FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN
EL PRIMER DONOSTIA NEGRO
Denzel Washington acude a Zinemaldia a recoger el premio a toda su carrera y a presentar la película que inaugura el certamen: ‘The Equalizer: El protector’, de Antoine Fuqua
El Mundo, , 24-07-2014«Marquen ustedes la diferencia y no escriban mañana que el Oscar lo ganó un actor negro, digan sólo que lo ganó un actor». De este modo se dirigía a la prensa Denzel Washington el 25 de marzo de 2002. Ese día hacía historia al ser distinguido como el primer intérprete negro en la historia del cine que se hacía con su segunda estatuilla. La primera había sido por su trabajo en Tiempos de gloria en 1989. Su recital descarnado en Día de entrenamiento le valía tan alto honor. Y, precisamente, en una noche en la que la Academia también elegía a Halle Berry por su interpretación en Monster’s ball. Pues bien, y pese a una vida entera huyendo de la misma etiqueta, no queda más remedio… Desde 1986, cuando Gregory Peck se llevó la primera estatuilla con forma de farola, nunca antes un intérprete afroamericano había sido distinguido con el premio más emblemático y querido que otorga el festival de San Sebastián.
El actor será el encargado además de inaugurar la cita con The Equalizer: El protector. De la mano de Antoine Fuqua, gracias al que consiguió su segundo Oscar, su cuerpo y personalidad imponentes serán seguro la diana de todas las cámaras a los pies del Kursaal. En la última visita que hizo a España persentaba la película El vuelo, de Robert Zemeckis, y este hombre de 59 años nacido en Nueva York daba pocas opciones a las dudas o las palabras a medias. Todo muy claro. Decía que que no se sentía representante de nada ni nadie. Sólo de sí mismo. Obviamente lo decía ante la enésima pregunta por su responsabilidad derivada del color de su piel.
De las seis veces que ha sido llamado a recoger una estatuilla (también fue candidato por esa última cinta de Zemeckis), en cuatro de ellas su imagen ha estado asociada a la de un fiero luchador de los derechos civiles. Así fue en Grita libertad, en la que encarnada al activista antiapartheid Steve Biko; en Tiempos de gloria, donde interpretaba a un soldado del primer regimiento de negros que tuvo el ejército de la Unión; en Malcolm X, y en la biografía del boxeador Huracán Carter. «Lo único que me interesa de un guión es la profundidad del personaje. Lógicamente, en todas ellas se trataba de personas reales que hicieron lo que hicieron en la vida real. Prefiero pensar que el mérito es suyo. Yo no hice nada», comentaba en un ensayado intento por quitarse de en medio. Del resto de su larga filmografía, y más allá de lo evidentemente premiado, convendría no olvidar al comandante (o lo que sea que manda mucho) de Marea roja, de Tony Scott, ni al visceral Frank Lucas de American gangster, del hermano del anterior (Ridley), ni al abogado de Philadelphia, de Jonathan Demma.
«Lo curioso», continuaba cauto, «es que nunca soñé con ser actor de cine. Es más, cuando me decidí por esta profesión, mi deseo era triunfar en Broadway. Pero un buen día hice una prueba para televisión y… Bueno, todo salió fatal. Me iba constantemente de las marcas, pero fue el primer trabajo delante de ese extraño y gran aparato». La cámara. Y desde ese momento, ya no hubo remedio.
Por supuesto, cada mes aproximadamente desde que Obama llegará al poder, el nombre más repetido para el obligado biopic ha sido el de él. Y, lógicamente, él siempre ha hecho lo posible por colocarse de perfil. Es «un rumor desorbitado», comentó con cara de cansado. También dijo que ese furor antiesclavitud en el que vive Hollywood con el estreno de películas como Lincoln, Django desesncadenado y posteriormente 12 años de esclavitud nada tiene que ver con la realidad. «Todo eso son películas. La discriminación es algo real. No es para nada ficción. No tiene banda sonora ni maquillaje. La pobreza y el racismo son reales. Las personas que están sufriendo no creo que piensen en Spielberg o Tarantino». Nadie, en efecto, le puede acusar de no hablar claro. Un gran Premio Donostia. Hasta necesario.
Por supuesto, cada mes aproximadamente desde que Obama llegará al poder, el nombre más repetido para el obligado biopic ha sido el de él. Y, lógicamente, él siempre ha hecho lo posible por colocarse de perfil. Es «un rumor desorbitado», comentó con cara de cansado. También dijo que ese furor antiesclavitud en el que vive Hollywood con el estreno de películas como Lincoln, Django desesncadenado y posteriormente 12 años de esclavitud nada tiene que ver con la realidad. «Todo eso son películas. La discriminación es algo real. No es para nada ficción. No tiene banda sonora ni maquillaje. La pobreza y el racismo son reales. Las personas que están sufriendo no creo que piensen en Spielberg o Tarantino». Nadie, en efecto, le puede acusar de no hablar claro. Un gran Premio Donostia. Hasta necesario.
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