Invisible pero cierto

Llega al Lliure la primera obra de Juan Diego Botto, una pieza que se aproxima al drama de personajes ‘fuera de lugar’, ya sean exiliados políticos o emigrantes. Untexto directo y comprometido Juan Diego Botto busca abiertamente tocar la fibra sensible del espectador, y lo hace sin curvas, por la vía directa y con objetivos claros

La Vanguardia, EDUARD MOLNER, 04-09-2013
La luz de unas sirenas naranjas, como de ambulancia, preside el recibimiento del público. Más allá de las sirenas, oscuridad. Cuando se enciende la luz, un tipo con bigote y anodino, pero terriblemente locuaz, inicia un discurso. Tras cinco minutos escuchando, a cualquiera con un mínimo de sensibilidad le vienen arcadas. Quizás el mejor personaje que ha escrito Juan Diego Botto en esta que es su primera obra, Untrozo invisible de este mundo, es este de la primera escena. Despierta un rechazo visceral, pero no es monstruoso, desgraciadamente es un tipo corriente. Y seguro que muchas de sus opiniones las hemos oído. Quizás lo peor de todo es que son sentencias que resuenan en una parte bien oculta y escondida de muchos ciudadanos bienpensantes, que se consideran tolerantes y progresistas.

Tipos como estos son los que tenemos en las fronteras. Se ocupan “de que el vaso no rebose”, porque aunque el que quiera entrar sea un genio, el vaso ya está muy lleno y si entra alguien más se desbordará. Defensor de la ley, “el arma con que nos dotamos los humanos para mantener la voluntad de Dios en la tierra (…) ¿somos superiores? No, somos distintos; hay pueblos para el trabajo físico, otros para el intelectual (…) ¿Es esto racismo? No, claro que no, yo no le temo en la diversidad (sólo que…) la capacidad de construir es algo en lo que no habéis sido instruidos”. No se dirige a un hombre, o mujer, con un nombre, se dirige a un número. La humillación absoluta: canta el trató en sus memorias Fuera de lugar. Al fin y al cabo no importa demasiado si eres un refugiado, un exiliado pormotivos políticos o un inmigrante, estás “fuera de lugar”, como decía Said, y con el tiempo lo serás en todas partes, donde te has establecido y también allí de donde procedes. Es el caso del argentino que ha huido de la dictadura y ha hecho un largo periplo. Al volver no reconoce nada ni nadie, y lo que es peor, nada lo reconoce a él. himno de mi país y te suelto y te arreglo los papeles. “¿No te lo sabes ¿verdad?, no tienes ningún respeto por la otredad”.

Son cinco escenas, entre maletas y una cinta transportadora, una cinta sin fin, metáfora del alud imparable entre el Tercer y el Primer Mundo. Son cinco personajes, y el primero, que acabamos de comentar, es el único que no es víctima. La obra se aproxima a lo que el intelectual palestino Edward Said

Después de aquel policía convencido de la divinidad de su tarea, se nos presenta un inmigrante de origen argentino (Juan Diego Botto puede lucir su acento porteño, a través de tres de los cinco personajes). Trabaja de ilegal en una construcción. Tiene una conversación con su mujer, que regresó a Argentina. Le preocupa el destino del dinero que envía, no se fía de la forma de gastar de ella. En el locutorio, rodeado de chinos chillones, no oye a sumujer y acaba por perder la paciencia. Es el momento cómico de una pieza expresamente dramática.

El drama de verdad llega con la actriz Astrid Jones que explica, desde su negritud, la experiencia de la inmigración africana. Tal vez la más dura. Trabajo en campos de fresas, maltratos como empleada del hogar, internamiento en un centro de reclusión para inmigrantes; ha dejado a su hijo en su pueblo de origen, a cargo de la abuela. Recuerda a la prostituta dominicana de Princesas de Fernando León de Aranoa, Zulema. Como ella, no tiene derecho ni a la suerte. Juan Diego Botto busca abiertamente tocar la fibra sensible del espectador, y lo hace sin curvas, por la vía directa, lo hace por atajos, con objetivos claros. Sus víctimas son extraordinariamente desgraciadas y las situaciones que atraviesan no pueden ser más desdichadas. Efectivamente hay un punto de coincidencia con el cine de León de Aranoa, por otra parte también comprometido, también realizado desde la voluntad de intervención.

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