Las 'alegrías' de Soraya... con permiso de Cañete
Diario de Noticias, , 27-05-2014el pasado martes, 20 de mayo, Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, acuñaba un nuevo parámetro económico que permite medir la evolución económica de una sociedad. La alegría que se ve en las calles. Ya no es necesario mirar la evolución de la prima de riesgo, ni el balance del comercio exterior, ni la encuesta de población activa, ni el crecimiento del PIB. Solo salir de casa y abrir los ojos. Pero la vicepresidenta o bien se ha equivocado de país o tiende a confundir su situación personal y de quienes la rodean, con la realidad social que habita en nuestras ciudades.
Un dato recientemente publicado por Cáritas Europa, donde el riesgo de caer en la pobreza infantil se situó en el 29,9 % y solo superado por Rumania, rompe la imagen de salida de la crisis que tanto desde la Moncloa como desde los medios de comunicación afines se quiere a toda costa trasladar al conjunto de la sociedad. Máxime después de varios años donde la utilización de la expresión ajuste, obviando el manejo de la palabra recorte, ha dominado el vocabulario de las clases dirigentes y de sus soportes financieros. Soportes financieros que han necesitado que el volumen de dinero público empleado o comprometido por España, en apenas tres años, con el rescate de su sistema financiero rondase los 108.000 millones de euros, un 70% más de los que preveía el Banco de España, y que más de la mitad de la ayudas, unos 57.000 millones, se ha gastado en aportaciones directas al capital de las entidades financieras.
La alegría que se ve en las calles debe provenir de todas aquellas familias que se enfrentan al abandono escolar prematuro de sus descendientes y que se sitúa en el 24,9 % . De los 13 millones de personas en situación de pobreza y cuyo proyecto de vida se ciñe al mañana, y a las cuales se les ha desprovisto de esperanzas e ilusiones. Alegría que se siente en los centros de acogida, donde si bien al principio se atendía mayoritariamente a inmigrantes, desde el año 2010 es mayor el número de ciudadanos españoles que acuden. Y en esta situación de verdadera emergencia social, la única receta ha sido la disminución de las prestaciones sociales, el aumento de los impuestos indirectos que no discriminan en función de las rentas disponibles. Situación que ha contribuido a un empobrecimiento de los hogares con menos posibilidades y a que las clases medias retraigan el consumo de bienes y servicios, temerosas de caer en las redes de la pobreza. Pero es que esta situación ha puesto encima de la mesa la referencia de que España sea el cuarto país de la UE con más personas en situación de pobreza energética. Pobreza energética que, según la OMS, adiciona cada año el 30% de las muertes ocasionadas en invierno por el agravamiento de enfermedades previas y origina que el 17% de los hogares tenga dificultades para pagar las facturas y un 9% de las familias sean incapaces de mantener su vivienda con una temperatura adecuada.
Realidades sociales que se reflejan en la existencia de 4,7 millones de personas inscritas en las oficinas de empleo, de las cuales solo 2,7 millones cobran algún tipo de prestación, siendo la cuantía media bruta de la prestación contributiva por desempleo percibida por beneficiario durante el mes de diciembre de 2013 de 829,80 euros. Paro que afecta sobremanera a los menores de 25 años con un índice del 54,2% y con una cifra oficial de no ocupados de 5.896.000 personas frente a los 16.758.000 que están trabajando. Realidad social que se ve en los cientos de desahucios promovidos por los bancos, la disminución de las ayudas a la dependencia o la salida de los inmigrantes ante la imposibilidad de encontrar trabajo con su incidencia en los índices demográficos.
Y con todos estos datos encima de la mesa lo único que sabe decir el Gobierno del Partido Popular, en plena campaña electoral, es que las cosas van mejor. Que la gente está más alegre y que en un debate entre un hombre y una mujer, el hombre debe rebajar el tono de su intervención para de esta manera no demostrar una mayor capacidad intelectual. Todo un ejercicio de sensibilidad social y humana. Una demostración de que lo importante son las personas. Sí, pero las personas que producen y callan ante la pérdida de valores como la justicia, la igualdad y la solidaridad.
El día está espléndido e invita a caminar. De repente algo me llama la atención. De un contenedor de basura cuelgan dos piernas. La cintura permanece atrapada por la tapa y de dentro sale un ruido de alguien que está removiendo con un objeto el fondo. Cuando me acerco, las piernas comienzan a balancearse y por fin el resto del cuerpo aflora. Un pañuelo en la cabeza, sandalias negras con calcetines blancos, un delantal de color gris y en la mano una bolsa roja con restos de comida. Paradójicamente, a pocos metros de un camión frigorífico, una persona descarga cajas llenas de pescado y de pequeñas furgonetas salen barquillas repletas de fruta y verduras.
Atravieso la plaza de la Cruz y en un banco situado cerca de los baños públicos varios hombres y una mujer están hablando. Son asiduos de este espacio cuando el tiempo lo permite. En el suelo de un enorme aparato de música sale una canción que no adivino a reconocer. A izquierda y derecha de uno de los bancos hay varias cajas de vino barato y botellas de refresco. Algún rastro de pan y de comida que dejan caer es picoteado por un grupo de palomas. La conversación que tienen y las palabras que utilizan son duras y cortantes. Sus rostros reflejan vidas marcadas por el dolor y la soledad. Solo tienen el presente, han perdido el pasado y no tienen ningún futuro. No aparentan una edad definida y las ropas con las que cubren sus cuerpos son atuendos viejos y usados. No despiden ningún glamour, ni provocan ninguna envidia y la mayoría de las veces aceleramos el paso ante su presencia, temerosos de su cercanía. Podemos decir, utilizando una expresión muy actual, que en su caso el ERE es para siempre, sin derechos ni organizaciones que los ampare y dignifique.
En los bajos de un edificio situado en la avenida del Ejército, que antes era la sede de la Caja de Ahorros de Pamplona y luego ocupó la CAN, una persona, que suele desplazarse por las inmediaciones con una silla de ruedas, calienta con un hornillo y en compañía de otra persona algo de comida. A su derecha, unos cartones y unas mantas sirven como aposento improvisado para pasar la noche. Escena que se repite durante varias semanas.
Pero todos estos ciudadanos deben ser invisibles para la vicepresidenta. Vicepresidenta que está más ocupada en mirar los gestos alegres de quienes entran y salen de las tiendas de moda, con sus bolsas llenas de ropa. De las miradas de complicidad de los clientes de los concesionarios de automóviles de lujo, que han visto aumentar sus ventas en plena crisis o de los múltiples programas, entrevistas y reportajes de los jugadores de fútbol, que rutilantes exponen sus cuerpos como objetos de mercado, mientras sus cuentas corrientes se llenan sin ningún tipo de rubor, en una nueva versión del Panem et circenses / Pan y circo que se describía como la política seguida por un Gobierno, que para mantener tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, proveía al pueblo de comida y entretenimiento de baja calidad y con criterios asistencialistas.
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