Del apartheid a la democracia
La Vanguardia, , 13-12-2013Una sonrisa buena y esa herida en el fondo de la mirada. Así conocí a Nelson Mandela un verano de 1996 en el palacio presidencial de Ciudad del Cabo.
Un año antes, siendo presidenta de Cruz Roja en Catalunya, me llamó una colega de una oenegé desde Madrid, indicándome que llegaba a Barcelona una señora también responsable de una oenegé en Mozambique. Venía a nuestra ciudad, no conocía a nadie y me preguntó si podía atenderla. Su viaje era privado, con una hija a la que debían operar en un centro oftalmológico de Barcelona. Durante la semana que permaneció en la ciudad, hice amistad con Graça Machel, viuda del que fue presidente de Mozambique, Samora Machel. Nuestra amistad continuó. Graça me animó a vernos en Ciudad del Cabo, donde ella pasaba largas estancias de regreso de sus viajes a Maputo, y adonde yo iba regularmente. Mi hijo vivió casi doce años en Sudáfrica.
Llegada la fecha de mi viaje, llamé a Graça Machel y me citó para la semana siguiente de mi llegada. “A las nueve –me dijo– en esta dirección. Toma nota y desayunaremos juntas”.
Al comentar con mi hijo la dirección de la cita, su respuesta me turbó: “Madre –me dijo– esta dirección es del palacio presidencial, del presidente del país: Nelson Mandela. Aquel día se hacía público a la prensa mundial el noviazgo con la entonces mi amiga Graça Machel, y aquel día el secreto entre ambas salió a la luz. Mi amiga nos recibió en la puerta con una amplia sonrisa. Junto a ella su compañero: Nelson Mandela.
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