómo los emigrantes escondían las barcas la víspera de emprender la travesía o incluso eran testigos de piedra de su partida.



Doha, en el barrio de Bujalef, albergaba a cientos de subsaharianos con el objetivo de dar el salto a España, como pudo comprobar este periodista el pasado febrero. «Bujalef se ha quedado vacío. Todos han cruzado» y «no han hecho falta mafias ni barcos nodriza», señala Helena Maleno, que ha visitado algunos de los apartamentos en los que vivían los emigrantes y que se han quedado vacíos a la carrera. «Frigoríficos con comida, camas sin hacer, la documentación abandonada, ordenadores encendidos… Ese era el panorama».

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