Europa tiene que dejar de ser sinónimo de ogro para los países periféricos

El Mundo, , 29-05-2014

LOS DIRIGENTES de la UE empiezan a tomar conciencia
de que hay que dar un giro a la política común
para insuflar optimismo entre los ciudadanos.
Los europeos necesitan recuperar la confianza y poder
ver a Bruselas con otros ojos. Cinco años de crisis,
ajustes y rescates, un empobrecimiento general
que es particularmente palpable en los países del sur
y el incremento del desempleo hasta alcanzar los 26
millones de parados han minado la confianza en el
proyecto europeo. Así ha quedado reflejado en las
elecciones del domingo, con un avance del euroescepticismo,
del antieuropeísmo y de las posiciones
extremistas a derecha e izquierda.
No es casual que 48 horas después de las votaciones,
el presidente del Consejo Europeo, Herman Van
Rompuy, abogara por «una agenda de trabajo positiva
basada en el crecimiento y la creación de empleo
». En la cumbre extraordinaria que los líderes de
los Veintiocho celebraron el martes, también Rajoy
pidió que se dé prioridad a la creación de puestos de
trabajo y defendió una política «más expansiva» que
permita consolidar la recuperación.
Este nuevo discurso que se abre paso en Bruselas
desde posiciones conservadoras supone decir basta
al criterio impuesto en los últimos tiempos por Angela
Merkel. Eso no quiere decir que la canciller alemana
estuviera equivocada al exigir austeridad y reformas
estructurales. De hecho, su receta empieza a
dar frutos en países como España. Y como ha repetido
en más de una ocasión, no es justo para las generaciones
futuras «vivir sobre una montaña de
deudas permanentemente en crecimiento». Otra
cosa es saber medir en qué momento debe reorientarse
la política para introducir estímulos a una economía
sin pulso y dar oxígeno a millones de ciudadanos
asfixiados tras años de recortes.
Pese a que Alemania ha sido el motor de Europa
en esta crisis, las votaciones del domingo también le
pasaron factura a Merkel. Ganó el bloque conservador,
pero con un mal resultado. El ascenso de más de
seis puntos de los socialdemócratas, sus socios de
Gobierno, rompen el mito de que toda coalición entre
grandes partidos supone el abrazo del oso para
quien presta su apoyo en aras de la estabilidad.
Mientras los principales líderes europeos se ponen
manos a la obra para reactivar la economía y buscan
fórmulas para intentar devolver la ilusión a los ciudadanos
en la UE, la líder del Frente Nacional francés,
Marine Le Pen, presentó ayer en el Parlamento
de Bruselas la alianza antieuropeísta que ha formado
junto a la Liga Norte italiana, el holandés Geert Wilders
y representantes de otros partidos radicales de
Austria y Bélgica. Su objetivo es intentar devolver la
soberanía a los estados y poner freno a los avances
en la construcción europea. Aunque, en la práctica,
este movimiento carece de fuerza para cambiar la
política de las instituciones de la Unión, es un fenómeno
que obliga a reaccionar a las grandes formaciones
europeístas. Europa no puede seguir siendo
el chivo expiatorio al que los políticos nacionales recurren
para exculparse cuando se ven obligados a
aplicar medidas impopulares y tiene que perder también
esa condición de madrastra o de ogro que se ha
ganado en buena parte de la opinión pública de los
países periféricos. Ante los retos que se avecinan, es
vital que Europa pueda reencontrarse a sí misma.

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