Cine / Festival de Toronto
El Holocausto también fue esto
Steve McQueen completa una obra maestra con ‘12 años de esclavitud’, la última gran película en recuperar el episodio más vergonzoso de la historia de EEUU
El Mundo, , 12-09-2013«Cuando el libro cayó en mis manos, me impresionó tanto la historia como me molestó que nadie de mi alrededor lo conociera. ¿Por qué no había oído hablar antes de él? Si me apuran, hice la película para obligar a la gente a leer lo que le ocurrió a Salomon Northup». Así se expresaba hace unos días en Toronto Steve McQueen. Su película 12 años de esclavitud se esperaba con cierto nerviosismo, ansia quizá. Y no sólo por la firma de un director avalada con dos piezas totémicas del cine reciente como Hunger y Shame, sino porque a su manera la cinta se convertía en el cierre de una extraña y quizá casual trilogía que empezó con Tarantino y su Django desencadenado y continuó con la lectura de los últimos días de la vida de Lincoln de la mano de Spielberg.
Decía el director de Django que la esclavitud «es el equivalente americano del Holocausto». El inglés McQueen, el único de los tres que es negro, no evita el paralelismo y compara El diario de AnaFrank con el relato en el que se basa su cinta. «En cualquier caso», se corrige él mismo, «lo que me empujó a hacer la película no fue el asunto terrible de la esclavitud sino algo más básico como la dignidad humana».
Sea como sea, y desde su presentación, la cinta se ha convertido en algo así como la película del festival, que, dado el tamaño y objetivo de éste, es tanto como decir la película del año. Si se quiere, estamos delante de una obra maestra incontestable, profunda y despiadada.
La película pasa a limpio la aventura equinoccial de un hombre negro libre que en 1841 fue secuestrado y vendido en el Sur. Posteriormente fue rescatado merced a una rara y feliz casualidad y, ya de regreso a la normalidad, relató su caso en un libro a modo de catarsis y, quén sabe, de venganza. Se vengaba, sin duda, no de sus captores sino de lo que les hizo posible: su desnuda condición de hombres. No dejaba de ser sorprendente que el director de dos películas tan intimistas, graves y meticulosas como las citadas arriba, se atreviera ahora con un relato con alma de melodrama. Es decir, y por definición, estruendoso, llorón y cursi.
Pues bien, la virtud de 12 años de esclavitud es precisamente el pulso demostrado por McQueen para alejarse de cualquiera sombra de obviedad; para poner distancia con la impertinencia impúdica del melodrama. La historia del hombre protagonizada por un impresionante Chiwetel Ejiofor se convierte en sus manos en la detallada descripción del horror sin que nada ajeno al propio relato enturbie lo más mínimo la violencia del relato.
De repente, el espectador es invitado a experimentar, antes que sufrir, con el protagonista la crueldad inerme y profundamente absurda de la esclavitud. Pero sin adulterar ni un gramo la dureza de lo cierto. No se trata de denunciar ni de buscar la identificación del espectador con la víctima; se trata tan sólo de relatar lo que pasó de la única forma honesta: dejando el suficiente espacio entre la pantalla y el espectador para eso tan poco común como la reflexión. Dice el director que es imposible hablar de sangre sin mancharse las manos. Y en efecto, como cada una de sus cintas anteriores, ésta mancha, porque todo lo que tiene que ver con la verdad, admitámoslo, acaba por dejar un lamparón. La vida mancha.
Hace tiempo que McQueen ha incorporado a su forma de hacer cine y a su propio ideario de artista la obligación de la sinceridad. Nunca se inmiscuye ni en el destino de sus personajes ni anticipa la creencia del propio espectador. Simplemente, les deja solos a los dos. Los primeros han de sufrir la consecuencia de sus actos; los segundos son forzados a pensar, a juzgar, a hacer que la película viva en su retina. Cine grande.
Si se observa, la cámara de McQueen se maneja siempre como un bisturí; penetra en los cuerpos con un rigor y precisión desusados. La idea no es otra que taladrar la carne hasta alcanzar lo otro. Y esto no es nada más que la fría sensación de abandono. Se trata, por tanto, de acosar al espectador, de enfrentarle al propio límite de su pudor y, así, desnudarle ante la cámara. Creemos ver cuerpos desnudos, heridos, desmembrados y torturados, y, en realidad, lo desnudado, herido, desmembrado y torturado es otra cosa: nosotros, lo más íntimo de nosotros.
En efecto, la historia de Salomon Northup no es el cuento pasado de un individuo desgraciado. No, estamos ante la más inmisericorde disección de la condición humana. «No creo haber hecho una película sobre esclavitud. Si me pregunta de qué creo sinceramente que trata mi película, sólo se me ocurre una respuesta: amor», concluye McQueen.
>Videoblog desde King Street.
Justo después de la comedia
«La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne». Y, claro, quién se resiste ahora a la carcajada. La frase se lee en El nombre de la rosa y a su manera (cínica y muy peculiar manera) resume el objetivo de Gente en sitios, la cinta de Juan Cavestany presentada estos días en Toronto. Sencillamente, lo mejor del cine español del año. La película cierra (o abre más todavía) la trilogía iniciada con Dispongo de barcos y continuada con El señor. De nuevo, la realidad es triturada, engullida y devuelta de nuevo. No hay quien la digiera. La cámara del director español más cavestanymente original que pisa la Tierra se limita a extrañarse; simplemente se detiene delante de la vida de sus personajes y les captura en el ocioso, terrible y divertido ejercicio de vivir. Como una borrachera de Beckett, como una cabezada de Lynch o como un momento introspectivo de Groucho, Gente en sitios está ahí para recordarnos que reírse, a veces, duele. Si España ahora es algo, es simplemente un montón de gente en sitios; gente fundamentalmente despistada.
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