“Te echaremos de menos”

Sudáfrica y casi un centenar de jefes de Estado asisten al funeral por Mandela

La Vanguardia, # La Vanguardia # XAVIER ALDEKOA Soweto Corresponsal, 11-12-2013

Posiblemente un abrazo nunca abrazó a tanta gente. Graça Machel vestía ayer el traje de viuda y Winnie Mandela el de exesposa, pero eran una misma mujer: ese tipo de mujeres que no se apartan de la cama de un ser querido durante un puñado de meses de enfermedad. Cuando se vieron, ambas pusieron esa mirada que dice: por lo que hemos pasado, amiga. Y se fundieron en un abrazo. El estadio Soccer City, que amenazaba con congelarse bajo la lluvia, se deshizo y aplaudió. Fue un aplauso largo, sin estruendos. Casi una ovación tímida. Sudáfrica se abrazó con ellas.

El país entero vivía desde hacía ocho meses pendiente de la salud del abuelo de todos. Ayer, en la ceremonia oficial a la memoria de Nelson Mandela, los sudafricanos recurrieron al aplauso para darle las gracias a Winnie y a Machel por haber cuidado tanto de Mandela. La mozambiqueña no se ha separado de la cama de Madiba en los 181 días en que estuvo enfermo, en más de una ocasión entre la vida y la muerte. El abrazo entre Machel y Winnie fue un abrazo refugio para media Sudáfrica. Tres cuartos del aplauso del público fueron para Machel.

La ceremonia de Soweto estuvo llena de palabras profundas. El presidente de EE.UU., Barack Obama, saltó a la tarima con el porte de quien sabe que tiene que estar a la altura de la situación. Lo estuvo. El público le aplaudió gratis antes de abrir la boca porque el pasado verano el mandatario ya visitó Sudáfrica y dejó a todos encantados. Su discurso no pecó de excesos de miel, y eso que estuvo lleno de piropos: “A un hombre como Madiba le tocó liberar no sólo al prisionero, también al carcelero; nos enseñó que debes confiar en los demás para que ellos confíen en ti; nos enseñó que la reconciliación no es una cuestión de ignorar un pasado cruel, sino afrontar ese pasado con inclusión, generosidad y sinceridad. Fue un hombre que cambió las leyes, pero también los corazones”. La amistad de Obama y Mandela se remonta a una visita que el primero hizo a Sudáfrica cuando aún era congresista. La conexión entre ambos se reflejaba en una fotografía que Madiba mantenía en la primera estantería de su despacho: en la imagen, colocada junto a un guante firmado por Mohammed Ali, se ve al expresidente sudafricano dando la mano a un Obama varios años más joven.

A Figuile, Dehoamatsi y Tsota el discurso les dejó KO. “Lo que más me ha gustado ha sido el discurso de Obama, que es amigo de nuestro país; también la música y los bailes. Echaremos de menos a Madiba”, decía Figuile. Como el Gobierno no había decretado fiesta nacional, las tres habían dejado de ir a trabajar para ir a despedir a Madiba. “El jefe nos dijo que nos lo descontaría del sueldo pero nos da igual”, vacilaba Tsota. ¿Lo peor? Nada. Ni siquiera el aguacero que deslució la jornada e impidió que el estadio se llenara (no llegó a tres cuartos de la entrada) les supo mal. “En África la lluvia es una bendición, ¿qué mejor manera de despedir a Madiba?”, decía Dehoamatsi, la más madura. El trío de amigas piensa ir a ver pasar el féretro por las calles de Pretoria (desde hoy y hasta el viernes) y no sabían si podrían ir a Qunu, donde se enterrará a Mandela el domingo.

En realidad, el acto tuvo dos partes. Una estuvo centrada en los discursos –hablaron los líderes de la ONU o la Unión Africana– y otra se resumió en las gradas. El público llegó temprano –algunos durmieron en la puerta– y se arrancó con cantos y bailes tradicionales. Sonaron canciones de la lucha antiapartheid o la vida minera, como el tema Shosholoza, el himno sudafricano o canciones que no sonaban desde 1994, cuando Mandela alcanzó el poder. “Mandela es mi presidente, yeh, Mandela es mi presidente, yeh, yeh”, sonó una y otra vez. Como hacía frío y viento, las entrañas del estadio fueron otra fiesta. Los pasillos se convirtieron en manifestaciones improvisadas con centenares de personas yendo de aquí para allá, con la mano en alto y los pulmones a carne viva: “Viva Madiba, viva”.

Las escenas dejaban la boca tan abierta que fue inevitable no echar en falta una pizca más de música y pueblo en lugar de tantos discursos eternos. El del presidente, Jacob Zuma, por ejemplo, ocupó varios folios que acumuló torpemente en las manos.

El día también estuvo lleno de círculos cerrados. El estadio elegido, renovado para el Mundial de fútbol 2010, fue donde Mandela pronunció su primer discurso al convertirse en el primer presidente negro de la nueva Sudáfrica. Además, ayer era el 20 aniversario del día en que le otorgaron el Nobel de la Paz junto a F.W. De Klerk. El político afrikáner, presente en la ceremonia, recibió un caluroso aplauso de un público tirando a nostálgico. O castigador: aplaudió a rabiar al expresidente Thabo Mbeki y silbó con algo de crueldad a Zuma, ocupado en escándalos de corrupción –los medios le acusan de construirse una mansión de 20 millones de dólares con dinero público– y en patatas calientes de ámbito social, como la masacre de mineros de Marikana a manos de la policía hace poco más de un año.

A Mandela le llamaron “la personalidad más extraordinaria del siglo XX” (Dilma Roussef, presidenta de Brasil), “una de las grandes enseñanzas de la historia” (Ban Ki Mun, secretario de la ONU) o “un ejemplo insuperable” (Raúl Castro, líder de Cuba).

Al principio del acto, con el público aún caliente, hablaron un portavoz de la familia Mandela, cuatro nietos y Andrew Mlangeni, compañero de lucha de Madiba que fue encarcelado el mismo día que él en la prisión de Robben Island. Su discurso fue menos político y diplomático. Dijo que Mandela “había creado esperanza donde no la había”, pero no fue tan arriba en su definición. “Mandela –dijo– fue un amigo”.

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