El carcelero blanco que se rindió ante el carisma del preso Nelson Mandela
El testimonio de uno de los guardianes del penal de Robben Island, al que Mandela enseñó e hizo pensar
La Voz de Galicia, 06-12-2013Octubre del 2008. En un pequeño pueblo agrícola del oeste de Sudáfrica dedicado al cultivo de la naranja, Citrusdal, un grupo de hombres disfrutan de unas cervezas sentados en el patio interior de un bar. Hablan afrikáans, una lengua germánica derivada del holandés. Son blancos. Aunque el apartheid fue abolido en los primeros años de la década de los noventa, todavía se respira el rastro de la segregación racial en Sudáfrica. Aquella escena en el bar era una de esas huellas. Pero entre aquel grupo de hombres había uno que, después de romper el hielo con el grupo de europeas que habían entrado en el local, confesó que hacía ya más de tres lustros había coincidido con Mandela en la cárcel de la isla de Robben, frente a la costa de Ciudad del Cabo.
Aquel hombre contó que había trabajado como guardián y alguna que otra vez le había tocado vigilar a aquel hombre privado de libertad durante más de dos décadas por defender la igualdad entre personas de todas las razas. Explicó que habían tenido largas charlas, que aprendió mucho, que le hizo pensar. Y con el paso del tiempo abrió un local para hombres negros en aquel pueblo perdido junto a la carretera que conduce al norte. Por la noche, después de la cena, habría gente tomando algo, dijo. Y era verdad. Pero en el local, a diferencia de lo que había ocurrido horas antes, había solo clientes negros. Las únicas blancas eran aquellas extranjeras de paso a las que el hombre contó su historia. En ninguno de los dos locales las habían mirado mal. Puede que la historia del excarcelero solo tenga parte de verdad, pero la huella de Mandela está hasta en el pueblo más remoto de ese estado.
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