Un ugandés en la elite de los negocios

Raymond Tumusiime nunca imaginó que se convertiría en el mejor alumno de Deusto

El Mundo, LEYRE IGLESIAS / Bilbao, 07-07-2014

Rwabita brilló la semana pasada en
una cena organizada por una de las
elites de los estudios de negocios en
Europa, la centenaria Comercial. Invitados
como la consejera delegada
de Bankinter y el presidente de Mediaset
España aplaudieron en el
claustro de la Universidad de Deusto
a este joven de tez negra y lengua
afable, propia de quien sabe cómo
ganarse a todo el mundo. Dice que
ser el primero de la clase no es suficiente
para que un ugandés gane las
becas que a él le han permitido estudiar
en las mejores aulas del mundo.
Que hace falta algo más.
Tumusiime, de 31 años, sonrisa
amplia, traje y corbata, un cerebrito
para los negocios y las relaciones
sociales y algo más torpe con los
idiomas, asegura que las personas
que le quieren son quienes lo han
empujado hasta donde está: mejor
alumno del año de la Deusto Business
School y desde hace un mes
analista de negocios en la multinacional
Indra, en Madrid. Aunque
quizá –esto no lo dice él– también la
suerte haya hecho lo suyo.
Nació en febrero de 1983 en Kampala,
capital de Uganda, en una familia
acomodada. Cuenta que sus
padres, hoy jubilados, fueron ministro
del Gobierno él y trabajadora de
banca ella. Lo criaron hablándole en
inglés junto con tres hermanas y un
hermano. Allí pasó sus primeros 20
años. Después se fue a estudiar cuatro
cursos a Bélgica. Fue un verdadero
«choque cultural».
«El primer día de clase nos teníamos
que presentar todos y un chico
dijo: ‘Hola, soy de Nueva York y soy
gay’. Yo me pregunté: ¿Cómo puede
decirlo? Creía que era algo de lo que
uno debía avergonzarse». Hoy es
«open-minded», tiene la mente abierta.
Se toca la piel de la cara cuando
dice: «He aprendido que la gente
odia lo que no comprende».
Cuando regresó a su tierra se sintió
un extranjero. «Me costó un año
adaptarme. Había cambiado y notaba
las diferencias hasta en las cosas
más pequeñas. En mi país hay un
proverbio que dice: Sólo un visitante
se da cuenta de la tela de araña».
En cuatro años volvió a marcharse,
esta vez a Italia, gracias a una beca
que le permitió estudiar un máster
de banca y finanzas en Bolonia. El
primer día no tenía dónde dormir y,
arrastrando su maleta de 40 kilos,
se puso a buscar una habitación.
«Pero había una feria en la ciudad y
todos los bed and breakfast estaban
llenos». Cuando ya estaba decidido
a dormir en la calle, tuvo otro golpe
de suerte: vio a una policía y le preguntó
si podía pasar la noche en
aquella plaza. La agente le dijo que
sí, pero quiso ayudarle y le encontró
un hostal. Y la vida, «siempre muy
extraña», continuó.
El amigo con el que acabó compartiendo
piso, un chico de Tudela
(Navarra) llamado Ignacio, fue su
trampolín a la siguiente casilla. Ambos
agotaban sus prácticas en el italiano
Unicredit Bank, él pensando
en regresar a Kampala, cuando
«Nacho» le aconsejó estudiar el International
Master of Business Administration
de Deusto. Pero como
Europa es otro mundo, como aquí
un euro son 3584,77 chelines ugandeses,
como allí un sueldo en Deloitte
no supera los 300 euros al
mes, Tumusiime se lo quitó de la cabeza.
«No iba a poder pagármelo de
ningún modo», explica.
Sin él saberlo, su amigo envió un
correo a la universidad vasca contando
las virtudes del ugandés. Con los
100 euros que le prestó, se inscribió
como candidato. En sus tres entrevistas
por Skype con la universidad,
Tumusiime fue honesto: «Les dije
que no podía pagarme el máster. Me
ofrecieron una beca que cubría el
25% del precio, pero era muy poco:
necesitaba el 100% y más dinero para
la casa y la comida, porque vivir
en Europa es carísimo». El visado le
costaba 8.000 euros y debía demostrar
que ingresaría al menos 1.000 al
mes para poder residir un año en España.
Las aventuras para un extranjero,
para un africano, son caras.
Así que pidió un crédito de 25.000
euros al Banco Santander. La respuesta:
debía ser ciudadano europeo
o bien contar con un avalista. No era
el caso. El sueño pareció acabarse
ahí hasta que, ya de vuelta a Uganda,
recibió otro correo del centro de los
jesuitas: el Banco Sabadell le concedería
el préstamo; el único aval que
le pedían era ser alumno de Deusto,
relata con los ojos muy abiertos.
En abril de 2013 llegó a Bilbao, a
las aulas donde se formaron Emilio
Botín y Joaquín Almunia y muchos
directivos del IBEX-35. Esta vez no
vagabundeó por las calles porque
una secretaria del centro –«Lady
Enara»– le buscó media decena de
pisos e incluso negoció el alquiler,
comenta, incrédulo. En Bilbao ha estado
un año, estudiando mucho, engordando
su currículum, haciendo
amigos, conociendo «maravillas». Cita
dos: los txokos y el Museo
Guggenheim. («¡No me creo que pasara
junto a él todos los días!»).
¿Qué espera ahora? Casi suena a
anuncio de televisión: «Let life blow
you». «Vivir el momento y dejar que
la vida me lleve». Superados los 30 y
trabajando como analista de negocios
para África y Oriente Medio en
la gigantesca Indra, ¿qué diría de
esos jóvenes europeos que ha conocido
y que en general no han tenido
que pelear tanto como él? ¿Aprecian
lo que tienen? «Lo que creo es que
no se han criado en un entorno competitivo
y quizá no se han sentido expuestos.
Yo sí lo he hecho: el mío ha
sido un entorno de estereotipos, de
prejuicios por la raza… He tenido
que adaptarme a diferentes países y
culturas». Lo que más le llama la
atención de España es el apego a la
familia. «La gente renuncia a un
buen sueldo en Filipinas porque
quiere quedarse en Bilbao con sus
padres», opina, evitando que suene a
reproche. Tumusiime los echa de
menos, pero sabe que están orgullosos
de él, y repite: «Let life blow you».

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