“Háblales del sueño, Martin”

El biógrafo de King y los derechos civiles y un asistente sureño a la marcha de 1963 evocan el discurso que despertó a Estados Unidos

La Vanguardia, MARC BASSETS Washington. Corresponsal, 29-08-2013
Uno es blanco, el otro negro. El primero tenía 16 años; el segundo, 15. Ambos residían en el sur de Estados Unidos, entonces segregado. Y vivieron la Marcha en Washington, de la que ayer se cumplieron 50 años, de manera muy distinta.

El 28 de agosto de 1963 Taylor Branch se encontraba en un campamento de verano de fútbol americano y no siguió la marcha ni el discurso en el que el Martin Luther King pronunció el discurso del “Tengo un sueño…”, del que ayer se cumplió medio siglo. Pero aquel año, a él, un adolescente blanco despolitizado, las noticias de las manifestaciones por los derechos civiles y la violenta represión policial le habían causado un impacto duradero. Branch, nacido en Atlanta (Georgia) acabaría convirtiéndose en el gran biógrafo del reverendo King y del movimiento de los derechos civiles, autor de la monumental trilogía America in the King years (América en los años de King).

Robert Avery sí asistió a la marcha. Se había sumado al movimiento unos meses antes, impactado por el asesinato a tiros de un cartero blanco, William Moore, que protestaba contra la segregación, en una carretera a 13 kilómetros de la casa donde él vivía, en la ciudad de Gadsden (Alabama), donde ahora es concejal del Ayuntamiento.

Para él, un adolescente negro, aquella había sido, hasta poco antes del “Tengo un sueño…”, la única realidad imaginable. “Crecías en el sistema”, dice. Las escuelas segregadas, los restaurantes segregados, las fuentes segregadas…

Ambos –Robert Avery y Taylor Branch– han recordado estos días, en entrevista por separado, cómo vivieron aquel día y qué significó para ellos.

El domingo 18 de agosto de 1963, con dos amigos, Avery emprendió el viaje a Washington. Sin dinero para un autobús o un tren, hicieron autostop. El miércoles, después de haber cruzado los estados de Tennessee y Virginia, llegaron al destino. El sábado conocieron a Martin Luther King. “Te hacía sentir cómodo. Como si fueses su mejor amigo”, dice.

Avery estaba allí, en el National Mall, la avenida central de la capital de EE.UU., frente al monumento a Lincoln, el presidente que ganó la guerra y liberó a los esclavos. Cien años después la discriminación racial era legal en amplias partes del país y las personas de origen africano eran ciudadanos de segunda.

“No estoy seguro de si en aquel momento alguien se dio cuenta de la naturaleza histórica de lo que ocurría, lo que acabó siendo aquello”, dice.

Martin Luther King, que sólo tenía 34 años, sí era consciente de que aquellas palabras podían pasar a la historia. En 1957 había hecho otro discurso en aquel mismo lugar, pero no tuvo

el efecto deseado. Ahora se le presentaba otra oportunidad. Las cosas estaban cambiando. Las protestas pacíficas y la violencia contra los negros en Birmingham (Alabama) había despertado la conciencia de la nación. En junio el presidente John F. Kennedy propuso una ley de derechos civiles.

King meditó el discurso. Pasó noches preparándolo. Pero el día de la marcha, mientras lo leía, se dio cuenta de que algo fallaba. Y sabía que jamás volvería a tener una audiencia similar. No sólo las decenas de miles de asistentes a la manifestación –más de 200.000 según el cálculo de entonces– sino una audiencia nacional –incluido el presidente– gracias a la conexión con las cadenas de televisión.

“Pensó que no estaba funcionando demasiado bien, así que improvisó la parte que todos conocemos”, dice Branch.

“Todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño americano. Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo. Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales”, dijo King.

Porque el estribillo del I have a dream, el “Tengo un sueño”, no estaba en el guión. Pero tampoco era la primera vez que recurría a él. Como un músico de jazz que improvisase, el reverendo disponía de frases e ideas que había usado otras veces. Unos días antes, en Chicago, ya había dicho I have a dream. Y en junio, en Detroit. Por eso, cuando le vio titubear, poco antes, la cantante Mahalia Jackson, detrás de él en el escenario, le dijo: “Háblales del sueño, Martin”.

Branch destaca tres recursos que explican el impacto del discurso. El primero, la repetición, “que te da ritmo, y el ritmo crea la música, y la música lleva a la emoción”. Al principio, dice, parecía un ensayo. Cuando arranca nueve frases con el “Tengo un sueño…”, el primero de los tres estribillos que repetirá al final, “el discurso se transforma en canción”.

El segundo recurso es la combinación de un patriotismo que entronca con los documentos fundadores (la Declaración de Independencia y la Constitución) y las citas bíblicas (Amós: “…que el derecho corra como el agua, y la justicia como un torrente inagotable”; Isaías: “Que se levanten todos los valles, se allanen todos montes…”). Una mezcla de fuentes seculares y espirituales, democráticas y religiosas, cívicas y proféticas.

El tercer recurso es el tono. “Dice que tiene un sueño, pero no es un sueño placentero, ni fácil. Es una especie de sueño angustiado”, dice Branch. “Estos tres factores hacen que el final del discurso, con el “Tengo un sueño” y el “Que resuene la libertad”, sea casi imposible de escuchar hoy sin que te afecten. Te llegan al intelecto, a tus valores más profundos, pero también emocionan”. Unos meses después de la Marcha en Washington, Kennedy moría tiroteado en Dallas. Fue su sucesor, Lyndon B. Johnson, quien firmó las leyes que ilegalizaron la segregación y la discriminación en el voto. En 1968, un pistolero mató a King en Memphis.

¿Qué habría ocurrido si hubiera vivido? Branch sostiene que la influencia de Martin Luther King fue mayor en el extranjero que en en su país. Y cita el movimiento Solidarnosc en la Polonia de los ochenta, la caída del Muro de Berlín, la Sudáfrica de Mandela, Tiananmen… “Quizá habría sido más activo fuera de EE.UU.”, dice.

Robert Avery, que siguió implicado en el movimiento de los derechos civiles, retuvo de aquel día una frase: “Sueño que mis cuatro hijos pequeños vivan algún día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”.

“Si empezamos a juzgar a las personas como individuos –dice Avery– creo que viviremos en un mundo mejor. Creo que será el mundo que el doctor King imaginó”.

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