Los sueños gratis de Rosa
Con cuatro hijas, y 250 euros al mes, vive con su familia bajo el umbral de la pobreza
El Mundo, , 27-05-2014Levantarse temprano, calentar el horno, preparar la harina, amasar no con las manos, sino con todo el cuerpo, con el alma si hace falta y ver cómo crece y se dora el sueño de toda una vida. Rosa Peñafiel sueña cada noche con el aroma del pan que siempre quiso cocer. Pero su vida no es esa. Todavía. Ahora se levanta para hacerles tostadas a sus cuatro niñas antes de mandarlas al colegio desde la casa de su hermana donde viven, mientras puedan seguir allí. No hay alquiler, ni hipoteca, ni nada que se pueda pagar con los 250 euros al mes que gana esta ecuatoriana que lleva 14 años en España. Hagamos cuentas: 250 entre cinco son 50 euros por persona al mes que, entre 30 días, resulta que Rosa y sus hijas viven bastante por debajo del umbral de la pobreza extrema con 1,6 euros al día cada una. Y ahí sigue, con esa sonrisa infatigable que trata de imponerse al nudo en la garganta y los ojos húmedos. Ésta es la historia de Rosa que practica el milagro de multiplicar los panes y los peces.
Es una soñadora nata que siempre ha deseado un mundo mejor. Trabajaba en tiendas de ropa en Ecuador cuando decidió venir a España con su pareja y sus hijas que aún eran muy pequeñas. «Pensaba que todo sería más fácil aquí», comenta. «Pero en realidad tuvimos un enorme error de planificación». Eso y que él la maltrataba, claro. «No es maltrato sólo el golpe, también las palabras. De hecho eso es peor, porque no sabes cómo defenderte y te deja destruida sin una sola marca». Se separó y con el tiempo ha conseguido tener una relación cordial por el bien de sus hijas (hoy con 19 y 17 años).
Rosa, soñadora, volvió a enamorarse. Otras dos hijas (de 6 y 5 años), otro maltrato, otra separación, otra victoria de ella que, sin embargo, durante mucho tiempo entendió como derrota. «Cuando sufres una situación de maltrato todo el mundo te dice que denuncies, que te separes… y te apoyan mucho. Pero luego estás sola para pagar alquiler, la comida, el colegio. Al principio me arrepentí mucho de haberme separado sólo por eso; porque lo pasé muy mal», recuerda. La menor estaba recién nacida cuando él se marchó (y no se ha vuelto a saber nada) a Ecuador. «Necesitaba una guardería para poder ponerme a trabajar, pero necesitas trabajar para que te den plaza en una guardería municipal. ¿Es que el Ayuntamiento no se da cuenta de que es un contrasentido?». Un gabinete municipal de mujeres como Rosa y se acababan las tonterías y despilfarros.
Pasaron tres años de pesadilla. Sin dormir por las preocupaciones… Por fin la menor entró en el colegio y Rosa se puso a buscar trabajo. En plena crisis. Intentó irse a EEUU y probar suerte, pero las niñas se plantaron: «Vete tú, pero nosotras nos quedamos; ésta es nuestra casa», le dijeron. Es la única batalla que perdió.
La asistencia social derivó su caso a Redes, una cooperativa que trabaja con la Fundación La Caixa, donde encontró «una luz». Cheques-bebé de comida e higiene para las niñas, algo de dinero que le pasaba el padre de las mayores y pudo ir tirando hasta que montó, junto con otro grupo de mujeres en su situación, La Ecolimpia. Se trata de una cooperativa de limpieza ecológica que le ofrece algo más importante que un sueldazo: dignidad. «El trabajo dignifica», dice Rosa, sabia, que ahora mismo limpia los lunes en La Quinta del Sordo (un espacio de coworking) y los martes y viernes en un gimnasio. «Hago milagros para llegar a fin de mes», dice. «Si no fuera por Redes y La Ecolimpia, yo no estaría de pie», añade estirándose la camiseta para que se vea bien el logo. «Pero necesito más contratos, para trabajar más y ayudar a otras como nosotras», pide. Más trabajo para salir del umbral de la pobreza, para llegar a fin de mes, para que sus hijas mayores, en el futuro, puedan estudiar, para que las pequeñas puedan ir al Zoo o al Parque de Atracciones. O, por qué no seguir soñando, para poder llevarse a sus niñas a conocer el mar.
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