Enseñando a pescar en el río de la crisis

El Mundo, ROBERTO BÉCARES , 02-06-2014

«Estoy muy agradecido a Mari Carmen, yo antes vendía películas en la calle, no tenía contrato ni permiso para estar en España, sin ella…». A Saraseni, senegalés, que hizo dos viajes infernales en patera para llegar a nuestro país y para «tener una vida» digna, le brillan los ojos mientras observa.

Saraseni habla de Mari Carmen Mateos Correa, que le mira desde su baja estatura y le agarra cariñosamente del brazo: «Ha sido el equipo, no yo». Las palabras de Sara, como le llaman, hacen asomar las lágrimas en esta mujer de ideas claras y firmes principios.

Y eso, a sus 76 años, cuando ha conseguido sacar a decenas de personas de la calle, «enseñarles a trabajar» para que se puedan valer por sí mismos «en la vorágine que hay fuera».

A ella, que empezó a ayudar cuando era adolescente, allá en su casa, en Trujillo, mientras trabajaba en la carnicería de sus padres y ya echaba una mano «en la catequesis y en Cáritas».

«Siempre he tenido la necesidad de ayudar a los demás», asegura Mari Carmen, que a los 28 años tomó los votos como las monjas, pero prefirió ser seglar, «para poder vivir con la gente, para, como dice el Papa Francisco, oler a oveja; quería vivir el Evangelio pero en el mundo, no en un convento». De Trujillo saltó a Santiago de Compostela, Zaragoza y Logroño, siempre vinculada a las labores sociales de la Iglesia.

En La Rioja comenzó a recoger ropa y objetos con «tres carros y tres burros» junto a un grupo de gitanos. «Es que darles el dinero sin pedirles nada no es constructivo», señala Mari Carmen, que recuerda que a las pocas semanas sólo quedó uno de los gitanos para ayudar a reciclar la ropa.
Pero ella tenía muy claro que no había que darles peces, sino enseñarles a pescar.

Y así siguió su enseñanza. «Es que hay mucha gente que no tiene el hábito de trabajar, ¿sabes?», precisa.

De aquellos años recuerda la solidaridad de la gente. «Estaba asombrada de lo que nos daba la gente, hicimos una campaña con los agustinos una vez y teníamos montañas de ropa en un polideportivo», recuerda Mari Carmen, a la que un cáncer le puso palos en las ruedas, pero ella lo superó tras cuatro años de lucha infatigable.

A ella, que había poblado de alegrías tantos corazones, no la iban a vencer tan fácilmente. Y siguió adelante. Y se trasladó a Madrid, donde vive en comunidad en el Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote, en Arturo Soria.

Y, hace unos seis años, en la Parroquia de San Cosme, comenzó junto con Fanny y varias voluntarias a recoger ropa usada «en un Renault 5».

Ahora, la asociación sin ánimo de lucro que montaron, En la brecha, arropando esperanzas, da empleo a 15 personas –además de numerosos voluntarios–, algunos de ellos inmigrantes sin papeles hasta que entraron aquí, y tiene dos locales en Vallecas donde se vende ropa y todo tipo de objetos y enseres para los más necesitados desde un euro.

Además, reciclan alrededor de 11.000 kilos de ropa al mes que envian luego al continente africano. La asociación trabaja en la reinserción de personas desfavorecidas, que tras un contrato de tres años, salen al mercado laboral para dar una oportunidad a otro.

Ni siquiera el Parkinson puede con ella. «Estoy medicada, y lo noto en que ando un poco más lento y la memoria se aminora, pero no tengo temblores».

Aun así, acude a Vallecas un día a la semana, preferiblemente los viernes, para comprobar cómo marcha todo.

Otro día acude al centro para personas mayores de la Caixa en la calle Arapiles, donde está aprendiendo informática: «Tienen un equipo de voluntarios que nos ayuda mucho. Estoy aprendiendo porque tienen mucha paciencia».

Entre sus aficiones está el deporte, sobre todo «el ciclismo, es increíble el esfuerzo que hacen». Y la dejamos en su residencia con su mochila en la espalda –le aconsejaron llevarla para mejorar el equilibrio– y con más proyectos en mente para ayudar, para seguir «oliendo a oveja».

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