Esvásticas en el barrio de Dostoyevski

Los inmigrantes en Moscú viven con cautela otro día de rabia nacionalista de los eslavos

El Mundo, XAVIER COLÁS MOSCÚ ESPECIAL PARA EL MUNDO, 05-11-2013

Iktior, un inmigrante uzbeco, empuja una columna de carros de supermercado frente a la entrada del principal centro comercial del barrio de Liublino, al sur de Moscú. Hoy no cruzará el parque para fumar. Por la calle Liubinskaya se ve una multitud vociferando un mensaje muy claro: «Rusia para los rusos». Desde donde estamos no se divisan las esvásticas ni las cruces celtas, pero más tarde se sabrá que ha habido 30 detenidos por desplegar estos símbolos prohibidos y «alterar el orden público».

Es el Día de la Unidad en Rusia, pero los moscovitas han aprovechado el festivo para llenar la nevera. Así que muchos currantes venidos del Cáucaso o de ex repúblicas rusas están hoy más ocupados que nunca despachando o empujando cajas. A sólo 300 metros el bullicio xenófobo sube de tono: los 8.000 manifestantes eslavos han llegado al final de la marcha y reverberan los primeros gritos del mitin: «Hoy una mezquita, mañana una yihad». Iktior se encoge de hombros, pero vuelve raudo al interior del supermercado: el único templo –capitalista– que ha cambiado la vida de este barrio.

En la manifestación hay pocos ancianos, y eso que es precisamente la gente mayor la que más abiertamente se queja de la mala conducta de algunos de los miles de inmigrantes que han llegado en la última década. Por el día cumplen en silencio con trabajos que los moscovitas no quieren. Por la noche algunos se juntan a beber en zonas abandonadas «como si la ciudad fuese suya», denuncia una vecina del distrito cercano de Biriliovo. Allí hace semanas un azerbaiyano mató a un joven ruso. Enfurecidos, los eslavos del barrio arrasaron un supermercado donde suelen vivir los recién llegados.

Durante la marcha, algunos activistas rompen los cordones de seguridad y se dispersan por el barrio, atacando a varias personas del Cáucaso. La policía interviene con rapidez. La marcha se celebra cada año desde que en 2005 el presidente ruso, Vladimir Putin, creó esta conmemoración para sustituir a la que recordaba la Revolución de Octubre. La historia y la geografía son dos ingredientes básicos del nacionalismo, pero en el caso ruso ambos ingredientes se le atragantan a cualquiera. A la cola de la manifestación, varios jóvenes claman por la grandeza de Rusia, pero exhiben una estética nazi que disgustaría a sus abuelos o a cualquiera que haya padecido la agresión de Hitler. Entre los gritos más coreados están los que atacan al islam y piden la expulsión de los extranjeros: los chechenos son los más vilipendiados, pero proceden de una república que sí forma parte de la Federación Rusa.

La presencia de jóvenes con la cabeza rapada o encapuchados es mayor que otros años, pero lo que más se repite es la bandera negra, amarilla y blanca, una de las enseñas del Imperio ruso que rigieron los zares. Un asistente porta un enorme retrato de la última familia real rusa. A su lado, dos tipos disfrazados de soldados con uniformes que no dan el pego: no se ven los típicos abuelos llenos de medallas de las concentraciones comunistas. Pero un barbudo golpea un bombo enorme y varias señoras al otro lado de la valla asienten con cara de comulgar con las peticiones de mano dura. El barrio, que derribó sus últimas casas bajas en los setenta, ya no es lo que era.

Hasta Dostoyevski, que vivió en este vecindario cuando era una aldea, les habría dado la razón.

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