MUERE NADINE GORDIMER LITERATURA
UN PEDAZO DE LA DIGNIDAD DE SUDÁFRICA
El Mundo, , 15-07-2014En 1947, Jean Paul Sartre se preguntó «¿Qué es la literatura?», analizó las respuestas dadas hasta entonces (expresión, comunicación, experiencia, juego) y aportó una nueva: compromiso con el aquí y el ahora. Es una actividad política, aunque su contenido no lo sea estrictamente. Toda la obra de Nadine Gordimer es un tejido complejo, social, psicológico, afectivo y sexual de un período histórico completo: el apartheid y lo que ha ocurrido después. Cumple con el objetivo de Balzac de ser la secretaria de la realidad, pero no de la realidad externa, sino de la interior. No le interesan tanto las batallas sociales y políticas como los sentimientos, las emociones, las vivencias de personajes sometidos a condiciones duras y cambiantes. Quiere llegar hasta el fondo, aunque desconfía de que el fondo se pueda conocer desde una única perspectiva: como el caleidoscopio, hay que girar el ángulo.
Una vez le confió a este diario que para ser escritor hay que tener una gran capacidad empírica, ponerse en la piel de los personajes. Hay que ser un poco mujer negra durante el apartheid para hablar de la humillación y un poco negro luchador y luego revanchista para hablar de estas transformaciones como hace en algunas de sus novelas. Cuando se le concedió el Nobel reconoció que la única aptitud especial de un escritor es la intuición, conservar el don de observación de los niños. Pero renegó de las fáciles clasificaciones. No se sintió una escritora africana, sino universal. Ni dijo nunca que su literatura era de mujer, a pesar de que fue una de las pocas escritoras que alcanzó el Nobel y difusión internacional. Eran distinciones que le parecían irrelevantes. Su estilo es extremadamente sobrio (más que Doris Lessing, a la cual casi siempre le sobran palabras) y la naturaleza, el entorno en sus cuentos y novelas aparece como el marco en que se establecen las relaciones afectivas y de poder. La caracteriza cierto don lírico, que se manifiesta en metáforas y en descripciones muy visuales. Su estilo es seco, a veces hasta simplificador.
En su biografía, destaca el encuentro propiciado por Mandela, quien la quiso conocer. Se encontraron dos luchadores con una concepción de la vida muy similar, uno negro, otra blanca, pero los ideales de justicia y de libertad eran los mismos. Siempre dijo que su compromiso era cívico, no literario, porque estaba fascinada por el misterio de los personajes: afirmó que era imposible conocer verdaderamente a alguien por completo, ni siquiera a uno mismo. Y aunque admite que Coetzee es un buen escritor, lo considera un reaccionario. Yo también.
Nadine Gordimer fue además de una excelente novelista una luchadora por la dignidad de las personas. Lo fue allí donde la dignidad se pisoteaba por decreto. Recordaba al saberse su muerte la Fundación Nelson Mandela que el propio ex presidente sudafricano mencionaba a la escritora en su autobiografía: «Yo intentaba leer libros de Sudáfrica escritos por sudafricanos. Leí todos los libros prohibidos de Nadine Gordimer y aprendí mucho acerca de la sensibilidad de los blancos». Hija de unos inmigrantes judíos de Letonia y Reino Unido, creció en la minera población de Springs, cerca de Johannesburgo. Es allí donde se fraguó esa rivalidad que dio origen al apartheid entre inmigrantes europeos y negros que venían a trabajar a las minas y una población blanca local que veía como perdía sus privilegios.
Gordimer llegó incluso a editar parte del histórico discurso de Mandela, Una causa por la que estoy preparado a morir, en su juicio de Rivonia, en 1964. Esa amistad y su pertenencia al CNA se mantuvo durante años en los que ella se iba convirtiendo en una escritora de reputación internacional, renunciando a ser leída en su país donde el régimen iba prohibiendo buena parte de sus escritos. De hecho, cuando Mandela salió de prisión ella fue una de las primeras personas que quiso ver. /
Obituario en página 20.
Gordimer se comprometió de lleno con el movimiento antiapartheid después de la masacre de Sharperville, en 1960. La policía sudafricana disparó sobre una manifestación pacífica contra la Ley de pases, que reprimía los movimientos de los negros. Cerca de un centenar de personas fueron asesinadas. Entre las víctimas y los heridos, mujeres y niños, y entre los detenidos, miles de activistas anti segregación y muchos amigos de la escritora.
Ella siguió viviendo en Johannesburgo, pero pasó de dar testimonio en sus libros de las represiones del régimen del apartheid, a unirse al prohibido Congreso Nacional Africano (ANC), y a participar en la oposición clandestina. Su amistad con Mandela y su activismo, le harían ser una adversaria implacable contra el racismo. Al tiempo que sus obras traspasaban fronteras, sus libros eran prohibidos en Sudáfrica. Mundo de extraños (1958), El desaparecido mundo burgués (1966), La hija de Burger (1979) y La gente de July (1981) sufrieron la censura del Gobierno sudafricano.
Se preguntó siempre por la función que deben asumir los intelectuales ante la realidad política y social. «Las palabras escritas tienen el asombroso poder de extraer lo mejor y lo peor de la naturaleza humana», le dijo Gordimer a Salman Rushdie cuando el régimen iraní decretó su condena a muerte. «Debemos tratar con las palabras tal como tratamos la energía nuclear o la ingeniería genética, con coraje, precaución, lucidez y precisión», escribió.
Releídas hoy algunas de sus novelas: El abrazo de un soldado (1980) , Un arma en casa (1998), o El encuentro (2002), vemos que la denuncia del racismo adquiere una dimensión más amplia. Son los vínculos entre los más fuertes, sean estos hombres o mujeres, blancos o negros, los que desencadenan la violencia. Los pactos de poder serán tan brutales como los prejuicios raciales. En El encuentro, el abogado negro de éxito se alinea en contra de la protagonista blanca y su sin papeles.
Para explicar el marco ético de su obra, su compatriota sudafricano, y como ella galardonado con el Nobel, el escritor J.M. Coetzee, recuerda a Sartre: «La función del escritor consiste en obrar de manera que nadie pueda mantenerse ignorante del mundo y que nadie pueda decir que es inocente de lo que ocurre». La tarea que la novelista se impuso fue mostrar cómo algunos personajes sudafricanos blancos de sus obras fingían no ver la realidad. Su conciencia lúcida quebró una y otra vez el círculo de la mentira y el silencio. La elaboración literaria no le impidió desenmascarar incansablemente las atrocidades y el racismo.
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