Estados Unidos esquiva el debate de las armas tras la última matanza

El pistolero tenía un historial de problemas mentales e incidentes policiales

La Vanguardia, MARC BASSETS Washington. Corresponsal, 18-09-2013

Las palabras de la doctora Janis Orlowski, médico jefe del centro hospitalario MedStar, en Washington, sonaron más a grito desesperado que a propuesta con posibilidades de prosperar. “Algo falla cuando tenemos estos tiroteos múltiples, estas heridas múltiples. Algo falla. Y lo único que puedo decir es que tenemos que trabajar juntos para acabar con esto”, dijo Orlowski.
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El secretario de Defensa, Chuck Hagel (derecha), y el jefe del Estado Mayor, Martin Dempsey, en un homenaje
Orlowski fue el lunes el rostro del equipo médico que se movilizó tras la matanza de la Navy Yard, la sede de la Armada de EE.UU. en Washington. Doce personas –todas ellas civiles de entre 46 y 73 años– murieron, además del único pistolero, Aaron Alexis, un exmilitar de 34 años con un historial de enfermedad mental e incidentes con las autoridades. Alexis, que accedió al recinto legalmente gracias a su trabajo como contratista de la Navy, utilizó como mínimo dos armas de fuego.
En una rueda de prensa, Valerie Parlave, directora adjunta del FBI en Washington, dijo ayer que no hay pruebas de que el pistolero llevara –como se publicó– un fusil de asalto AR-15, el que usaron los responsables de dos masacres del año pasado, en un cine de Aurora (Colorado) y en una escuela primaria de Newtown (Connecticut).
Entonces se evidenció que no era seguro ni el cine ni la escuela, y ahora EE.UU. recuerda que tampoco lo es un cuartel a pocos kilómetros de la Casa Blanca y el Capitolio. Desde Newtown, donde murieron veinte niños de seis y siete años, han muerto más de ocho mil personas por armas de fuego, según la publicación Slate, casi el doble de los norteamericanos muertos en Afganistán en más de una década.
En EE.UU. la interpretación vigente de la Constitución protege el derecho individual a las armas de fuego. En ningún país desarrollado circulan tantas armas ni las tasas de muertes violentas son tan elevadas. Después de Newtown, el presidente Barack Obama impulsó una ley para endurecer levemente la regulación de las armas. En abril el Senado, de mayoría demócrata, la bloqueó. Ahora las ganas de relanzar la legislación son escasas. En su primera comparecencia tras la matanza de la Navy Yard, Obama eludió la cuestión.
Los debates en EE.UU. son ahora otros. ¿Cómo pudo Aaron Alexis acceder armado a una base militar? Alexis, que trabajaba como técnico informático para una empresa subcontratada por la Navy, disponía de la identificación necesaria para cruzar las puertas del recinto sin ser militar. Un informe oficial filtrado tras la matanza denuncia la facilidad con que personas ajenas a las fuerzas armadas entran y salen de los cuarteles. Según este informe, 52 “criminales condenados” han accedido en años recientes a instalaciones. El debate es similar al que se abrió en junio cuando se conoció que otro contratado externo, Edward Snowden, había accedido a documentos de la NSA, la agencia del espionaje electrónico.
La otra pregunta es qué falló, teniendo en cuenta sus antecedentes, para que Alexis obtuviera unos documentos de acceso que suelen requerir un escrutinio severo. En sus años de militar, en la base aérea de la Navy en Fort Worth (Texas), entre el 2008 y el 2011, fue amonestado ocho veces por mala conducta. En el 2004 y el 2010 fue detenido brevemente por incidentes con pistolas. Sin embargo, pudo abandonar la Navy con honores para estudiar y trabajar en el sector privado.
El padre de Alexis explicó a las autoridades que su hijo sufrió estrés postraumático después de participar en los equipos de rescate del 11-S en Nueva York.

En las últimas semanas el pistolero se había sometido a tratamiento por problemas mentales en un centro para veteranos, según la agencia Associated Press. Fuentes oficiales explicaron a la agencia que Alexis sufría paranoia y oía voces. Si la Armada de EE.UU. hubiera detectado antes estos problemas habría podido retirarle el permiso –aparentemente válido en el momento de la matanza– para acceder a recintos militares, y quizá nunca habría entrado en la Navy Yard.

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