De Lampedusa al corazón de Europa

Varios inmigrantes saltan de la isla italiana a un insalubre emplazamiento ilegal en Berlín

El Mundo, ROSALÍA SÁNCHEZ BERLÍN ESPECIAL PARA EL MUNDO , 11-10-2013

Llueve en Berlín y el agua se filtra por los remiendos de la lona que cubre las noches en vela de Gobre. En una improvisada chabola en la Oranienplatz, sin más pertenencias personales que una bolsa de plástico de supermercado con algo de ropa, el joven africano explica por señas que en los 10 colchones rescatados de la basura que aparecen a la vista, duermen por turnos 20 refugiados de su mismo continente. Al ser preguntado cómo llegó hasta aquí, responde con las únicas palabras que sabe en alemán: «¿Tienes comida?».

Gobre escapó del servicio militar en su país, Eritrea, después de haber cumplido siete años y cuando le quedaban todavía cuatro más. Se ganaba la vida en Libia como electricista cuando estalló la guerra y se vio obligado a huir. Entonces, se subió en un bote en el que cruzó el Mediterráneo con varios cientos de personas más y así llegó a Italia. Sus colegas Ahmed, Dicksen y John también muestran, envueltos en plástico transparente, documentos expedidos por el Estado italiano que demuestran que pasaron por Lampedusa. Allí recibieron documentación temporal para poder trasladarse a través de las fronteras Schengen, que ya ha caducado. No están legalmente en Alemania, carecen de documentos válidos para viajar. Se sienten atrapados. Los tres proceden de países centroafricanos.

La historia se repite en este emplazamiento ilegal en que se amontonan unas 100 personas en diferentes chabolas y tiendas de campaña. Gebre está aquí desde julio y es consciente de que no sobrevivirán en estas condiciones el invierno que se avecina. Disponen de un hornillo eléctrico para todos, utilizan unos baños públicos que se atascan cada dos por tres y comen de lo que trae una furgoneta de Cáritas y de lo que les regalan los vecinos, que se mueven entre la compasión y la incomodidad. El hedor puede percibirse un par de calles antes de llegar a la Oranienplatz.

«La situación es insostenible. Esta gente necesita ayuda urgente, desde alimentos y medicinas hasta tratamiento psicológico», urge Jürgen Hölzingr, un urólogo jubilado que atiende voluntariamente diversas dolencias y que compra de su bolsillo las medicinas necesarias en la farmacia del barrio. «Lo más urgente es disponer de unas duchas, pero ya es demasiado tarde. El invierno se nos echa encima y ahora ya no hay otra que disponer de plazas en un albergue, pero en Kreuzberg no hay plazas y el follón burocrático está suponiendo un obstáculo», advierte, describiendo este pedacito de Tercer Mundo en el corazón de la capital alemana.

Durante el mes pasado, en campaña electoral, varios políticos locales se pasaron por el campamento. Pasadas las elecciones, tardan en llegar las soluciones que prometieron. «Por lo que sabemos, esto comenzó siendo una especie de campamento de gitanos rumanos, que pasaban incluso aquí el invierno y que no pedían nada. Pero en el último año y sin conocimiento de las autoridades, han sido desplazados por unas 150 personas procedentes de Lampedusa, incapaces de soportar el frío. Esperamos poder integrarlos en albergues de refugiados cuanto antes, pero nuestra capacidad es limitada», señala el senador de Asuntos Sociales de Berlín, Mario Czaja.

Por ahora, se les ha permitido tomar luz eléctrica de la red municipal y el gasto acumula ya una factura de 6.800 euros que no se sabe quién pagará. El más grave problema es que estas personas, a efectos administrativos, ni existen ni tienen perspectivas de existir, por lo que no pueden entrar legalmente en los programas de ayuda social. Gobre cruza sus brazos delante de la cara cuando le sugieren la posibilidad de volver a Eritrea. «No, en ningún caso desea ser deportado», aclara el intérprete. «Es mejor esto que lo que le espera en casa».

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