La barbarie en medio de la civilización
La Voz de Galicia, , 04-07-2014Coincidiendo con el 50 aniversario de la norma del Congreso que acabó en EE.UU. con el repulsivo régimen de segregación racial (la Civil Rights Act), el Tribunal de Estrasburgo ha dictado una sentencia de importancia capital declarando que la ley francesa del 2011, que prohíbe el velo integral en espacios públicos, no viola el Convenio Europeo de Derechos Humanos, pues ni discrimina a las mujeres ni desprotege su derecho a la privacidad.
La sentencia, decisiva para Francia, lo es también para el Reino Unido, Dinamarca, Italia o Austria, países en los que la cobardía de sus clases dirigentes, o un perverso entendimiento de la libertad, ha impedido que se aprobaran normas similares a la pionera ley francesa, lo que se traduce en que docenas de miles de mujeres vivan cada día en Europa en la Edad Media.
Y es que, aunque parezca mentira, cuando se habla de derechos hay mucho fino jurista que se la coge con un papel de fumar, sin entender que lo más sencillo suele ser siempre lo más obvio. Cuando el Tribunal Supremo de EE.UU. en una de las sentencias más importantes de su historia (Brown v. Topeka, de 1954) sentó las bases que iban a servir para acabar con la segregación racial, no se anduvo por las ramas y en un caso de separación por color de la piel en un colegio declaró algo elemental: que «segregar a los niños en las escuelas con el único criterio de la raza, incluso cuando los medios materiales y otros factores tangibles son equivalentes, priva a los niños pertenecientes al grupo minoritario de la igualdad de oportunidades en materia educativa».
¿Resulta compatible con la igualdad, proclamada en todas las constituciones democráticas, que las mujeres sean obligadas por maridos, padres o autoridades religiosas a ir por la calle embutidas en un saco? ¿Es admisible en Occidente, tras decenios de lucha por la igualdad y la libertad, que se acepte una interpretación de aquellas tan torcida como para permitir que las mujeres, por el simple hecho de serlo, queden sometidas a un régimen de vida que impide en absoluto su desarrollo personal y su sociabilidad?
Bajo el régimen de la segregación racial existían en Norteamérica dos países: el segregador y el segregado. Esa ignominia la hemos reproducido al tolerar que en sociedades que se basan en un principio de igualdad que tiene dos centurias, muchas mujeres musulmanas vivan en una situación que ninguno de nosotros admitiría, no ya para nuestras hijas, madres, hermanas o amigas, sino incluso para los animales de compañía. El Tribunal de Estrasburgo acaba de dar, como el supremo de EE.UU. en 1954, un paso de gigante para acabar con la vergüenza de los nuevos negros europeos: docenas de miles de mujeres musulmanas. Ahora les toca a los políticos. Hay que esperar que estén a la altura de lo que la dignidad exige.
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