Juan Diego Botto aborda en el Lliure la invisibilidad del exilio y la emigración
‘Un trozo invisible de este mundo’ parte de dos vivencias personales del actor
La Vanguardia, , 11-09-2013La obra, explica Botto, “nació de dos experiencias personales que sublimé y transformé en experiencia teatral”. La primera fue una llamada de su tío Ernesto desde Buenos Aires para decirle que se iba a iniciar otro juicio contra la Escuela de Mecánica de la Armada, famosa por los llamados vuelos de la muerte, y que esta vez entre las víctimas iba a estar incluido su padre. “Eso nos movilizó para presentar la documentación que teníamos. Y me llevó a escribir una pieza sobre el exilio de mi madre, que recordaba desde la mirada de un niño. Estaba en eso cuando un amigo de una oenegé me llamó para que lo acompañara al tanatorio Madrid Sur. Enterraban a Samba Martine, una congoleña que murió tras 30 días encerrada en el centro de internamiento de extranjeros (CIE) de Aluche, una de esas cárceles para inmigrantes . Durante once días pidió ir a enfermería y le daban cremas. Cuando la ingresaron en un hospital murió a las pocas horas. Tenía sida y un hongo le había perforado el cerebro. Los dolores fueron terribles, y es una enfermedad que se detecta con un análisis y no es mortal si se trata. Pensar que había muerto en dependencias del Estado me impresionó. El féretro estaba cerrado porque le habían hecho la autopsia y vimos a la madre abrazándolo y diciendo: ‘Yo que te traje al mundo no te puedo abrazar. Yo que te vi crecer no te puedo abrazar’”.
“Así que hablé –sigue Botto– con emigrantes, exiliados y oenegés, y compuse cinco retazos sobre esos inmigrantes que viven con nosotros. Llamé a Sergio Peris Mencheta para que los dirigiera, porque, pese a todo, la obra tiene bastante sentido del humor. Y si yo soy intenso, que lo soy, necesitaba una mirada más juguetona. Ha sido la experiencia más gratificante de mi carrera en escena”.
Peris Mencheta cuenta que cuando llamó Botto pensó: “No sé cómo se le ha ocurrido a este hombre mandarme esto. Qué tengo que ver yo, un chico de Madrid, de la generación X, a quienes se nos ha dado todo y no tenemos nada que reclamar, con eso. Hablé con mis padres, y mi madre me dijo: ‘Qué bien que te toque hablar un poco de la vida de tu familia’. Mi abuelo era republicano y vivió durante 20 años entre Rusia y China”.
En el mismo sentido la actriz y cantante Astrid Jones dice que “es un proyecto necesario, cargado de cosas que hacía falta decir, con una sensibilidad muy especial para transmitirlas para que la gente se pueda poner en la piel. Soy de origen guineano, mis padres llevan 40 años aquí y muchas cosas de las que se hablan han pasado en mi familia. La obra me ha hecho hablar y conectar con mis padres. Ha sido una experiencia muy bonita de conexión y aprendizaje para mostrar con sinceridad y humor una realidad que sucede”. De hecho, la obra expone, dice Cristina Rota, madre de Botto y productora de la obra “a falta de otro que lo hiciera”, “una sociedad hostil o por lo menos indiferente al dolor humano. El pecado fundamental es no querer enterarse, no tener memoria para elaborar un presente más sano y solidario”.
Botto señala que la pieza está compuesta de monólogos porque fue lo primero que apareció. Y que de ese modo se muestra la soledad del emigrante. De hecho, en un escenario a tres bandas, presidido por maletas y una cinta transportadora, los dos actores nunca interactúan. Eso sí, recuerda, “la primera escena es de un policía de frontera que explica a un inmigrante por qué no le va a dejar pasar: ‘Porque somos ya demasiados’. Un punto de vista que tenía que estar. Luego vienen Argentina y la inmigración subsahariana”. Las anécdotas, incluso las más bestias, son reales, pero las ha cubierto de capas de ficción. De hecho, cuenta: “Aunque intenté escribir la historia de Samba, tenía demasiada información real y no me atrevía a ficcionar algo con su vida. Así que imaginé la historia de otra persona que en cierto momento coincide con Samba en el CIE”.
Un lugar donde, afirma, “los inmigrantes tienen menos derechos que un preso en la cárcel. Ni móvil, ni traductores, es difícil obtener visitas, hay malos tratos denunciados y no hay hospital las 24 horas. Estar ahí y no denunciar su funcionamiento es contribuir a que se perpetúen”. En todo caso, concluye: “Me he esforzado porque la obra no sea monocolor, maniquea. Los personajes son buenos y malos, con sus contradicciones. Si alguno resulta heroico, es a pesar de sí mismo”.
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